Hay preguntas que parecen sencillas hasta que uno intenta responderlas con honestidad.
Esta es una de ellas:
Si creo que Cristo es la Verdad, ¿por qué sigo buscando otras luces?
Mientras avanzaba en la lectura de De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE, llegué a una idea que en realidad no debería sorprender a ningún cristiano. La hemos escuchado muchas veces. La hemos leído en el Evangelio. Incluso probablemente la hemos repetido nosotros mismos:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Lo conocemos... Pero conocer una frase no significa necesariamente haber comprendido todo lo que implica.
Porque si realmente creo que Cristo es la Verdad, entonces esa afirmación debería cambiar mi forma de buscar, de pensar, de discernir y hasta de entender lo que llamo espiritualidad.
Cristo no dijo que conocía un camino. Dijo que Él es el Camino.
No dijo solamente que enseñaba cosas verdaderas. Dijo que Él es la Verdad.
No dijo que podía ayudarnos a vivir mejor. Dijo que Él es la Vida.
Y si esto es verdad, entonces hay una pregunta que tarde o temprano tenemos que hacernos:
¿Qué sigo buscando fuera de Él?
Tal vez conozco a Cristo, pero todavía no he dejado de buscar sustitutos
No digo esto desde la idea de que quien conoce a Cristo ya tiene todas las respuestas.
La vida cristiana también está llena de preguntas, dudas, silencios, momentos de oscuridad, búsquedas y procesos. (Muchos santos pueden ser prueba de ello)
Aún ahora, sigo estudiando, preguntándome, leyendo, confrontando ideas y tratando de comprender mejor mi fe. No es un camino terminado, sino un proceso constante que llevará quizás toda la vida.
Pero hay una diferencia entre buscar comprender mejor a Dios y buscar algo que sustituya a Dios. En la actualidad parece que esta es una de las metas de la sociedad moderna: sustituir a Dios por algo que me acomode y llamarlo entonces, dios.
Y creo que ahí está uno de los problemas de nuestro tiempo.
- Podemos ser católicos.
- Podemos ir a misa.
- Podemos rezar.
- Podemos incluso servir dentro de la Iglesia.
Y aun así sentir curiosidad por otras formas de espiritualidad porque pareciera que Cristo, de alguna manera, no nos resulta suficiente.
Buscamos:
- Una técnica más.
- Una experiencia diferente.
- Algo que nos haga sentir.
- Algo que nos dé respuestas rápidas.
- Algo que nos permita controlar lo que no entendemos.
- Algo que nos prometa paz sin atravesar la cruz.
Y entonces empezamos a mirar hacia otras luces. Y estas luces nos confunden y comenzamos a perdernos en el sendero; porque no toda luz ilumina, algunas solo nos ciegan y nos apartan.
Cristo no es una opción espiritual entre muchas
Una de las cosas que más me preocupa de ciertas formas actuales de espiritualidad es la facilidad con la que colocan a Cristo al mismo nivel que cualquier otro maestro.
Jesús termina convertido en una figura más dentro de una enorme vitrina espiritual.
- Cristo junto a Buda.
- Cristo junto a energías.
- Cristo junto al universo.
- Cristo junto a decretos.
- Cristo junto a vibraciones.
- Cristo junto a reencarnaciones.
- Cristo junto a cualquier filosofía que pueda parecer profunda.
Y el problema no es conocer lo que otras personas creen. Estudiar otras ideas incluso puede ayudarnos a comprender mejor nuestra propia fe. El problema aparece cuando dejamos de distinguir.
Cuando terminamos pensando que todas esas propuestas dicen básicamente lo mismo.
Y no lo dicen.
Para un cristiano, Cristo no es solamente un maestro que encontró iluminación. Es Dios hecho hombre.
No vino simplemente a mostrar una técnica para alcanzar una conciencia superior. Vino a salvar.
No vino a decirnos que descubriéramos la divinidad escondida dentro de nosotros. Vino a reconciliarnos con el Padre.
No vino simplemente a enseñarnos cómo sentirnos mejor. Vino a vencer el pecado y la muerte.
Ahí está una diferencia enorme. Pero el ruido social de nuestro mundo crea confusión y nos aleja de la realidad. Nos confunde y hace que esa diferencia se desvanezca y es entonces cuando también desaparece nuestro verdadero cristianismo.
Hay una forma silenciosa de quitar a Cristo del centro
Ya se ha mencionado anteriormente que no siempre se abandona a Cristo diciendo:
“Ya no creo en Él”.
Muchas veces sucede de otra manera.
Cristo sigue presente. Pero ya no está en el centro.
Sigue apareciendo en nuestras palabras. Pero comparte espacio con otras creencias.
Seguimos diciendo que creemos en Dios. Pero también creemos que “el universo conspira”.
Seguimos rezando. Pero también decretamos.
Seguimos hablando de gracia. Pero empezamos a hablar de vibraciones.
Seguimos diciendo que confiamos en la Providencia. Pero buscamos controlar el futuro mediante prácticas que prometen revelarlo.
Seguimos teniendo una cruz en casa. Pero nuestra manera de pensar ya no es cristiana.
Cristo no desapareció. Simplemente fue desplazado.
Y creo que esa puede ser una de las formas más peligrosas de perderlo, porque ni siquiera sentimos que lo estamos perdiendo. No nos damos cuenta. Y aún ahora, leyendo estas líneas, seguramente te diras a ti mismo: "No es así. Es que no has entendido que es parte del todo." Puede estar generando en este momento en ti un bloqueo de momento infranqueable la sola idea de que no es del todo como te han dicho los "gurús" de la Nueva Era. Y esta bien, no es sencillo comprender que en este tiempo de libertad y "verdades". La verdad de Cristo no compagina con lo que te han enseñado.
Cuando Cristo deja de ser suficiente
Esta frase puede incomodar:
A veces vivimos como si Cristo no bastara.
No porque lo digamos.
Difícilmente un católico diría algo así en voz alta. Pero nuestras búsquedas pueden decirlo por nosotros.
- Si necesito un horóscopo para conocer mi futuro, ¿realmente confío en la Providencia?
- Si necesito decretar para atraer algo a mi vida, ¿realmente estoy dejando mi voluntad en las manos del Padre?
- Si necesito energías para sentirme protegido, ¿qué lugar ocupa entonces la gracia?
- Si necesito otra espiritualidad para sentirme completo, ¿qué significa para mí decir que Cristo basta?
No planteo estas preguntas para incriminar a alguien. Yo también me he cuestionado quizás desde otra perspectiva:
- ¿Cuántas veces busco seguridad fuera de Dios?
- ¿Cuántas veces quiero controlar aquello que debería entregar?
- ¿Cuántas veces prefiero una respuesta inmediata antes que esperar?
- ¿Cuántas veces quiero comprenderlo todo antes de confiar?
No necesito tener cuarzos sobre una mesa para descubrir que también puedo poner mi confianza donde no corresponde. Aunque no me presente a una lectura de palma o de cartas. O no es necesario verme depositando mi confianza a objetos culturales ajenos al cristiano. Simplemente como ser humano. Como persona, el corazón siempre busca fabricar sustitutos cuando no siento que sea escuchado o no veo la respuesta que creo yo es la correcta.
La verdad no siempre tiene la forma que yo esperaba
Creo que también buscamos otras luces porque la verdad de Cristo no siempre coincide con lo que queremos escuchar.
- Cristo consuela. Pero también corrige.
- Cristo perdona. Pero también llama a la conversión.
- Cristo ama. Pero ese amor no convierte el pecado en algo bueno.
- Cristo da paz. Pero muchas veces esa paz aparece después de atravesar una lucha.
- Cristo libera. Pero para ser liberado primero tengo que reconocer aquello que me esclaviza.
Y eso puede resultar incómodo.
Una espiritualidad hecha a mi medida nunca me contradice. Se amolda a mis necesidades y parece cubrirlas en ese espejismo de seguridad. Se envuelve en la ilusión de considerar hecho un decreto sostenido solamente por mi propia capacidad, argumentando mi dominio secreto sobre un universo a mi disposición.
Cristo sí, por otro lado, me pone contra la pared, me lleva a mi límite junto con mi confianza y fe. La espiritualidad que Cristo propone para mi vida es la de cargar mi cruz y seguirlo. Sin comodidades, dando un salto de fe, no viendo que hay frente a mi, sino confiando plenamente en Él.
Una espiritualidad construida desde mis deseos siempre termina diciéndome aquello que quiero escuchar.
Cristo a veces me dice aquello que necesito escuchar.
Y ahí está la diferencia.
No buscamos la verdad porque siempre sea agradable. Buscamos la verdad porque es verdad.
“A mí me da paz”
Hay una frase que escuchamos mucho:
“Pero a mí me da paz”.
Y comprendo lo que se quiere expresar.
Todos deseamos paz.
Pero he ido entendiendo que sentir paz no es suficiente para discernir si algo viene de Dios.
También podemos sentir tranquilidad después de justificar una decisión equivocada.
Podemos sentir alivio al evitar una responsabilidad.
Podemos sentir seguridad al encontrar una explicación que confirma nuestras ideas.
Podemos incluso sentir bienestar dentro de una práctica que no sea compatible con nuestra fe.
La emoción es real.
Pero no por eso se convierte automáticamente en verdad.
Por eso necesitamos discernimiento.
No preguntarme solamente:
“¿Cómo me hace sentir?”.
Sino:
- “¿A dónde me lleva?”.
- “¿Qué idea de Dios hay detrás?”.
- “¿Qué idea del hombre propone?”.
- “¿Qué lugar ocupa Cristo?”.
- “¿Hay pecado?”.
- “¿Hay gracia?”.
- “¿Hay necesidad de conversión?”.
- “¿Hay un Salvador?”.
Porque cuando una espiritualidad termina haciendo innecesario a Cristo, por muy hermosa que parezca, para un cristiano algo debería encender una alarma.
No toda luz viene de la Luz
Ya habíamos hablado de esto antes en la serie, pero ahora empieza a tener todavía más sentido.
No todo lo espiritual viene de Dios.
Y tampoco todo aquello que se presenta como luz proviene necesariamente de la Luz.
Hay ideas que parecen luminosas porque hablan de amor.
- De paz.
- De armonía.
- De sanación.
- De conexión.
- De crecimiento.
Todas son palabras agradables.
Pero las palabras bonitas también pueden esconder ideas equivocadas.
Por eso no basta con escuchar “amor”.
Hay que preguntar qué entiende por amor.
- No basta escuchar “Dios”. Hay que preguntar de qué Dios está hablando.
- No basta escuchar “Cristo”. Hay que preguntar quién cree que es Cristo.
- No basta escuchar “espiritualidad”. Hay que preguntar hacia dónde conduce.
Porque también se puede utilizar lenguaje cristiano para expresar ideas que ya no son cristianas.
Y ahí la confusión se vuelve mucho más difícil de detectar.
Cristo no necesita ser completado
Hay una idea que cada vez me parece más importante:
Cristo no necesita ser completado.
- No necesita un poco de Nueva Era para volverse más profundo.
- No necesita energía para tener poder.
- No necesita decretos para escuchar nuestra oración.
- No necesita astrología para revelarnos nuestra identidad.
- No necesita otras espiritualidades para enseñarnos quién es Dios.
Cristo no está incompleto.
Tal vez quienes estamos incompletos somos nosotros. Tal vez todavía no hemos penetrado suficientemente en nuestra propia fe. Tal vez buscamos fuera porque desconocemos lo que tenemos dentro de la Iglesia.
Y eso sí debería hacernos reflexionar.
- ¿Cuántos católicos conocen realmente la riqueza de los sacramentos?
- ¿Cuántos han leído el Evangelio con profundidad?
- ¿Cuántos conocen el Catecismo?
- ¿Cuántos han estudiado mínimamente por qué la Iglesia cree lo que cree?
- ¿Cuántos tienen vida de oración?
- ¿Cuántos han aprendido a permanecer en silencio delante del Santísimo?
- ¿Cuántos han experimentado una confesión verdaderamente consciente?
Quizá buscamos novedades porque todavía no hemos descubierto la profundidad de aquello que recibimos. Y entonces confundimos novedad con verdad. No cuestionamos procedencias de lo que creemos. Pero si buscamos "conspiraciones" en aquello que nos muestra La Verdad. Esto con el fin de justificar nuestra creencia. Nuestro modo de razonar, sin razonar.
La Revelación también es un acto de misericordia
Otra idea que me deja esta lectura es reconocer nuevamente por qué necesitamos que Dios se revele.
La razón humana es capaz de conocer muchas cosas. Puede descubrir verdades. Puede llegar incluso a reconocer la existencia de Dios.
Pero también está limitada:
- Se equivoca.
- Se confunde.
- Se deja arrastrar por deseos.
- Carga heridas.
Puede construir argumentos para justificar aquello que previamente decidió querer.
Por eso Dios no se quedó lejos esperando a que nosotros lográramos descubrirlo todo.
Se reveló.
- Entró en nuestra historia.
- Habló.
- Y finalmente se hizo carne.
Jesucristo no es solamente una conclusión a la que llegamos pensando suficientemente.
Es Dios que sale a nuestro encuentro.
Y eso cambia completamente nuestra búsqueda.
No estamos buscando a un Dios escondido detrás del universo intentando descifrar señales.
- Dios se ha dado a conocer.
- Cristo tiene rostro.
- Tiene palabras.
- Tiene una historia.
- Tiene una cruz.
- Tiene una Iglesia.
Y eso también significa que mi búsqueda espiritual no necesita ser una caminata interminable entre diferentes opciones intentando descubrir cuál puede llevarme a Dios.
Dios ya vino a buscarme.
Quizá el problema no sea que Cristo no baste
Tal vez muchas veces decimos que buscamos “algo más” porque sentimos que nuestra fe ya no nos llena.
Pero quizá el problema no sea Cristo.
- Quizá soy yo quien ha dejado de profundizar.
- Quizá mi oración se volvió rutina.
- Quizá participo de la Eucaristía sin comprender lo que sucede delante de mí.
- Quizá llevo años repitiendo las mismas palabras sin dejar que me transformen.
- Quizá conozco más de otras espiritualidades que de mi propia fe.
- Quizá busco afuera porque dejé de cavar dentro.
Eso sí me confronta.
Porque es fácil acusar al mundo de haber abandonado a Dios.
Mucho más difícil es preguntarme cuánto espacio real ocupa Dios en mi propia vida. Que tan Cristo-céntrico soy y muestro con mis actitudes, mis pensamientos y mi comportamiento ante la vida misma.
No necesito conocer todas las falsas luces para conocer la verdadera
Mientras avanzamos en esta serie iremos entrando en temas más concretos.
- Nueva Era.
- Yoga.
- Mindfulness.
- Reiki.
- Espiritualidades posmodernas.
- Y otras prácticas que necesitan discernimiento.
Pero creo que antes de entrar a ellas había que detenernos aquí. Porque el objetivo no es convertirnos en especialistas de errores.
No necesitamos estudiar la oscuridad hasta obsesionarnos con ella. Necesitamos conocer suficientemente bien la luz para reconocer cuando algo no viene de ella.
Alguien que conoce profundamente su fe no necesita vivir asustado frente a cualquier propuesta espiritual.
- Discierne.
- Compara.
- Pregunta.
- Observa.
- Y vuelve a Cristo.
Ese es el punto.
No buscamos vivir con miedo a todo lo que existe fuera de la Iglesia.
Buscamos tener raíces suficientemente profundas como para no confundirnos cuando algo se presenta con apariencia de verdad.
Cristo basta no significa dejar de buscar
Decir Cristo basta tampoco significa dejar de aprender.
- No significa rechazar la ciencia.
- No significa cerrar libros.
- No significa dejar de escuchar preguntas.
- No significa vivir encerrados.
Todo lo contrario.
Si Cristo es la Verdad, cualquier verdad auténtica terminará siendo compatible con Él.
- Puedo estudiar.
- Puedo investigar.
- Puedo preguntar.
- Puedo dialogar.
- Puedo conocer otras ideas.
- Puedo incluso enfrentar preguntas difíciles sobre mi fe.
- No necesito tener miedo.
Porque mi seguridad no está en evitar preguntas. Está en saber hacia dónde regresar con ellas.
Y regreso a Cristo.
Conclusión: cuando has encontrado la Luz
Creo que al final este capítulo puede resumirse en una imagen sencilla:
Imaginemos a alguien caminando en la oscuridad buscando desesperadamente una luz.
Ve un destello y corre hacia él.
Después otro.
Después otro.
Cada uno promete mostrarle el camino.
Hasta que finalmente encuentra el amanecer.
¿Tendría sentido seguir corriendo detrás de pequeñas luces cuando delante de él ya apareció el sol?
Esa es la pregunta que me queda.
- Si Cristo es realmente la Verdad...
- Si Cristo es realmente el Camino...
- Si Cristo es realmente la Vida...
¿Por qué sigo buscando fuera de Él lo que ya encontré en Él?
Seguramente todavía tengo mucho por aprender.
- Mucho por comprender.
- Mucho que corregir.
- Mucho que convertir.
Pero no necesito otro Salvador.
No necesito otra verdad.
No necesito otra luz que sustituya a la Luz.
Necesito conocer más profundamente a Cristo.
- Seguirlo.
- Escucharlo.
- Dejarme corregir.
- Dejarme transformar.
- Y aprender a permanecer en Él.
Porque tal vez el gran problema de nuestro tiempo no sea que existan demasiadas falsas luces.
Tal vez sea que hemos dejado de mirar suficientemente a la verdadera Luz.
Cristo basta.
Gonzalo Sotelo | Laico
Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.

