Dios está en todo, pero no todo es Dios

    Dios está en todo, pero no todo es Dios

    Hoy en día, los medios, las redes sociales y las nuevas tecnologías nos han ofrecido variantes de frases que suenan profundamente espirituales.

    Tan profundas que uno puede repetirlas durante años sin detenerse a pensar realmente qué significan.

    Es muy posible que, en nuestro día a día, nos hayamos cruzado con este tipo de frases en un mensaje de texto, en una publicación lanzada a redes y que nos reconforta o nos suena profunda y en sintonía con lo que estamos sintiendo o viviendo:

    “Dios está en todo”.
    “El universo es Dios”.
    “Todos somos parte de Dios”.
    “Dios está dentro de ti”.
    “Todo es uno”.

    Algunas parecen incluso compatibles con la fe cristiana. Incluso parecen ser más veraces porque las vemos adornadas con imágenes católicas, incluso con personalidades de santos o del mismo Santo Padre. Y damos por sentado que son propias de ellos. Y quizá por eso son tan fáciles de aceptar.

    Porque contienen una parte de verdad.

    • Sí, Dios está presente en su creación.
    • Sí, todo cuanto existe depende de Él.
    • Sí, vivimos, nos movemos y existimos en Él.

    Pero de ahí a afirmar que todo es Dios hay una distancia enorme. Y esa distancia no es solamente filosófica; es espiritual.

    Porque si desaparece la diferencia entre Dios y la creación, también cambia nuestra manera de entender quién es Dios, quién soy yo, qué es la oración, qué significa el pecado y por qué necesito un Salvador.

    Por eso creo que vale la pena detenernos aquí.

    Dios está presente en todo

    La fe católica no presenta a Dios como alguien lejano, sentado en algún lugar fuera del universo, observando desde la distancia aquello que creó.

    Dios sostiene la existencia. Es por Él que todo existe, porque así lo quiere. Todo depende de Él. Y eso lo hace profundamente bello.

    Significa que no estoy abandonado dentro de un universo frío y sin sentido.

    Mi existencia no es un accidente perdido entre millones de galaxias. No es solamente una mera casualidad cósmica. No soy un error del azar ni una coincidencia surgida de una mezcla de circunstancias. Fui pensado. Fuimos pensados y planeados con un fin.

    No estoy solo. Tú y yo estamos aquí porque Dios lo quiere así. Y Él está presente en todo momento. En cada instante. Aun cuando yo no lo perciba. Aun en esos momentos en que parece invisible porque mis emociones me superan. Mis condiciones limitadas me bloquean. Aun así, Dios está conmigo.

    La situación es precisamente esta: Dios está presente en la creación, pero la creación no es Dios. Y es una diferencia importante a resaltar. Puede parecer una distinción pequeña. Pero no lo es.

    La obra no es el Autor

    Puede ser un pensamiento simple, pero para muchos, en la actualidad, puede ser complicado separar un concepto como este. Así que pensemos en algo sencillo.

    1. Un pintor puede dejar algo de sí mismo en una pintura.
    2. Podemos mirar su obra y reconocer su estilo.
    3. Podemos entender algo de su sensibilidad.
    4. Podemos incluso decir que esa obra “habla” de quien la creó.
    5. Pero nadie confundiría el cuadro con el pintor.

    La pintura existe porque alguien la creó. Y esta no es, en sí, su propio creador.

    Es lo mismo que sucede con Dios, a un nivel superior.

    Dios es el Creador de todo. Y aun cuando su obra tiene una complejidad superior a la de una pintura, nosotros, la naturaleza y la precisión de todo lo que podemos observar forman parte de una realidad creada por Dios. Una realidad que, en cada una de las cosas existentes, presenta la huella de su Autor.

    Puedo mirar el mar y sentirme pequeño.
    Puedo contemplar un amanecer y experimentar admiración.
    Puedo mirar las estrellas y descubrir que mi vida no es el centro del universo.
    Puedo ver el rostro de un hijo recién nacido y sorprenderme de la vida.

    Todo eso puede conducirme hacia Dios. Pero nada de eso es Dios.

    La naturaleza habla del Creador. Pero no sustituye al Creador.

    La creación puede ser una huella. Pero no es el Autor.

    Y creo que este punto empieza a perderse cuando utilizamos expresiones como “el universo me habló”, “la naturaleza es divina” o “todos somos parte de Dios”. Porque, sin darnos cuenta, diluimos la propia existencia divina en la creación y terminamos confundiendo al Autor con su obra.

    Si todo es Dios, entonces ¿quién es Dios?

    Aquí empieza la dificultad. Una duda que ha nacido en cada persona desde que el tiempo es tiempo. En alguna ocasión nos ha tocado llegar a ese momento de silencio, alejados del ruido del mundo, y estamos en ese único momento entre nosotros y nuestra vocecita interna que abre la pregunta:

    Si todo es Dios...

    • Entonces el árbol es Dios.
    • La piedra es Dios.
    • El universo es Dios.
    • Yo soy Dios.
    • Tú eres Dios.

    Todo aquello que existe sería parte de una misma realidad divina.

    Suena profundo. Incluso místico.

    Pero cuando uno lo piensa con calma aparecen preguntas incómodas.

    • Si yo soy parte de Dios, entonces ¿qué significa pecar contra Él?
    • Si mi alma es parte de Dios, ¿para qué necesito gracia?
    • Si todo es divino, ¿qué diferencia existe entre el Creador y la criatura?
    • Si Dios está dentro de mí porque yo mismo soy parte de Él, ¿para qué necesito que Dios salga a mi encuentro?

    Y quizá la pregunta más importante:

    Si yo ya poseo lo divino por naturaleza, ¿para qué necesito un Salvador?

    Ahí es donde la diferencia deja de parecer filosófica.

    Empieza a tocar el corazón del cristianismo.

    Cuando desaparece el Creador, aparece el Todo

    La Nueva Era utiliza mucho expresiones como:

    “el Todo”.
    “la Fuente”.
    “la Conciencia”.
    “el Universo”.
    “la Energía”.
    “lo Divino”.

    Y todas ellas suenan realmente atractivas. Endulzan nuestro oído y adormecen nuestra conciencia para abrir paso a la comodidad de un dios a mi manera.

    • No exigen demasiada precisión.
    • Permiten que cada persona interprete algo diferente.
    • No incomodan.
    • No confrontan.
    • No tienen voluntad propia.
    • No me dicen que estoy equivocado.

    Y quizá ahí está una de las razones de su éxito.

    Porque un “Todo” no me exige conversión.

    1. Una “energía universal” no me pide obediencia.
    2. El “universo” no me dice que cargue mi cruz.
    3. Una “conciencia superior” no me habla de pecado.

    Pero Dios sí.

    Y quizá por eso muchas veces preferimos convertir a Dios en algo impersonal.

    Porque es más fácil convivir con una energía que con un Padre.

    Un Dios personal puede incomodarme

    Esta idea ya la tocamos en el capítulo anterior, pero aquí adquiere otra dimensión.

    Si Dios es una persona, entonces tiene voluntad. Y su voluntad puede no coincidir con la mía.

    Si Dios es solamente una fuerza dispersa en el universo, puedo interpretarlo como quiera.

    Pero si Dios es Alguien...

    • Puede decirme que no.
    • Puede llamarme a cambiar.
    • Puede pedirme que perdone.
    • Puede mostrarme que estoy equivocado.
    • Puede pedirme que abandone algo que me gusta.
    • Puede invitarme a confiar cuando yo preferiría controlar.

    Y eso incomoda.

    Porque nos saca de esa área de confort donde queremos creer que todo se ajusta a mi voluntad. Donde nuestra razón es única y no encuentra resistencia. Hasta que choca con otra realidad ajena que igualmente piensa como uno, pero en una dirección totalmente diferente.

    ¿Quién tiene razón en ese momento?
    ¿Quién es dueño de la verdad?

    Solo Dios, el Padre que me guía y me orienta para bien, aun cuando esto pueda significar sacrificio.

    Porque el Dios cristiano no existe para validar todo lo que yo pienso.

    No se adapta a mí.

    Soy yo quien debe aprender a conocerlo.

    Dios está cerca sin dejar de ser Dios

    Hay algo que encuentro profundamente hermoso en la fe cristiana.

    Dios está infinitamente por encima de mí. Y al mismo tiempo está profundamente cerca.

    No necesita convertirse en parte del universo para estar presente en él.
    No necesita ser la naturaleza para sostenerla.
    No necesita ser mi alma para conocerme.
    No necesita confundirse conmigo para amarme.

    Es distinto.

    Y precisamente por eso puede haber relación.

    Yo soy yo. Dios es Dios.

    Y puedo dirigirme a Él.

    • Puedo hablarle.
    • Puedo escucharlo.
    • Puedo pedirle.
    • Puedo agradecerle.
    • Puedo incluso enojarme y presentarle mi dolor.

    Porque hay un yo que se encuentra con un Tú.

    Si todo fuera una misma realidad, esa relación desaparecería.

    • No habría diálogo.
    • No habría encuentro.
    • No habría oración.

    Solo tendría introspección, “autoconocimiento”. Solo una búsqueda hacia dentro, limitada, que terminaría llegando a un callejón.

    La oración no es hablar conmigo mismo

    Este punto me parece especialmente importante. Y debe recalcarse:

    Si Dios es simplemente “lo divino dentro de mí”, entonces la oración termina siendo una especie de conversación conmigo mismo.

    • Busco dentro.
    • Escucho mi interior.
    • Intento descubrir respuestas.
    • Y todo puede terminar regresando a mi propia conciencia.

    Pero la oración cristiana es distinta.

    • No niego mi interioridad.
    • No niego el silencio.
    • No niego la introspección.

    Pero la oración cristiana no termina en mí.

    Sale de mí. > Se dirige hacia Otro.

    Cuando rezo:

    “Padre nuestro...”

    No estoy hablando conmigo. Estoy hablando con Dios.

    Cuando digo:

    “hágase tu voluntad”...

    estoy reconociendo que existe una voluntad distinta de la mía.

    Cuando pido perdón...

    estoy reconociendo que existe Alguien ante quien respondo.

    Cuando doy gracias...

    estoy reconociendo que he recibido algo.

    La oración cristiana siempre implica relación.

    Y para que exista relación debe existir distinción.

    No soy una chispa divina

    Otra idea que aparece con frecuencia en espiritualidades modernas es que dentro de cada ser humano existe una “chispa divina”.

    Puede sonar inocente. Nuevamente endulza el oído y puede parecer una idea bonita.

    Pero debemos tener cuidado con lo que significa.

    Desde la fe cristiana, poseo una dignidad enorme.

    He sido creado a imagen y semejanza de Dios.

    He sido llamado a participar de su vida.

    Puedo recibir su gracia.

    Puedo llegar a una profunda unión con Él.

    Pero eso no significa que yo sea una parte de Dios.

    No soy una fracción de la divinidad.

    No soy un pedazo de Dios encerrado temporalmente dentro de un cuerpo.

    No estoy aquí para descubrir que “en realidad soy Dios”.

    Soy criatura.

    Amada.

    Elevada por la gracia.

    Llamada a la comunión con Dios.

    Pero criatura.

    Y creo que reconocer esto no me disminuye.

    Me ubica.

    Ser criatura no me hace menos

    A veces parece que decir “soy criatura” fuera algo humillante.

    Como si aceptar que no somos Dios nos rebajara.

    Creo que sucede porque hemos aprendido a interpretar dependencia como debilidad.

    • Queremos autonomía absoluta.
    • Queremos definirnos completamente.
    • Queremos decidir nuestro origen.

    Nuestro sentido.
    Nuestro destino.

    Y cualquier cosa que nos recuerde que dependemos de Otro parece una amenaza.

    Pero yo cada vez lo veo de una manera distinta.

    Saber que soy criatura me libera.

    Porque significa que no tengo que inventarme desde cero.

    • Mi vida tiene un origen.
    • Mi existencia tiene sentido.
    • Mi dignidad no depende únicamente de lo que produzco, de lo que logro o de cómo me perciben otros.

    Existía una intención antes de que yo pudiera siquiera pensar en mí mismo.

    Hay un Creador.

    Y yo soy su criatura.

    Eso no me hace menos.

    Me recuerda de dónde vengo.

    El panteísmo parece elevar al hombre, pero termina borrándolo

    Decir que “todo es Dios” parece, a primera vista, engrandecer al ser humano.

    Si yo soy divino, entonces parezco más importante.

    Más poderoso.

    Más elevado.

    Pero sucede algo extraño.

    Si todo es Dios, entonces nada es verdaderamente distinto.

    La persona comienza a diluirse.

    Ya no soy alguien creado y amado personalmente.

    Soy simplemente una manifestación temporal del Todo.

    Mi identidad se convierte en una expresión de algo impersonal.

    Y al final incluso Dios termina despersonalizado.

    Todo se mezcla.

    • Dios.
    • El hombre.
    • La naturaleza.
    • El universo.
    • La materia.
    • La conciencia.

    Todo se convierte en una sola cosa.

    Pero la fe cristiana presenta algo mucho más hermoso.

    Dios crea seres distintos de Él.

    Y los ama precisamente siendo distintos.

    No necesita absorbernos dentro de sí.

    Nos llama a la comunión.

    Eso es diferente.

    Unión con Dios no significa desaparecer en Dios

    Este tema también puede causar confusión.

    La vida cristiana busca una unión profunda con Dios.

    Los santos hablan de ella.

    Los místicos la describen.

    Cristo mismo habla de permanecer en Él.

    Pero unión no significa identidad.

    No dejo de ser yo para convertirme en Dios.
    No desaparezco dentro de una conciencia universal.
    No pierdo mi identidad.

    La gracia me transforma.

    Me santifica.

    Me une a Dios.

    Pero sigo siendo criatura.

    Quizá una imagen sencilla puede ayudar.

    Dos personas pueden amarse profundamente sin dejar de ser dos personas.

    La comunión no exige desaparecer.

    Al contrario.

    Para amar necesito que exista otro.

    La fe cristiana no busca borrar la diferencia entre Dios y el hombre.

    Busca llevarla a su máxima relación posible.

    Cristo confirma la diferencia

    Y entonces volvemos inevitablemente a Cristo.

    Porque si todo fuera Dios, la Encarnación perdería sentido.

    ¿Qué significaría que Dios se hizo hombre si el hombre ya fuera Dios?

    ¿Qué tendría de extraordinario que el Creador entrara en su creación si no existiera diferencia entre ambos?

    La Encarnación solamente puede comprenderse cuando reconocemos algo fundamental:

    Dios es Dios.

    El hombre es hombre.

    Y el Dios eterno quiso asumir nuestra naturaleza humana.

    No porque nosotros ya fuéramos divinos.

    Sino porque Él quiso acercarse.

    Eso es lo extraordinario.

    No descubrimos que éramos Dios.

    Dios vino hacia nosotros.

    Y esa diferencia cambia completamente el cristianismo.

    No ascendí hacia Dios; Dios descendió hacia mí

    Muchas espiritualidades presentan un camino ascendente.

    • Elevar conciencia.
    • Elevar vibración.
    • Despertar.
    • Ascender.
    • Alcanzar.
    • Descubrir.

    El cristianismo, en cambio, comienza con un movimiento diferente.

    • Dios desciende.
    • Dios se revela.
    • Dios busca.
    • Dios llama.
    • Dios entra en nuestra historia.
    • Dios se hace carne

    No soy yo quien encuentra el camino secreto hacia la divinidad.

    Es Dios quien viene a encontrarme.

    Y cuanto más lo pienso, más me sorprende.

    Porque es muchísimo más hermoso que imaginarme como una chispa perdida intentando regresar al Todo.

    Soy alguien.

    Y Dios vino a buscarme.

    Quizá debemos volver a distinguir

    Vivimos en una cultura que quiere mezclarlo todo.

    • Religiones.
    • Creencias.
    • Filosofías.
    • Prácticas.
    • Lenguajes.

    Y cualquier distinción parece intolerancia.

    Pero distinguir no significa despreciar.

    Distinguir nos lleva a la comprensión.

    No es lo mismo decir:

    “Dios está presente en todo”

    que decir:

    “Todo es Dios”.

    No es lo mismo decir:

    “He sido creado a imagen de Dios”

    que decir:

    “Soy Dios”.

    No es lo mismo decir:

    “Estoy llamado a la unión con Dios”

    que decir:

    “Debo descubrir que soy parte de la divinidad”.

    Las palabras parecen cercanas.

    Las consecuencias no lo son.

    Conclusión: quiero encontrarme con Dios, no disolverme en Él

    Al final, este tema vuelve a llevarme a algo personal.

    Yo no quiero desaparecer dentro de una energía.

    No quiero pensar que mi existencia es solamente una manifestación temporal del universo.

    No quiero creer que mi identidad terminará disuelta dentro de un Todo.

    Quiero creer en un Dios que me conoce.

    Que sabe quién soy.
    Que me creó distinto de Él.
    Que me ama precisamente como persona.
    Que puede llamarme por mi nombre.
    Que puede escucharme.
    Que puede perdonarme.
    Que puede llevarme hacia Él sin destruir aquello que soy.

    Porque Dios está presente en todo.

    Pero no todo es Dios.

    Él es Creador.

    Yo soy criatura.

    Él es infinito.

    Yo soy limitado.

    Él es eterno.

    Yo tengo una historia.

    Y precisamente porque somos distintos puede suceder algo maravilloso:

    podemos encontrarnos.

    Puedo decirle:

    Tú eres mi Dios.

    Y Él puede llamarme:

    hijo.

    Eso no es menos espiritual que decir que “todo es uno”.

    Para mí, es muchísimo más profundo.

    Porque no me disuelve.

    Me ama.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


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