Dios está en todo, pero no todo es Dios

    Hoy en día, los medios, las redes sociales y las nuevas tecnologías nos han ofrecido variantes de frases que suenan profundamente espirituales.

    Tan profundas que uno puede repetirlas durante años sin detenerse a pensar realmente qué significan.

    Es muy posible que, en nuestro día a día, nos hayamos cruzado con este tipo de frases en un mensaje de texto, en una publicación lanzada a redes y que nos reconforta o nos suena profunda y en sintonía con lo que estamos sintiendo o viviendo:

    “Dios está en todo”.
    “El universo es Dios”.
    “Todos somos parte de Dios”.
    “Dios está dentro de ti”.
    “Todo es uno”.

    Algunas parecen incluso compatibles con la fe cristiana. Incluso parecen ser más veraces porque las vemos adornadas con imágenes católicas, incluso con personalidades de santos o del mismo Santo Padre. Y damos por sentado que son propias de ellos. Y quizá por eso son tan fáciles de aceptar.

    Porque contienen una parte de verdad.

    • Sí, Dios está presente en su creación.
    • Sí, todo cuanto existe depende de Él.
    • Sí, vivimos, nos movemos y existimos en Él.

    Pero de ahí a afirmar que todo es Dios hay una distancia enorme. Y esa distancia no es solamente filosófica; es espiritual.

    Porque si desaparece la diferencia entre Dios y la creación, también cambia nuestra manera de entender quién es Dios, quién soy yo, qué es la oración, qué significa el pecado y por qué necesito un Salvador.

    Por eso creo que vale la pena detenernos aquí.

    Dios está presente en todo

    La fe católica no presenta a Dios como alguien lejano, sentado en algún lugar fuera del universo, observando desde la distancia aquello que creó.

    Dios sostiene la existencia. Es por Él que todo existe, porque así lo quiere. Todo depende de Él. Y eso lo hace profundamente bello.

    Significa que no estoy abandonado dentro de un universo frío y sin sentido.

    Mi existencia no es un accidente perdido entre millones de galaxias. No es solamente una mera casualidad cósmica. No soy un error del azar ni una coincidencia surgida de una mezcla de circunstancias. Fui pensado. Fuimos pensados y planeados con un fin.

    No estoy solo. Tú y yo estamos aquí porque Dios lo quiere así. Y Él está presente en todo momento. En cada instante. Aun cuando yo no lo perciba. Aun en esos momentos en que parece invisible porque mis emociones me superan. Mis condiciones limitadas me bloquean. Aun así, Dios está conmigo.

    La situación es precisamente esta: Dios está presente en la creación, pero la creación no es Dios. Y es una diferencia importante a resaltar. Puede parecer una distinción pequeña. Pero no lo es.

    La obra no es el Autor

    Puede ser un pensamiento simple, pero para muchos, en la actualidad, puede ser complicado separar un concepto como este. Así que pensemos en algo sencillo.

    1. Un pintor puede dejar algo de sí mismo en una pintura.
    2. Podemos mirar su obra y reconocer su estilo.
    3. Podemos entender algo de su sensibilidad.
    4. Podemos incluso decir que esa obra “habla” de quien la creó.
    5. Pero nadie confundiría el cuadro con el pintor.

    La pintura existe porque alguien la creó. Y esta no es, en sí, su propio creador.

    Es lo mismo que sucede con Dios, a un nivel superior.

    Dios es el Creador de todo. Y aun cuando su obra tiene una complejidad superior a la de una pintura, nosotros, la naturaleza y la precisión de todo lo que podemos observar forman parte de una realidad creada por Dios. Una realidad que, en cada una de las cosas existentes, presenta la huella de su Autor.

    Puedo mirar el mar y sentirme pequeño.
    Puedo contemplar un amanecer y experimentar admiración.
    Puedo mirar las estrellas y descubrir que mi vida no es el centro del universo.
    Puedo ver el rostro de un hijo recién nacido y sorprenderme de la vida.

    Todo eso puede conducirme hacia Dios. Pero nada de eso es Dios.

    La naturaleza habla del Creador. Pero no sustituye al Creador.

    La creación puede ser una huella. Pero no es el Autor.

    Y creo que este punto empieza a perderse cuando utilizamos expresiones como “el universo me habló”, “la naturaleza es divina” o “todos somos parte de Dios”. Porque, sin darnos cuenta, diluimos la propia existencia divina en la creación y terminamos confundiendo al Autor con su obra.

    Si todo es Dios, entonces ¿quién es Dios?

    Aquí empieza la dificultad. Una duda que ha nacido en cada persona desde que el tiempo es tiempo. En alguna ocasión nos ha tocado llegar a ese momento de silencio, alejados del ruido del mundo, y estamos en ese único momento entre nosotros y nuestra vocecita interna que abre la pregunta:

    Si todo es Dios...

    • Entonces el árbol es Dios.
    • La piedra es Dios.
    • El universo es Dios.
    • Yo soy Dios.
    • Tú eres Dios.

    Todo aquello que existe sería parte de una misma realidad divina.

    Suena profundo. Incluso místico.

    Pero cuando uno lo piensa con calma aparecen preguntas incómodas.

    • Si yo soy parte de Dios, entonces ¿qué significa pecar contra Él?
    • Si mi alma es parte de Dios, ¿para qué necesito gracia?
    • Si todo es divino, ¿qué diferencia existe entre el Creador y la criatura?
    • Si Dios está dentro de mí porque yo mismo soy parte de Él, ¿para qué necesito que Dios salga a mi encuentro?

    Y quizá la pregunta más importante:

    Si yo ya poseo lo divino por naturaleza, ¿para qué necesito un Salvador?

    Ahí es donde la diferencia deja de parecer filosófica.

    Empieza a tocar el corazón del cristianismo.

    Cuando desaparece el Creador, aparece el Todo

    La Nueva Era utiliza mucho expresiones como:

    “el Todo”.
    “la Fuente”.
    “la Conciencia”.
    “el Universo”.
    “la Energía”.
    “lo Divino”.

    Y todas ellas suenan realmente atractivas. Endulzan nuestro oído y adormecen nuestra conciencia para abrir paso a la comodidad de un dios a mi manera.

    • No exigen demasiada precisión.
    • Permiten que cada persona interprete algo diferente.
    • No incomodan.
    • No confrontan.
    • No tienen voluntad propia.
    • No me dicen que estoy equivocado.

    Y quizá ahí está una de las razones de su éxito.

    Porque un “Todo” no me exige conversión.

    1. Una “energía universal” no me pide obediencia.
    2. El “universo” no me dice que cargue mi cruz.
    3. Una “conciencia superior” no me habla de pecado.

    Pero Dios sí.

    Y quizá por eso muchas veces preferimos convertir a Dios en algo impersonal.

    Porque es más fácil convivir con una energía que con un Padre.

    Un Dios personal puede incomodarme

    Esta idea ya la tocamos en el capítulo anterior, pero aquí adquiere otra dimensión.

    Si Dios es una persona, entonces tiene voluntad. Y su voluntad puede no coincidir con la mía.

    Si Dios es solamente una fuerza dispersa en el universo, puedo interpretarlo como quiera.

    Pero si Dios es Alguien...

    • Puede decirme que no.
    • Puede llamarme a cambiar.
    • Puede pedirme que perdone.
    • Puede mostrarme que estoy equivocado.
    • Puede pedirme que abandone algo que me gusta.
    • Puede invitarme a confiar cuando yo preferiría controlar.

    Y eso incomoda.

    Porque nos saca de esa área de confort donde queremos creer que todo se ajusta a mi voluntad. Donde nuestra razón es única y no encuentra resistencia. Hasta que choca con otra realidad ajena que igualmente piensa como uno, pero en una dirección totalmente diferente.

    ¿Quién tiene razón en ese momento?
    ¿Quién es dueño de la verdad?

    Solo Dios, el Padre que me guía y me orienta para bien, aun cuando esto pueda significar sacrificio.

    Porque el Dios cristiano no existe para validar todo lo que yo pienso.

    No se adapta a mí.

    Soy yo quien debe aprender a conocerlo.

    Dios está cerca sin dejar de ser Dios

    Hay algo que encuentro profundamente hermoso en la fe cristiana.

    Dios está infinitamente por encima de mí. Y al mismo tiempo está profundamente cerca.

    No necesita convertirse en parte del universo para estar presente en él.
    No necesita ser la naturaleza para sostenerla.
    No necesita ser mi alma para conocerme.
    No necesita confundirse conmigo para amarme.

    Es distinto.

    Y precisamente por eso puede haber relación.

    Yo soy yo. Dios es Dios.

    Y puedo dirigirme a Él.

    • Puedo hablarle.
    • Puedo escucharlo.
    • Puedo pedirle.
    • Puedo agradecerle.
    • Puedo incluso enojarme y presentarle mi dolor.

    Porque hay un yo que se encuentra con un Tú.

    Si todo fuera una misma realidad, esa relación desaparecería.

    • No habría diálogo.
    • No habría encuentro.
    • No habría oración.

    Solo tendría introspección, “autoconocimiento”. Solo una búsqueda hacia dentro, limitada, que terminaría llegando a un callejón.

    La oración no es hablar conmigo mismo

    Este punto me parece especialmente importante. Y debe recalcarse:

    Si Dios es simplemente “lo divino dentro de mí”, entonces la oración termina siendo una especie de conversación conmigo mismo.

    • Busco dentro.
    • Escucho mi interior.
    • Intento descubrir respuestas.
    • Y todo puede terminar regresando a mi propia conciencia.

    Pero la oración cristiana es distinta.

    • No niego mi interioridad.
    • No niego el silencio.
    • No niego la introspección.

    Pero la oración cristiana no termina en mí.

    Sale de mí. > Se dirige hacia Otro.

    Cuando rezo:

    “Padre nuestro...”

    No estoy hablando conmigo. Estoy hablando con Dios.

    Cuando digo:

    “hágase tu voluntad”...

    estoy reconociendo que existe una voluntad distinta de la mía.

    Cuando pido perdón...

    estoy reconociendo que existe Alguien ante quien respondo.

    Cuando doy gracias...

    estoy reconociendo que he recibido algo.

    La oración cristiana siempre implica relación.

    Y para que exista relación debe existir distinción.

    No soy una chispa divina

    Otra idea que aparece con frecuencia en espiritualidades modernas es que dentro de cada ser humano existe una “chispa divina”.

    Puede sonar inocente. Nuevamente endulza el oído y puede parecer una idea bonita.

    Pero debemos tener cuidado con lo que significa.

    Desde la fe cristiana, poseo una dignidad enorme.

    He sido creado a imagen y semejanza de Dios.

    He sido llamado a participar de su vida.

    Puedo recibir su gracia.

    Puedo llegar a una profunda unión con Él.

    Pero eso no significa que yo sea una parte de Dios.

    No soy una fracción de la divinidad.

    No soy un pedazo de Dios encerrado temporalmente dentro de un cuerpo.

    No estoy aquí para descubrir que “en realidad soy Dios”.

    Soy criatura.

    Amada.

    Elevada por la gracia.

    Llamada a la comunión con Dios.

    Pero criatura.

    Y creo que reconocer esto no me disminuye.

    Me ubica.

    Ser criatura no me hace menos

    A veces parece que decir “soy criatura” fuera algo humillante.

    Como si aceptar que no somos Dios nos rebajara.

    Creo que sucede porque hemos aprendido a interpretar dependencia como debilidad.

    • Queremos autonomía absoluta.
    • Queremos definirnos completamente.
    • Queremos decidir nuestro origen.

    Nuestro sentido.
    Nuestro destino.

    Y cualquier cosa que nos recuerde que dependemos de Otro parece una amenaza.

    Pero yo cada vez lo veo de una manera distinta.

    Saber que soy criatura me libera.

    Porque significa que no tengo que inventarme desde cero.

    • Mi vida tiene un origen.
    • Mi existencia tiene sentido.
    • Mi dignidad no depende únicamente de lo que produzco, de lo que logro o de cómo me perciben otros.

    Existía una intención antes de que yo pudiera siquiera pensar en mí mismo.

    Hay un Creador.

    Y yo soy su criatura.

    Eso no me hace menos.

    Me recuerda de dónde vengo.

    El panteísmo parece elevar al hombre, pero termina borrándolo

    Decir que “todo es Dios” parece, a primera vista, engrandecer al ser humano.

    Si yo soy divino, entonces parezco más importante.

    Más poderoso.

    Más elevado.

    Pero sucede algo extraño.

    Si todo es Dios, entonces nada es verdaderamente distinto.

    La persona comienza a diluirse.

    Ya no soy alguien creado y amado personalmente.

    Soy simplemente una manifestación temporal del Todo.

    Mi identidad se convierte en una expresión de algo impersonal.

    Y al final incluso Dios termina despersonalizado.

    Todo se mezcla.

    • Dios.
    • El hombre.
    • La naturaleza.
    • El universo.
    • La materia.
    • La conciencia.

    Todo se convierte en una sola cosa.

    Pero la fe cristiana presenta algo mucho más hermoso.

    Dios crea seres distintos de Él.

    Y los ama precisamente siendo distintos.

    No necesita absorbernos dentro de sí.

    Nos llama a la comunión.

    Eso es diferente.

    Unión con Dios no significa desaparecer en Dios

    Este tema también puede causar confusión.

    La vida cristiana busca una unión profunda con Dios.

    Los santos hablan de ella.

    Los místicos la describen.

    Cristo mismo habla de permanecer en Él.

    Pero unión no significa identidad.

    No dejo de ser yo para convertirme en Dios.
    No desaparezco dentro de una conciencia universal.
    No pierdo mi identidad.

    La gracia me transforma.

    Me santifica.

    Me une a Dios.

    Pero sigo siendo criatura.

    Quizá una imagen sencilla puede ayudar.

    Dos personas pueden amarse profundamente sin dejar de ser dos personas.

    La comunión no exige desaparecer.

    Al contrario.

    Para amar necesito que exista otro.

    La fe cristiana no busca borrar la diferencia entre Dios y el hombre.

    Busca llevarla a su máxima relación posible.

    Cristo confirma la diferencia

    Y entonces volvemos inevitablemente a Cristo.

    Porque si todo fuera Dios, la Encarnación perdería sentido.

    ¿Qué significaría que Dios se hizo hombre si el hombre ya fuera Dios?

    ¿Qué tendría de extraordinario que el Creador entrara en su creación si no existiera diferencia entre ambos?

    La Encarnación solamente puede comprenderse cuando reconocemos algo fundamental:

    Dios es Dios.

    El hombre es hombre.

    Y el Dios eterno quiso asumir nuestra naturaleza humana.

    No porque nosotros ya fuéramos divinos.

    Sino porque Él quiso acercarse.

    Eso es lo extraordinario.

    No descubrimos que éramos Dios.

    Dios vino hacia nosotros.

    Y esa diferencia cambia completamente el cristianismo.

    No ascendí hacia Dios; Dios descendió hacia mí

    Muchas espiritualidades presentan un camino ascendente.

    • Elevar conciencia.
    • Elevar vibración.
    • Despertar.
    • Ascender.
    • Alcanzar.
    • Descubrir.

    El cristianismo, en cambio, comienza con un movimiento diferente.

    • Dios desciende.
    • Dios se revela.
    • Dios busca.
    • Dios llama.
    • Dios entra en nuestra historia.
    • Dios se hace carne

    No soy yo quien encuentra el camino secreto hacia la divinidad.

    Es Dios quien viene a encontrarme.

    Y cuanto más lo pienso, más me sorprende.

    Porque es muchísimo más hermoso que imaginarme como una chispa perdida intentando regresar al Todo.

    Soy alguien.

    Y Dios vino a buscarme.

    Quizá debemos volver a distinguir

    Vivimos en una cultura que quiere mezclarlo todo.

    • Religiones.
    • Creencias.
    • Filosofías.
    • Prácticas.
    • Lenguajes.

    Y cualquier distinción parece intolerancia.

    Pero distinguir no significa despreciar.

    Distinguir nos lleva a la comprensión.

    No es lo mismo decir:

    “Dios está presente en todo”

    que decir:

    “Todo es Dios”.

    No es lo mismo decir:

    “He sido creado a imagen de Dios”

    que decir:

    “Soy Dios”.

    No es lo mismo decir:

    “Estoy llamado a la unión con Dios”

    que decir:

    “Debo descubrir que soy parte de la divinidad”.

    Las palabras parecen cercanas.

    Las consecuencias no lo son.

    Conclusión: quiero encontrarme con Dios, no disolverme en Él

    Al final, este tema vuelve a llevarme a algo personal.

    Yo no quiero desaparecer dentro de una energía.

    No quiero pensar que mi existencia es solamente una manifestación temporal del universo.

    No quiero creer que mi identidad terminará disuelta dentro de un Todo.

    Quiero creer en un Dios que me conoce.

    Que sabe quién soy.
    Que me creó distinto de Él.
    Que me ama precisamente como persona.
    Que puede llamarme por mi nombre.
    Que puede escucharme.
    Que puede perdonarme.
    Que puede llevarme hacia Él sin destruir aquello que soy.

    Porque Dios está presente en todo.

    Pero no todo es Dios.

    Él es Creador.

    Yo soy criatura.

    Él es infinito.

    Yo soy limitado.

    Él es eterno.

    Yo tengo una historia.

    Y precisamente porque somos distintos puede suceder algo maravilloso:

    podemos encontrarnos.

    Puedo decirle:

    Tú eres mi Dios.

    Y Él puede llamarme:

    hijo.

    Eso no es menos espiritual que decir que “todo es uno”.

    Para mí, es muchísimo más profundo.

    Porque no me disuelve.

    Me ama.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    Cristo Basta | Dios no es una energía: es Alguien

    En un mundo donde las palabras dan significado a nuestro ser, a nuestro pensar y a todo aquello que intentamos expresar, terminamos dando por sentado que todo aquello que entendemos lo entenderán los demás. Del mismo modo en que nosotros vemos o sentimos, dejamos como una verdad que todos los demás lo definirán por igual:

    • Amor
    • Verdad
    • Libertad
    • Fe
    • Dios

    Decimos “Dios” con una naturalidad al día de hoy que pareciera que lo sacro de su persona pasara a ser un mero adjetivo para “expresar” solamente un sentimiento o emoción:

    • Sabrá Dios
    • Dios quiera
    • Gracias a Dios
    • Yo creo en Dios
    • Dios está en todas partes

    Y de expresiones así pasamos a un nuevo nivel de despersonalización. Dios no es más una persona. Hay quienes lo comienzan a “manifestar”, a darle una naturaleza finita como: “fuerza superior”, “universo”, “energía”, y ese camino va dando más y más descripciones ya no de un —Alguien— sino de un “algo”.

    Siendo así, la pregunta que me viene a la mente es: cuando digo que creo en Dios, ¿de qué Dios estoy hablando?

    Una pregunta, a primera vista, sencilla de responder. Pero no lo es si ponemos atención y reflexionamos. Porque puedo estar usando la palabra correcta, pero, a la vez, estar pensando en algo completamente distinto.

    Porque puedo decir:

    • Dios y pensar en “energía”.
    • Providencia y pensar en “universo”.
    • Oración y pensar en “manifestación”.
    • Presencia de Dios y pensar en una fuerza cósmica dispersa en todo.

    La incursión de otras filosofías, pensamientos o ideologías en la vida del cristiano es sutil y de fácil disolución en su día a día. Porque las personas continúan usando palabras cristianas, pero ya no están hablando del Dios cristiano. Y eso es algo que debe preocuparnos.

    Tal vez hemos vaciado la palabra Dios

    En el segundo capítulo del libro del padre Gustavo Lombardo, De espaldas a Dios, esta pregunta es un cuestionamiento que obliga a detenerse y reflexionar sobre ello: ¿podemos conservar la palabra Dios y haber cambiado completamente su significado?

    Si nos detenemos a mirar en retrospectiva y lo pensamos por un minuto, no hace falta negar a Dios para alejarnos de Él. ¿Cómo podría ser esta forma de desligarnos del concepto de Dios cristiano y diluirlo en otra concepción?

    No necesitamos negarlo. Tal vez, por el contrario, otras corrientes nos invitan a mantener la palabra y la idea de trascendencia y fuerza. Incluso continúan con la razón de divinidad. Sin embargo, esas corrientes se mezclan con nuestra fe y comienzan a “inventar”.

    No hace falta negarlo, basta con:

    Construir un dios cómodo.

    • Un dios que no juzga.
    • Un dios que no corrige.
    • Un dios que no pide conversión.
    • Un dios que se amolde a mi propia voluntad.
    • Un dios a quien no se responde.
    • Un dios que uso para sentirme mejor.
    • Un dios que no me contradice.
    • Un dios que piensa como yo.
    • Un dios que funciona como genio de la lámpara.

    Y de esta manera, introduciendo corrientes ideológicas, filosofías modernas de conformismo y modas que suenan bien, sucede que, aunque siga usando su nombre, ya no estoy adorando a Dios. Estoy adorando una idea mía.

    Esta es básicamente la idea que hoy en día se practica en muchas áreas del pensamiento. Adoro mi propia idea, mi comodidad, mi sentir y le llamo dios para complacer mi falta de verdad. Adoro a un falso dios: a mí. Limitado, con heridas, con situaciones que me moldean y, desde una visión estrecha, me amoldo tan solo cambiando el concepto y manteniendo una palabra ya vacía.

    El Dios al que sirvo

    En la Biblia podemos encontrar una expresión de san Pablo que aparece en el libro del P. Gustavo y que me parece profundamente personal:

    “El Dios a quien pertenezco y a quien doy culto”

    Es breve, pero de gran contenido fundamental para la fe y la teología. Esta frase aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en su capítulo 27. Pablo no estaba elaborando una teoría acerca de “una energía superior”. Él hablaba de Alguien.

    San Pablo es claro al decir: “El Dios a quien pertenezco”. Una primera contrariedad contra lo que se asume hoy en día. Yo pertenezco a Dios y no al contrario. Dios no me pertenece. Yo soy parte de su creación y cristiano con todo lo que conlleva. Pablo no se pertenece, no le pertenece al Imperio romano, no reconoce otro señorío sino el de Dios, su Señor.

    San Pablo confirma en esa expresión que le pertenece a Dios. Por tanto, él habla de Alguien:

    • De un Dios al que le pertenecía.
    • De un Dios en quien confiaba.
    • De un Dios capaz de hablar, prometer y actuar.

    Siendo así, considerando que me reconozco cristiano, entonces: ¿podría yo hablar así de Dios? No es un simple “creo que existe”. Es decir, ¿soy capaz de comprender la magnitud de esta pregunta y responder con claridad: le pertenezco?

    Esa diferencia es enorme. Y para algunos podría parecer imperceptible la distinción en ello. Porque creer que existe algún poder superior puede no cambiar tanto mi vida. Pero reconocer que —pertenezco— a Dios, eso cambia la manera de comprender quién soy.

    Ya no soy dueño absoluto de mí mismo. No soy alguien inventado. Mi existencia deja de tener un motivo aleatorio. Hay una razón para que yo esté hoy aquí. Un motivo.

    Y si vamos más allá: mi origen dejó de ser yo mismo. Soy dueño de mi destino, pero mi destino tiene un fin último. No es un cúmulo de resultados que me llevan a una consecuencia al final de mi existencia, sino un camino en el que mis decisiones son caminos de aprendizaje para comprender ese fin último.

    Y eso, eso aparta totalmente el concepto de mi centralidad.

    No soy Dios.

    Soy criatura.

    Pertenezco a Aquel que me ha creado.

    Sé que esto sonará incómodo y radical en una época tan obsesionada con la “autonomía” absoluta. Sin embargo, entender esto, el fin último, y conocer que hay un Creador que me formó desde su infinito amor y que libremente me permite aceptarlo y entregarme a Él para disponer mi vida según sus propósitos, eso me resulta liberador.

    • No necesito inventarme.
    • No necesito salvarme solo.
    • No necesito controlar el universo.
    • No necesito cargar sobre mis hombros el peso de ser mi propio dios.

    Dios no es “algo”

    Aquí toma en cuenta que estamos partiendo de una realidad que dará distinciones más importantes en lo sucesivo y que es necesaria para entender lo que vendrá en los capítulos siguientes.

    1. Para la fe católica, Dios no es “algo”.
      Es Alguien.

    Y esto lo cambia todo. Porque:

    • Una energía no me conoce.
    • Una vibración no me ama.
    • Una fuerza cósmica no me llama por mi nombre.
    • El universo no perdona mis pecados.
    • La materia no escucha mis oraciones.
    • Una frecuencia no entrega su vida por mí.

    Sé que vivimos en una cultura donde nos han presentado que la fe es arcaica, retrógrada y esclavizadora. Y que, de la mano con esto, nos han querido vender la idea de que la libertad y el amor solo pueden ser recibidos desde una divinidad que se adecúe a nuestra forma de pensar y ser. Que “acompañe” nuestras imperfecciones y nos “acepte” así, sin esperar un crecimiento y cambio.

    Claro que suena tentador mantenerse en ese lugar.

    Pero lo que no te pueden dar es lo que Dios da. Porque Dios te conoce.

    • Dios ama.
    • Dios quiere.
    • Dios crea.
    • Dios llama.
    • Dios perdona.
    • Dios entra en relación conmigo.

    Considero que, en el capítulo que el P. Lombardo nos comparte, eso es lo que nos quiere señalar. Él habla de la dimensión personal de Dios:

    Si Dios es Creador, libre, capaz de darse a conocer y de amar, entonces no puede reducirse a una energía impersonal o a un “algo” indefinido. Estamos hablando de un Alguien con inteligencia y voluntad.

    Y tomando esto con verdadera consideración, reflexionando al respecto, veremos que muchas espiritualidades modernas comienzan a tomar otro rumbo.

    • Hablan de “lo divino”.
    • De “energía universal”.
    • De “conciencia”.
    • De “fuente”.
    • De “todo”.

    Pero cada vez cuesta más encontrar un Tú.

    Y si no hay un Tú, tampoco puede existir una relación verdadera.

    Una cosa es sentir energía y otra encontrarse con Dios

    En este punto, cabe tener especial atención y leerlo con detenimiento.

    Hay experiencias humanas reales que pueden sentirse intensas:

    • Silencio.
    • Música.
    • Naturaleza.
    • Meditación.
    • Respiración.
    • La puesta de sol.
    • Una montaña.
    • El nacimiento de un hijo.
    • Una iglesia en silencio.
    • Un momento de profunda emoción.

    Y podemos percibir algo que nos supera. Eso no tiene nada de extraño. Podemos decir que es parte de la naturaleza del ser humano. Somos seres con percepción, a través de nuestros sentidos y conciencia.

    El problema empieza cuando queremos identificar todo ello con una trascendencia de Dios.

    Sentir algo no significa necesariamente haberse encontrado con Dios.

    Podemos experimentar paz escuchando el mar. Pero el mar no es Dios.

    Podemos sentir nuestra pequeñez ante la mirada del cielo y sus estrellas. Pero las estrellas no son Dios.

    Podemos experimentar bienestar mediante determinadas técnicas. Pero ese bienestar no es Dios.

    Podemos sentir una profunda conexión emocional. Pero la emoción tampoco es Dios.

    La creación puede hablarme de su Creador. Puede conducirme a Él. Puede despertar en mí admiración por todo lo creado. Pero no debo confundir la obra con el Autor.

    Suena tal vez obvio. Pero deja de serlo cuando perdemos esa perspectiva.

    Y la perdemos cuando comenzamos a darle el nombre del Autor a cada obra creada.

    Dios está presente en todo, pero no todo es Dios

    Otro punto para reflexionar y diferenciar.

    La fe católica enseña que Dios está presente en su creación. Vivimos en Él. Existimos porque Él nos sostiene. Nada puede existir independientemente de Él.

    Importante comprender esta definición: una cosa es decir que Dios está presente en la creación y otra muy distinta decir que la creación es Dios.

    El P. Lombardo insiste en esta distinción: Dios es “Otro”, distinto de la criatura. Trasciende el mundo y la historia y, precisamente porque es Creador, puede estar íntimamente presente en aquello que ha creado sin identificarse con ello.

    Y esto nos regala un hermoso entendimiento:

    • Dios está más cerca de mí de lo que puedo imaginar. Pero no soy Dios.
    • La naturaleza revela algo de Él. Pero la naturaleza no es Dios.
    • El universo existe por Él. Pero el universo no es Dios.
    • Mi alma procede de su acción creadora. Pero no es una porción de Dios atrapada dentro de mi cuerpo esperando regresar al Todo.

    En sencillas palabras:

    Soy criatura.

    Él es Creador.

    ¿Y lo hermoso de ello?

    Que aunque la distancia entre ambos parece infinita, Él quiso acercarse.

    Y eso es muchísimo más sorprendente que decir simplemente que “todo es Dios”.

    Si todo es Dios, entonces Dios termina no siendo nadie

    A primera vista, decir “Dios está en todo y todo es Dios” puede parecer una idea espiritual muy profunda.

    Incluso puede sonar hermosa.

    Pero cuando uno empieza a pensarla con calma aparecen problemas.

    Si Dios es el árbol...

    Y también la piedra...

    Y también yo...

    Y también tú...

    Y también todo cuanto existe...

    Entonces la diferencia entre Dios y la creación desaparece.

    Y si desaparece esa diferencia, también comienza a desaparecer la posibilidad de relación.

    Porque ya no hay un “yo” frente a un “Tú”.

    Todo queda absorbido dentro de una misma realidad.

    • La oración deja de ser encuentro. Se vuelve introspección.
    • La salvación deja de venir de Otro. Se vuelve descubrimiento interior.
    • El pecado deja de ser ruptura con Dios. Se vuelve ignorancia de mi propia divinidad.

    Y Cristo deja de ser Salvador.

    Porque si yo ya poseo lo divino por naturaleza, ¿de qué necesitaría ser salvado?

    Creo que aquí empieza a notarse por qué una idea aparentemente pequeña acerca de Dios termina cambiando absolutamente todo.

    El dios que invento siempre se parece demasiado a mí

    Hay algo que personalmente me parece todavía más incómodo.

    Resulta relativamente sencillo detectar cuando alguien dice:

    “Dios es energía”.

    Pero es más difícil detectar cuándo yo mismo estoy construyendo un dios a mi medida.

    • Un dios que aprueba siempre mis decisiones.
    • Un dios que nunca me pide aquello que no quiero darle.
    • Un dios que comparte mis opiniones.
    • Un dios que justifica mis rencores.
    • Un dios que entiende perfectamente por qué yo sí puedo hacer aquello que condeno en otros.
    • Un dios que siempre termina estando de mi lado.

    Y aquí aparece algo todavía más peligroso: ya no necesito Nueva Era para fabricar un dios a mi medida.

    Puedo hacerlo perfectamente dentro del catolicismo.

    • Puedo tener crucifijos.
    • Ir a misa.
    • Rezar el rosario.
    • Hablar de doctrina.

    Y aun así fabricar una imagen de Dios según mis intereses.

    Es peligroso porque una cosa es adorar a Dios y otra muy distinta es utilizar a Dios para adorar mis propias ideas.

    Dios supera aquello que puedo comprender

    Podemos conocer verdaderamente algo de Dios.

    1. La razón puede acercarse.
    2. La Revelación nos permite conocer muchísimo más.
    3. Cristo nos muestra al Padre.

    Pero Dios siempre será infinitamente mayor que aquello que yo pueda comprender.

    Esto también exige humildad.

    • No puedo encerrar a Dios dentro de una definición.
    • No puedo dominarlo intelectualmente.
    • No puedo convertirlo en un concepto que tengo completamente resuelto.

    Puedo conocerlo verdaderamente sin conocerlo completamente.

    Y quizá ahí está otra diferencia con ciertas propuestas espirituales actuales.

    El hombre moderno quiere dominar.

    • Quiere técnicas.
    • Métodos.
    • Claves.
    • Secretos.
    • Procedimientos.

    “Cinco pasos para atraer...”
    “Una frecuencia para conseguir...”
    “Una técnica para manifestar...”
    “Una fórmula para conectar...”

    Queremos controlar hasta lo espiritual.

    Pero Dios no es una fuerza que aprendo a manipular.

    Es Dios.

    No está a mi disposición.

    Soy yo quien debe ponerse a la suya.

    ¿Quiero encontrar a Dios o aprender a utilizar lo espiritual?

    ¿Qué estoy buscando realmente?

    ¿A Dios?

    • ¿O poder?
    • ¿O seguridad?
    • ¿O sentirme protegido?
    • ¿O conseguir lo que deseo?

    Porque puedo decir que estoy buscando espiritualidad cuando en realidad estoy buscando control.

    Y ahí la Nueva Era resulta particularmente atractiva.

    • Me dice que puedo atraer.
    • Manifestar.
    • Decretar.
    • Elevar mi vibración.
    • Controlar energías.
    • Alinear realidades.
    • Despertar capacidades.

    Todo parece regresar hacia mí.

    • Mi poder.
    • Mi conciencia.
    • Mi energía.
    • Mi voluntad.
    • Mi potencial.

    Pero el cristianismo hace algo completamente diferente.

    Me saca del centro.

    Y coloca a Dios.

    “Hágase tu voluntad”.

    No la mía.

    ¡Cuánto cuesta aceptarlo!

    Ceder nuestra voluntad. Aun sabiendo que a quien se la debo ceder me ama, me cuida, me acerca a Él y busca mi bien.

    Un Dios personal también puede decirme que no

    Una energía nunca me dice que no.

    Un universo impersonal tampoco.

    Puedo interpretar cualquier acontecimiento como quiera.

    Pero una persona tiene voluntad.

    Y si Dios es personal, entonces su voluntad no necesariamente coincide con la mía.

    Esto cambia la oración.

    Orar ya no es utilizar palabras para producir resultados.

    • Es hablar.
    • Escuchar.
    • Pedir.
    • Agradecer.
    • Llorar.
    • Guardar silencio.
    • Y también aceptar.

    Es encontrarme con Alguien.

    Aceptar incluso cuando la respuesta no es la que yo esperaba.

    Ahí aparece una espiritualidad muy diferente.

    No controlo.
    Confío.

    No decreto.
    Pido.

    No manifiesto.
    Recibo.

    No manipulo lo invisible.
    Me abandono en el Padre.

    Y con esto comenzamos a darnos cuenta de la diferencia tan enorme que hay entre una espiritualidad genérica y la fe católica, que nos invita a conocer a Dios desde su persona y no desde la banalidad.

    El Dios cristiano tiene rostro

    Después de todo esto aparece inevitablemente Jesucristo.

    Porque nuestra fe no habla simplemente de un Dios lejano e inaccesible.

    El Dios trascendente quiso entrar en nuestra historia.

    Y aquí el cristianismo vuelve a romper cualquier esquema.

    • El Dios que no puedo contener con mi inteligencia se deja ver.
    • El Dios que creó el universo asume nuestra carne.
    • El Dios eterno entra en el tiempo.
    • El Creador se aproxima a su criatura.

    No como energía.
    No como vibración.
    No como una chispa de conciencia.

    Como Persona:

    Jesucristo.

    Y entonces comprender que Dios es “Alguien” deja de ser solamente una cuestión filosófica.

    • Tiene rostro.
    • Tiene voz.
    • Tiene manos.
    • Llora.
    • Ama.
    • Perdona.
    • Sufre.
    • Muere.
    • Resucita.

    Dios no me pidió encontrarlo escondido dentro de una frecuencia.

    Salió a buscarme.

    Quizá no necesito una nueva idea de Dios

    Vivimos rodeados de nuevas definiciones.

    “Nueva conciencia”.
    “Nueva espiritualidad”.
    “Nueva forma de entender lo divino”.

    Y no niego que necesitamos aprender a explicar nuestra fe a cada época.

    Pero una cosa es encontrar nuevas palabras para transmitir la verdad.

    Y otra muy distinta cambiar la verdad para adaptarla a nuestra época.

    Quizá no necesito una nueva versión de Dios.

    Quizá necesito conocer mejor al Dios en quien afirmo creer.

    • Al Dios de Abraham.
    • Al Dios de Isaac.
    • Al Dios de Jacob.
    • Al Dios de María.
    • Al Dios al que Pablo pertenecía.
    • Al Dios que se reveló.
    • Al Dios que se hizo hombre.
    • Al Padre de Jesucristo.

    Ese Dios no es una idea.

    • No es energía.
    • No es universo.
    • No es proyección de mi conciencia.

    Es Alguien.

    Conclusión: ¿quién es el Dios al que sirvo?

    Y cerrando este capítulo, la pregunta a la cual me debo responder es:

    ¿Quién es realmente el Dios al que sirvo?

    No el Dios del que hablo.

    No el Dios que escribo en una publicación.

    No el Dios que digo defender.

    El Dios al que realmente entrego mi vida.

    Porque mis decisiones quizá respondan mejor que mis palabras.

    • Si busco controlar, tal vez mi dios sea mi seguridad.
    • Si todo debe adaptarse a mí, quizá mi dios sea mi propia voluntad.
    • Si necesito energías, tal vez todavía no confío completamente en la gracia.
    • Si pongo mi esperanza en el universo, quizá he dejado de mirar al Creador.

    Y si Dios nunca me contradice...

    quizá debería preguntarme si sigo hablando con Él o solamente conmigo mismo.

    No quiero creer en “algo”.

    Quiero creer en Alguien.

    No quiero una fuerza que pueda aprender a manejar.

    Quiero un Padre en quien pueda confiar.

    No quiero una espiritualidad que me coloque en el centro.

    Quiero una fe que me enseñe nuevamente quién es Dios y quién soy yo.

    • Criatura.
    • Hijo.
    • Amado.
    • Dependiente de su gracia.
    • Y llamado a volver hacia Él.

    Porque Dios no es energía.

    Dios no es el universo.

    Dios no es una idea que adapto a mis necesidades.

    Dios es Dios.

    Y yo le pertenezco.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    Cristo es la Verdad

    Hay preguntas que parecen sencillas hasta que uno intenta responderlas con honestidad.

    Esta es una de ellas:

    Si creo que Cristo es la Verdad, ¿por qué sigo buscando otras luces?

    Mientras avanzaba en la lectura de De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE, llegué a una idea que en realidad no debería sorprender a ningún cristiano. La hemos escuchado muchas veces. La hemos leído en el Evangelio. Incluso probablemente la hemos repetido nosotros mismos:

    “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

    Lo conocemos... Pero conocer una frase no significa necesariamente haber comprendido todo lo que implica.

    Porque si realmente creo que Cristo es la Verdad, entonces esa afirmación debería cambiar mi forma de buscar, de pensar, de discernir y hasta de entender lo que llamo espiritualidad.

    Cristo no dijo que conocía un camino. Dijo que Él es el Camino.

    No dijo solamente que enseñaba cosas verdaderas. Dijo que Él es la Verdad.

    No dijo que podía ayudarnos a vivir mejor. Dijo que Él es la Vida.

    Y si esto es verdad, entonces hay una pregunta que tarde o temprano tenemos que hacernos:

    ¿Qué sigo buscando fuera de Él?

    Tal vez conozco a Cristo, pero todavía no he dejado de buscar sustitutos

    No digo esto desde la idea de que quien conoce a Cristo ya tiene todas las respuestas.

    La vida cristiana también está llena de preguntas, dudas, silencios, momentos de oscuridad, búsquedas y procesos. (Muchos santos pueden ser prueba de ello)

    Aún ahora, sigo estudiando, preguntándome, leyendo, confrontando ideas y tratando de comprender mejor mi fe. No es un camino terminado, sino un proceso constante que llevará quizás toda la vida.

    Pero hay una diferencia entre buscar comprender mejor a Dios y buscar algo que sustituya a Dios. En la actualidad parece que esta es una de las metas de la sociedad moderna: sustituir a Dios por algo que me acomode y llamarlo entonces, dios.

    Y creo que ahí está uno de los problemas de nuestro tiempo.

    • Podemos ser católicos.
    • Podemos ir a misa.
    • Podemos rezar.
    • Podemos incluso servir dentro de la Iglesia.

    Y aun así sentir curiosidad por otras formas de espiritualidad porque pareciera que Cristo, de alguna manera, no nos resulta suficiente.

    Buscamos:

    • Una técnica más.
    • Una experiencia diferente.
    • Algo que nos haga sentir.
    • Algo que nos dé respuestas rápidas.
    • Algo que nos permita controlar lo que no entendemos.
    • Algo que nos prometa paz sin atravesar la cruz.

    Y entonces empezamos a mirar hacia otras luces. Y estas luces nos confunden y comenzamos a perdernos en el sendero; porque no toda luz ilumina, algunas solo nos ciegan y nos apartan.

    Cristo no es una opción espiritual entre muchas

    Una de las cosas que más me preocupa de ciertas formas actuales de espiritualidad es la facilidad con la que colocan a Cristo al mismo nivel que cualquier otro maestro.

    Jesús termina convertido en una figura más dentro de una enorme vitrina espiritual.

    • Cristo junto a Buda.
    • Cristo junto a energías.
    • Cristo junto al universo.
    • Cristo junto a decretos.
    • Cristo junto a vibraciones.
    • Cristo junto a reencarnaciones.
    • Cristo junto a cualquier filosofía que pueda parecer profunda.

    Y el problema no es conocer lo que otras personas creen. Estudiar otras ideas incluso puede ayudarnos a comprender mejor nuestra propia fe. El problema aparece cuando dejamos de distinguir.

    Cuando terminamos pensando que todas esas propuestas dicen básicamente lo mismo.

    Y no lo dicen.

    Para un cristiano, Cristo no es solamente un maestro que encontró iluminación. Es Dios hecho hombre.

    No vino simplemente a mostrar una técnica para alcanzar una conciencia superior. Vino a salvar.

    No vino a decirnos que descubriéramos la divinidad escondida dentro de nosotros. Vino a reconciliarnos con el Padre.

    No vino simplemente a enseñarnos cómo sentirnos mejor. Vino a vencer el pecado y la muerte.

    Ahí está una diferencia enorme. Pero el ruido social de nuestro mundo crea confusión y nos aleja de la realidad. Nos confunde y hace que esa diferencia se desvanezca y es entonces cuando también desaparece nuestro verdadero cristianismo.

    Hay una forma silenciosa de quitar a Cristo del centro

    Ya se ha mencionado anteriormente que no siempre se abandona a Cristo diciendo:

    “Ya no creo en Él”.

    Muchas veces sucede de otra manera.

    Cristo sigue presente. Pero ya no está en el centro.

    Sigue apareciendo en nuestras palabras. Pero comparte espacio con otras creencias.

    Seguimos diciendo que creemos en Dios. Pero también creemos que “el universo conspira”.

    Seguimos rezando. Pero también decretamos.

    Seguimos hablando de gracia. Pero empezamos a hablar de vibraciones.

    Seguimos diciendo que confiamos en la Providencia. Pero buscamos controlar el futuro mediante prácticas que prometen revelarlo.

    Seguimos teniendo una cruz en casa. Pero nuestra manera de pensar ya no es cristiana.

    Cristo no desapareció. Simplemente fue desplazado.

    Y creo que esa puede ser una de las formas más peligrosas de perderlo, porque ni siquiera sentimos que lo estamos perdiendo. No nos damos cuenta. Y aún ahora, leyendo estas líneas, seguramente te diras a ti mismo: "No es así. Es que no has entendido que es parte del todo." Puede estar generando en este momento en ti un bloqueo de momento infranqueable la sola idea de que no es del todo como te han dicho los "gurús" de la Nueva Era. Y esta bien, no es sencillo comprender que en este tiempo de libertad y "verdades". La verdad de Cristo no compagina con lo que te han enseñado.

    Cuando Cristo deja de ser suficiente

    Esta frase puede incomodar:

    A veces vivimos como si Cristo no bastara.

    No porque lo digamos.

    Difícilmente un católico diría algo así en voz alta. Pero nuestras búsquedas pueden decirlo por nosotros.

    • Si necesito un horóscopo para conocer mi futuro, ¿realmente confío en la Providencia?
    • Si necesito decretar para atraer algo a mi vida, ¿realmente estoy dejando mi voluntad en las manos del Padre?
    • Si necesito energías para sentirme protegido, ¿qué lugar ocupa entonces la gracia?
    • Si necesito otra espiritualidad para sentirme completo, ¿qué significa para mí decir que Cristo basta?

    No planteo estas preguntas para incriminar a alguien. Yo también me he cuestionado quizás desde otra perspectiva:

    • ¿Cuántas veces busco seguridad fuera de Dios?
    • ¿Cuántas veces quiero controlar aquello que debería entregar?
    • ¿Cuántas veces prefiero una respuesta inmediata antes que esperar?
    • ¿Cuántas veces quiero comprenderlo todo antes de confiar?

    No necesito tener cuarzos sobre una mesa para descubrir que también puedo poner mi confianza donde no corresponde. Aunque no me presente a una lectura de palma o de cartas. O no es necesario verme depositando mi confianza a objetos culturales ajenos al cristiano. Simplemente como ser humano. Como persona, el corazón siempre busca fabricar sustitutos cuando no siento que sea escuchado o no veo la respuesta que creo yo es la correcta.

    La verdad no siempre tiene la forma que yo esperaba

    Creo que también buscamos otras luces porque la verdad de Cristo no siempre coincide con lo que queremos escuchar.

    • Cristo consuela. Pero también corrige.
    • Cristo perdona. Pero también llama a la conversión.
    • Cristo ama. Pero ese amor no convierte el pecado en algo bueno.
    • Cristo da paz. Pero muchas veces esa paz aparece después de atravesar una lucha.
    • Cristo libera. Pero para ser liberado primero tengo que reconocer aquello que me esclaviza.

    Y eso puede resultar incómodo.

    Una espiritualidad hecha a mi medida nunca me contradice. Se amolda a  mis necesidades y parece cubrirlas en ese espejismo de seguridad. Se envuelve en la ilusión de considerar hecho un decreto sostenido solamente por mi propia capacidad, argumentando mi dominio secreto sobre un universo a mi disposición.

    Cristo sí, por otro lado, me pone contra la pared, me lleva a mi límite junto con mi confianza y fe. La espiritualidad que Cristo propone para mi vida es la de cargar mi cruz y seguirlo. Sin comodidades, dando un salto de fe, no viendo que hay frente a mi, sino confiando plenamente en Él. 

    Una espiritualidad construida desde mis deseos siempre termina diciéndome aquello que quiero escuchar.

    Cristo a veces me dice aquello que necesito escuchar.

    Y ahí está la diferencia.

    No buscamos la verdad porque siempre sea agradable. Buscamos la verdad porque es verdad.

    “A mí me da paz”

    Hay una frase que escuchamos mucho:

    “Pero a mí me da paz”.

    Y comprendo lo que se quiere expresar.

    Todos deseamos paz.

    Pero he ido entendiendo que sentir paz no es suficiente para discernir si algo viene de Dios.

    También podemos sentir tranquilidad después de justificar una decisión equivocada.

    Podemos sentir alivio al evitar una responsabilidad.

    Podemos sentir seguridad al encontrar una explicación que confirma nuestras ideas.

    Podemos incluso sentir bienestar dentro de una práctica que no sea compatible con nuestra fe.

    La emoción es real.

    Pero no por eso se convierte automáticamente en verdad.

    Por eso necesitamos discernimiento.

    No preguntarme solamente:

    “¿Cómo me hace sentir?”.

    Sino:

    • “¿A dónde me lleva?”.
    • “¿Qué idea de Dios hay detrás?”.
    • “¿Qué idea del hombre propone?”.
    • “¿Qué lugar ocupa Cristo?”.
    • “¿Hay pecado?”.
    • “¿Hay gracia?”.
    • “¿Hay necesidad de conversión?”.
    • “¿Hay un Salvador?”.

    Porque cuando una espiritualidad termina haciendo innecesario a Cristo, por muy hermosa que parezca, para un cristiano algo debería encender una alarma.

    No toda luz viene de la Luz

    Ya habíamos hablado de esto antes en la serie, pero ahora empieza a tener todavía más sentido.

    No todo lo espiritual viene de Dios.

    Y tampoco todo aquello que se presenta como luz proviene necesariamente de la Luz.

    Hay ideas que parecen luminosas porque hablan de amor.

    • De paz.
    • De armonía.
    • De sanación.
    • De conexión.
    • De crecimiento.

    Todas son palabras agradables.

    Pero las palabras bonitas también pueden esconder ideas equivocadas.

    Por eso no basta con escuchar “amor”.

    Hay que preguntar qué entiende por amor.

    • No basta escuchar “Dios”. Hay que preguntar de qué Dios está hablando.
    • No basta escuchar “Cristo”. Hay que preguntar quién cree que es Cristo.
    • No basta escuchar “espiritualidad”. Hay que preguntar hacia dónde conduce.

    Porque también se puede utilizar lenguaje cristiano para expresar ideas que ya no son cristianas.

    Y ahí la confusión se vuelve mucho más difícil de detectar.

    Cristo no necesita ser completado

    Hay una idea que cada vez me parece más importante:

    Cristo no necesita ser completado.

    • No necesita un poco de Nueva Era para volverse más profundo.
    • No necesita energía para tener poder.
    • No necesita decretos para escuchar nuestra oración.
    • No necesita astrología para revelarnos nuestra identidad.
    • No necesita otras espiritualidades para enseñarnos quién es Dios.

    Cristo no está incompleto.

    Tal vez quienes estamos incompletos somos nosotros. Tal vez todavía no hemos penetrado suficientemente en nuestra propia fe. Tal vez buscamos fuera porque desconocemos lo que tenemos dentro de la Iglesia.

    Y eso sí debería hacernos reflexionar.

    • ¿Cuántos católicos conocen realmente la riqueza de los sacramentos?
    • ¿Cuántos han leído el Evangelio con profundidad?
    • ¿Cuántos conocen el Catecismo?
    • ¿Cuántos han estudiado mínimamente por qué la Iglesia cree lo que cree?
    • ¿Cuántos tienen vida de oración?
    • ¿Cuántos han aprendido a permanecer en silencio delante del Santísimo?
    • ¿Cuántos han experimentado una confesión verdaderamente consciente?

    Quizá buscamos novedades porque todavía no hemos descubierto la profundidad de aquello que recibimos. Y entonces confundimos novedad con verdad. No cuestionamos procedencias de lo que creemos. Pero si buscamos "conspiraciones" en aquello que nos muestra La Verdad. Esto con el fin de justificar nuestra creencia. Nuestro modo de razonar, sin razonar.

    La Revelación también es un acto de misericordia

    Otra idea que me deja esta lectura es reconocer nuevamente por qué necesitamos que Dios se revele.

    La razón humana es capaz de conocer muchas cosas. Puede descubrir verdades. Puede llegar incluso a reconocer la existencia de Dios.

    Pero también está limitada:

    • Se equivoca.
    • Se confunde.
    • Se deja arrastrar por deseos.
    • Carga heridas.

    Puede construir argumentos para justificar aquello que previamente decidió querer.

    Por eso Dios no se quedó lejos esperando a que nosotros lográramos descubrirlo todo.

    Se reveló.

    • Entró en nuestra historia.
    • Habló.
    • Y finalmente se hizo carne.

    Jesucristo no es solamente una conclusión a la que llegamos pensando suficientemente.

    Es Dios que sale a nuestro encuentro.

    Y eso cambia completamente nuestra búsqueda.

    No estamos buscando a un Dios escondido detrás del universo intentando descifrar señales.

    • Dios se ha dado a conocer.
    • Cristo tiene rostro.
    • Tiene palabras.
    • Tiene una historia.
    • Tiene una cruz.
    • Tiene una Iglesia.

    Y eso también significa que mi búsqueda espiritual no necesita ser una caminata interminable entre diferentes opciones intentando descubrir cuál puede llevarme a Dios.

    Dios ya vino a buscarme.

    Quizá el problema no sea que Cristo no baste

    Tal vez muchas veces decimos que buscamos “algo más” porque sentimos que nuestra fe ya no nos llena.

    Pero quizá el problema no sea Cristo.

    • Quizá soy yo quien ha dejado de profundizar.
    • Quizá mi oración se volvió rutina.
    • Quizá participo de la Eucaristía sin comprender lo que sucede delante de mí.
    • Quizá llevo años repitiendo las mismas palabras sin dejar que me transformen.
    • Quizá conozco más de otras espiritualidades que de mi propia fe.
    • Quizá busco afuera porque dejé de cavar dentro.

    Eso sí me confronta.

    Porque es fácil acusar al mundo de haber abandonado a Dios.

    Mucho más difícil es preguntarme cuánto espacio real ocupa Dios en mi propia vida. Que tan Cristo-céntrico soy y muestro con mis actitudes, mis pensamientos y mi comportamiento ante la vida misma.

    No necesito conocer todas las falsas luces para conocer la verdadera

    Mientras avanzamos en esta serie iremos entrando en temas más concretos.

    1. Nueva Era.
    2. Yoga.
    3. Mindfulness.
    4. Reiki.
    5. Espiritualidades posmodernas.
    6. Y otras prácticas que necesitan discernimiento.

    Pero creo que antes de entrar a ellas había que detenernos aquí. Porque el objetivo no es convertirnos en especialistas de errores.

    No necesitamos estudiar la oscuridad hasta obsesionarnos con ella. Necesitamos conocer suficientemente bien la luz para reconocer cuando algo no viene de ella.

    Alguien que conoce profundamente su fe no necesita vivir asustado frente a cualquier propuesta espiritual.

    • Discierne.
    • Compara.
    • Pregunta.
    • Observa.
    • Y vuelve a Cristo.

    Ese es el punto.

    No buscamos vivir con miedo a todo lo que existe fuera de la Iglesia.

    Buscamos tener raíces suficientemente profundas como para no confundirnos cuando algo se presenta con apariencia de verdad.

    Cristo basta no significa dejar de buscar

    Decir Cristo basta tampoco significa dejar de aprender.

    • No significa rechazar la ciencia.
    • No significa cerrar libros.
    • No significa dejar de escuchar preguntas.
    • No significa vivir encerrados.

    Todo lo contrario.

    Si Cristo es la Verdad, cualquier verdad auténtica terminará siendo compatible con Él.

    • Puedo estudiar.
    • Puedo investigar.
    • Puedo preguntar.
    • Puedo dialogar.
    • Puedo conocer otras ideas.
    • Puedo incluso enfrentar preguntas difíciles sobre mi fe.
    • No necesito tener miedo.

    Porque mi seguridad no está en evitar preguntas. Está en saber hacia dónde regresar con ellas.

    Y regreso a Cristo.

    Conclusión: cuando has encontrado la Luz

    Creo que al final este capítulo puede resumirse en una imagen sencilla:

    Imaginemos a alguien caminando en la oscuridad buscando desesperadamente una luz.

    Ve un destello y corre hacia él.

    Después otro.

    Después otro.

    Cada uno promete mostrarle el camino.

    Hasta que finalmente encuentra el amanecer.

    ¿Tendría sentido seguir corriendo detrás de pequeñas luces cuando delante de él ya apareció el sol?

    Esa es la pregunta que me queda.

    • Si Cristo es realmente la Verdad...
    • Si Cristo es realmente el Camino...
    • Si Cristo es realmente la Vida...

    ¿Por qué sigo buscando fuera de Él lo que ya encontré en Él?

    Seguramente todavía tengo mucho por aprender.

    • Mucho por comprender.
    • Mucho que corregir.
    • Mucho que convertir.

    Pero no necesito otro Salvador.

    No necesito otra verdad.

    No necesito otra luz que sustituya a la Luz.

    Necesito conocer más profundamente a Cristo.

    • Seguirlo.
    • Escucharlo.
    • Dejarme corregir.
    • Dejarme transformar.
    • Y aprender a permanecer en Él.

    Porque tal vez el gran problema de nuestro tiempo no sea que existan demasiadas falsas luces.

    Tal vez sea que hemos dejado de mirar suficientemente a la verdadera Luz.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    Cuando la razón se separa de Dios

    Cuando la razón se separa de Dios, el alma empieza a confundirse

    Hay ideas que uno puede leer muchas veces y, sin embargo, un día parecen acomodarse distinto dentro del alma.

    Eso me pasó al seguir reflexionando sobre el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE. No porque el tema de la razón y la verdad sea algo completamente nuevo para mí, sino porque al mirarlo desde este camino que hemos venido recorriendo en la serie Cristo basta, adquiere un peso distinto.

    Venimos hablando del mal, del pecado, del demonio, de la tentación, del ocultismo, de los maleficios y de la confesión. Pero ahora toca mirar algo que quizá parece menos espectacular, aunque puede ser igual de peligroso: la forma en que pensamos.

    Porque aun antes de que mezclemos la fe con la Nueva Era, antes de que mezclemos el concepto de Dios con las energías y que convirtamos las oraciones en decretos. Antes siquiera de llamar “espiritualidad” a cualquier experiencia interior, muchas veces antes de eso ya ha ocurrido algo más profundo: el pensamiento y la razón dejaron de mirar hacia Dios.

    Esto da como resultado que, al dejar de lado la razón y separarla de Dios, el alma empieza a confundirse.

    Y no lo digo solo por decir una frase inspiradora. Lo comento por lo que se puede ver. Verlo en el mundo, en las redes sociales, en las conversaciones actuales. Inesperadamente, aunque ya no tanto, en el ambiente católico. Se puede percibir en la lucha interna que cada uno llevamos por querer justificar nuestros deseos y anteponerlos por encima de la obediencia hacia lo que es la verdad. Lo que es verdadero.

    Para algunos podrá sonar disparatado, pero pensar también puede ser un acto espiritual.

    Pensar bien también es parte del camino de fe

    No es suficiente explorar las emociones religiosas. No es solo sentir bonito cuando escuchamos una canción católica o una reflexión que de momento nos llega y toca algunas fibras emocionales. No es solo compartir en mis redes frases de santos —que ni siquiera verificamos, por cierto— o compartir imágenes con versículos. Si no conectamos esas emociones con nuestra inteligencia, esta solo desordena nuestro pensamiento. Y llegará el momento en que este desorden solo causará confusión en mi fe.

    Porque la fe no nos pide apagar la razón

    La fe nos pide dejar que la razón sea iluminada.

    Debe resaltarse tanto como sea necesario en estos tiempos de ruido social y sin sentido, donde las vocaciones o las inspiraciones se confunden con tendencias y frases bonitas. No tener claro lo que es verdaderamente la fe católica hace que se preste a una distorsión de lo que verdaderamente es. Empecemos por aclarar que la fe católica no es enemiga de la inteligencia. La falta de profundización ha hecho creer a muchos que creer, en automático, es dejar de pensar. Un falso sustento que muchos mal llamados ateos utilizan al día de hoy. Es como si obedecer a Dios fuera renunciar a la libertad interior. Como si la Iglesia se viera amenazada por la razón.

    Nada más lejos de la realidad.

    La fe católica no desprecia la razón. La necesita. La ordena. La purifica. La eleva.

    El problema no es pensar. El problema es pensar de espaldas a Dios.

    Cuando mi deseo quiere decidir la realidad

    Hoy en día podemos detectar una tentación muy actual: la de creer que podemos adaptar la realidad a mi sentir.

    • Si algo me incomoda, entonces debe estar mal.
    • Si algo me contradice, entonces debe ser violencia.
    • Si algo me exige conversión, entonces debe ser represión.
    • Si algo me recuerda el pecado, entonces debe ser culpa tóxica.
    • Si algo no coincide con mi deseo, entonces lo rechazo, lo reinterpretó o lo acomodo.

    Pero la realidad no desaparece porque yo no quiera verla.

    El pecado sigue siendo pecado aunque yo le cambie el nombre. La mentira sigue siendo mentira aunque me dé tranquilidad. La superstición sigue siendo superstición aunque la vista de espiritualidad.

    La idolatría sigue siendo idolatría aunque use palabras como energía, universo o luz.

    Y Dios sigue siendo Dios aunque el hombre moderno prefiera reducirlo a una fuerza impersonal.

    Y esta parte no es la más difícil de señalar. Marcar la confusión del mundo, lo que está fuera de mí, es relativamente sencillo. Aquí está lo que más me confronta: lo difícil es reconocer cuántas veces he querido —yo— que la verdad no me moleste ni me incomode. Cuántas veces he preferido dar explicaciones, justificarme, disfrazar o manipular aquello que la fe me pide mirar de frente. Confrontar.

    La razón, cuando es humilde, acepta la realidad. Cuando es soberbia, intenta fabricarla.

    Y ahí empieza mucha confusión espiritual.

    La fe no me invita a huir de la realidad

    El cristianismo, a diferencia de lo que podría parecer desde afuera, no es un escape de la realidad. No es un refugio para negar la realidad ni huir del dolor, del pecado o de la culpa. No intenta evitar la fragilidad o la muerte. Es todo lo contrario. La fe cristiana mira de frente la realidad. Con profundidad, una que el mundo muchas veces no soporta y esquiva en esas mismas excusas que intentamos dar para justificar y evadir la propia realidad.

    La fe me recuerda que soy criatura. Que no soy Dios.

    • Que necesito gracia.
    • Que puedo pecar.
    • Que puedo engañarme.
    • Que puedo justificarme.
    • Que puedo llamar bien a lo que me destruye.

    Pero también me dice que soy amado.

    • Que puedo volver.
    • Que puedo ser perdonado.
    • Que Cristo vino a salvarme.
    • Que la verdad no me corrige para humillarme, sino para despertarme.

    Y esto es lo que produce ese choque entre la realidad y mi comodidad. Frente a la Nueva Era y otras formas e ideologías de espiritualidad posmodernas, la fe cristiana no suaviza la realidad.

    La realidad aceptada desde la fe presenta al pecado como lo que es, no como un aprendizaje. Desde la fe, no se elimina la culpa para sustituirla por energía densa. La New Age te ofrece una “alineación” cuando debes tener una conversión. La New Age te esclaviza con términos que se oyen bien, como el ser “auténtico”, para evitar la obediencia que requiere vivir la realidad cristiana. La New Age te adormece olvidándote de la cruz, para transformarla solo en bloqueo emocional. En las espiritualidades posmodernas ya no hay un Salvador, porque si todo sucede dentro de ti, no requieres ya de uno.

    Suena agradable. Pero no salva.

    Porque una espiritualidad que me evita mirar la realidad puede darme alivio, pero no necesariamente me conduce a Dios.

    El yo no puede ser la medida de todo

    Cuando la razón se separa de Dios, el hombre empieza a ponerse a sí mismo como medida.

    • Yo decido qué es verdad.
    • Yo decido qué es pecado.
    • Yo decido qué parte del Evangelio me sirve.
    • Yo decido qué doctrina acepto.
    • Yo decido qué prácticas puedo mezclar con mi fe.
    • Yo decido qué significa Cristo para mí.

    Parece libertad. Pero es una cárcel más elegante.

    Porque si yo soy la medida de todo, entonces también cargo con el peso de inventarlo todo: mi verdad, mi identidad, mi paz, mi destino, mi salvación.

    Y el alma no fue creada para cargar con eso.

    El alma fue creada para Dios.

    Por eso, cuando el hombre intenta ocupar el lugar de Dios, no se hace más libre. Se vuelve más frágil. Más ansioso. Más confundido. Más necesitado de controlar lo que no puede controlar.

    Tal vez por eso tantas corrientes actuales hablan tanto de poder interior, manifestación, decretos, vibración, energía y control. Porque cuando ya no descanso en Dios, necesito sentir que algo está en mis manos.

    Pero la fe cristiana no me enseña a controlar lo invisible. Me enseña a confiar en el Padre.

    Y eso exige una razón humilde.

    La confusión también puede parecer profunda

    Hay confusiones que no parecen confusiones. Parecen profundidad.

    1. Alguien dice: “Dios es energía”.
    2. Otro dice: “todo es vibración”.
    3. Otro dice: “Cristo fue un maestro iluminado”.
    4. Otro dice: “todas las religiones dicen lo mismo”.
    5. Otro dice: “lo importante es que te dé paz”.

    Y muchas de esas frases suenan profundas para quien ya no tiene raíces firmes en la fe.

    Pero cuando uno las mira con calma, descubre que no profundizan. Solo diluyen.

    1. Diluyen a Dios.
    2. Diluyen a Cristo.
    3. Diluyen el pecado.
    4. Diluyen la gracia.
    5. Diluyen la cruz.
    6. Diluyen la necesidad de conversión.

    Y cuando todo se diluye, parece que todo cabe. Pero en realidad ya nada permanece entero.

    Una fe mezclada puede parecer amplia, tolerante y espiritual. Pero muchas veces es solo una fe debilitada, sin forma, sin doctrina, sin centro.

    Y una fe sin centro termina dejando a Cristo como adorno.

    La razón necesita arrodillarse, sin desaparecer

    • No para humillarse como si fuera inútil.
    • No para desaparecer.
    • No para dejar de pensar.

    Sino para reconocer que no es Dios.

    La razón humana es grande, pero no es absoluta. Puede conocer mucho, pero también puede equivocarse. Puede buscar la verdad, pero también puede justificar el error. Puede servir a Dios, pero también puede servir al orgullo.

    Cuando la razón se arrodilla ante Dios, no se apaga. Se ordena. Se centra. Se vuelve cristocéntrica.

    Comprende que hay verdades que puede alcanzar por sí misma y otras que necesita recibir porque Dios las ha revelado. Comprende que la fe no es enemiga de la inteligencia, sino una luz más alta. Comprende que el misterio no es absurdo, sino profundidad que supera lo que podemos abarcar.

    El problema del hombre moderno no siempre es que razone demasiado. A veces es que razona mal.

    1. Razona desde sí mismo.
    2. Desde su herida.
    3. Desde su deseo.
    4. Desde su miedo.
    5. Desde su época.
    6. Desde lo que le conviene.
    7. Desde lo que quiere escuchar.

    Pero no desde Dios.

    Una fe sin razón puede volverse superstición

    También tenemos que decir algo incómodo: no solo se equivoca quien abandona la fe por un falso racionalismo. También se equivoca el católico que vive su fe sin razón.

    Porque una fe sin razón puede terminar en superstición.

    1. Pasa cuando usamos el agua bendita como si fuera magia.
    2. Cuando traemos medallas como si fueran amuletos.
    3. Cuando repetimos oraciones como conjuros.
    4. Cuando creemos cualquier testimonio porque nos emocionó.
    5. Cuando vemos demonios en todo.
    6. Cuando compartimos cadenas religiosas sin discernir.
    7. Cuando seguimos a cualquier predicador solo porque habla fuerte.
    8. Cuando confundimos devoción con fanatismo.
    9. Cuando dejamos que el miedo dirija nuestra vida espiritual.

    Esto también daña.

    Por eso no basta decir “yo tengo fe”. Hay que preguntarse si esa fe está formada, si está arraigada en la Iglesia, si se deja iluminar por la razón, si busca la verdad o si solo busca seguridad emocional.

    La fe católica no es superstición.

    La fe católica es confianza en Dios, iluminada por la verdad y sostenida por la gracia.

    La razón herida busca sustitutos

    Cuando la razón se separa de Dios, no se queda neutral. Busca otros fundamentos.

    • Si ya no reconoce al Dios vivo, empieza a hablar del universo.
    • Si ya no comprende la gracia, empieza a hablar de energía.
    • Si ya no cree en la Providencia, empieza a buscar manifestación.
    • Si ya no ora, decreta.
    • Si ya no confiesa el pecado, habla de bloqueos.
    • Si ya no acepta la cruz, busca una espiritualidad sin dolor.

    Este es el punto donde la Nueva Era entra con tanta facilidad.

    No entra solamente porque la gente sea ingenua. Entra porque muchos ya no tienen una razón formada para discernir. Han perdido categorías cristianas. Han perdido lenguaje de fe. Han perdido claridad sobre Dios, el hombre, el alma, la gracia, el pecado y la salvación.

    Entonces cualquier discurso que suena bonito parece compatible.

    1. Pero no todo lo bonito es verdadero.
    2. No todo lo pacífico viene de Dios.
    3. No toda luz conduce a Cristo.

    Nos van matando espiritualmente en dosis pequeñas

    Hay una imagen que me parece fuerte: la fe muchas veces no se pierde de golpe. Se va debilitando en dosis pequeñas.

    • Un día dejo de confesarme.
    • Otro día empiezo a decir que no todo es pecado.
    • Otro día me parece exagerada la doctrina.
    • Otro día digo que todas las religiones tienen lo mismo.
    • Otro día llamo energía a Dios.
    • Otro día consulto algo “solo por curiosidad”.
    • Otro día mezclo una oración con un decreto.
    • Otro día ya no sé si Cristo es el centro o solo una parte más de mi espiritualidad.

    Y cuando quiero darme cuenta, no hice una renuncia escandalosa a la fe. Simplemente la fui diluyendo.

    Eso es preocupante.

    Porque creo que muchos católicos no han dejado de amar a Cristo, pero sí han dejado de pensar desde Cristo.

    Y cuando dejamos de pensar desde Cristo, tarde o temprano empezamos a creer con categorías que no son cristianas.

    1. Seguimos diciendo “Dios”, pero pensamos “energía”.
    2. Seguimos diciendo “oración”, pero pensamos “manifestación”.
    3. Seguimos diciendo “gracia”, pero pensamos “vibración”.
    4. Seguimos diciendo “paz”, pero pensamos “no quiero que la verdad me incomode”.

    Volver a pensar desde Dios

    Tal vez esta sea una de las tareas más urgentes: volver a pensar desde Dios.

    • No solo sentir a Dios.
    • No solo hablar de Dios.
    • No solo emocionarnos con Dios.

    Pensar desde Dios.

    • Mirar la realidad desde Dios.
    • Comprender al hombre desde Dios.
    • Entender la libertad desde Dios.
    • Discernir las prácticas espirituales desde Dios.
    • Juzgar mis deseos desde Dios.
    • Ordenar mi razón hacia Dios.

    Porque cuando Dios desaparece del pensamiento, poco a poco desaparece también del centro del corazón.

    Y cuando Dios deja de estar en el centro, algo más ocupa su lugar.

    • Puede ser mi emoción.
    • Mi deseo.
    • Mi herida.
    • Mi necesidad de control.
    • Mi miedo.
    • Mi orgullo.
    • Mi comodidad.
    • O una espiritualidad hecha a mi medida.

    Pero nada de eso salva.

    Solo Cristo.

    Pensar bien también es conversión

    Creo que aquí está el punto que quiero dejar en este capítulo: pensar bien también es parte de la conversión.

    No solo se convierte el que deja un pecado visible.

    También se convierte el que deja de justificar sus errores.

    • El que deja de llamar verdad a su deseo.
    • El que deja de acomodar a Dios.
    • El que deja de mezclar la fe.
    • El que acepta que puede estar equivocado.
    • El que vuelve a estudiar.
    • El que vuelve al Catecismo.
    • El que vuelve a la Escritura.
    • El que vuelve a dejarse enseñar por la Iglesia.
    • El que le pide a Dios no solo sentimientos bonitos, sino una inteligencia más limpia.

    Porque también necesitamos que Cristo purifique nuestra manera de pensar.

    • Que nos quite soberbia.
    • Que nos quite confusión.
    • Que nos quite sentimentalismo.
    • Que nos quite miedo.
    • Que nos quite esa necesidad de tener siempre la razón mientras dejamos de buscar la verdad.

    Conclusión: la razón también necesita a Cristo

    Cuando la razón se separa de Dios, el alma empieza a confundirse.

    No porque la razón sea mala. Ni porque pensar sea peligroso. La fe no quiere hombres hundidos en la ignorancia. La razón fue hecha para la verdad, y la verdad conduce a Dios.

    Una razón sin Dios puede volverse soberbia.

    Una fe sin razón puede volverse superstición.

    Pero una razón iluminada por la fe puede ayudar al alma a caminar con claridad.

    Por eso, frente a la Nueva Era y a tantas espiritualidades que prometen luz, sanación, poder o paz, el católico no debe apagar su inteligencia. Debe formarla.

    • Debe preguntarse.
    • Debe discernir.
    • Debe volver a la realidad.
    • Debe volver a la verdad.
    • Debe volver a Dios.

    Porque Cristo no vino a evitar que usáramos nuestra razón. Vino a iluminarla.

    Cristo basta.

    Y si Cristo basta, también basta su luz para ordenar nuestra inteligencia, purificar nuestras ideas y devolvernos al camino de la verdad.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


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