Cuando la razón se separa de Dios

    Cuando la razón se separa de Dios, el alma empieza a confundirse

    Hay ideas que uno puede leer muchas veces y, sin embargo, un día parecen acomodarse distinto dentro del alma.

    Eso me pasó al seguir reflexionando sobre el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE. No porque el tema de la razón y la verdad sea algo completamente nuevo para mí, sino porque al mirarlo desde este camino que hemos venido recorriendo en la serie Cristo basta, adquiere un peso distinto.

    Venimos hablando del mal, del pecado, del demonio, de la tentación, del ocultismo, de los maleficios y de la confesión. Pero ahora toca mirar algo que quizá parece menos espectacular, aunque puede ser igual de peligroso: la forma en que pensamos.

    Porque aun antes de que mezclemos la fe con la Nueva Era, antes de que mezclemos el concepto de Dios con las energías y que convirtamos las oraciones en decretos. Antes siquiera de llamar “espiritualidad” a cualquier experiencia interior, muchas veces antes de eso ya ha ocurrido algo más profundo: el pensamiento y la razón dejaron de mirar hacia Dios.

    Esto da como resultado que, al dejar de lado la razón y separarla de Dios, el alma empieza a confundirse.

    Y no lo digo solo por decir una frase inspiradora. Lo comento por lo que se puede ver. Verlo en el mundo, en las redes sociales, en las conversaciones actuales. Inesperadamente, aunque ya no tanto, en el ambiente católico. Se puede percibir en la lucha interna que cada uno llevamos por querer justificar nuestros deseos y anteponerlos por encima de la obediencia hacia lo que es la verdad. Lo que es verdadero.

    Para algunos podrá sonar disparatado, pero pensar también puede ser un acto espiritual.

    Pensar bien también es parte del camino de fe

    No es suficiente explorar las emociones religiosas. No es solo sentir bonito cuando escuchamos una canción católica o una reflexión que de momento nos llega y toca algunas fibras emocionales. No es solo compartir en mis redes frases de santos —que ni siquiera verificamos, por cierto— o compartir imágenes con versículos. Si no conectamos esas emociones con nuestra inteligencia, esta solo desordena nuestro pensamiento. Y llegará el momento en que este desorden solo causará confusión en mi fe.

    Porque la fe no nos pide apagar la razón

    La fe nos pide dejar que la razón sea iluminada.

    Debe resaltarse tanto como sea necesario en estos tiempos de ruido social y sin sentido, donde las vocaciones o las inspiraciones se confunden con tendencias y frases bonitas. No tener claro lo que es verdaderamente la fe católica hace que se preste a una distorsión de lo que verdaderamente es. Empecemos por aclarar que la fe católica no es enemiga de la inteligencia. La falta de profundización ha hecho creer a muchos que creer, en automático, es dejar de pensar. Un falso sustento que muchos mal llamados ateos utilizan al día de hoy. Es como si obedecer a Dios fuera renunciar a la libertad interior. Como si la Iglesia se viera amenazada por la razón.

    Nada más lejos de la realidad.

    La fe católica no desprecia la razón. La necesita. La ordena. La purifica. La eleva.

    El problema no es pensar. El problema es pensar de espaldas a Dios.

    Cuando mi deseo quiere decidir la realidad

    Hoy en día podemos detectar una tentación muy actual: la de creer que podemos adaptar la realidad a mi sentir.

    • Si algo me incomoda, entonces debe estar mal.
    • Si algo me contradice, entonces debe ser violencia.
    • Si algo me exige conversión, entonces debe ser represión.
    • Si algo me recuerda el pecado, entonces debe ser culpa tóxica.
    • Si algo no coincide con mi deseo, entonces lo rechazo, lo reinterpretó o lo acomodo.

    Pero la realidad no desaparece porque yo no quiera verla.

    El pecado sigue siendo pecado aunque yo le cambie el nombre. La mentira sigue siendo mentira aunque me dé tranquilidad. La superstición sigue siendo superstición aunque la vista de espiritualidad.

    La idolatría sigue siendo idolatría aunque use palabras como energía, universo o luz.

    Y Dios sigue siendo Dios aunque el hombre moderno prefiera reducirlo a una fuerza impersonal.

    Y esta parte no es la más difícil de señalar. Marcar la confusión del mundo, lo que está fuera de mí, es relativamente sencillo. Aquí está lo que más me confronta: lo difícil es reconocer cuántas veces he querido —yo— que la verdad no me moleste ni me incomode. Cuántas veces he preferido dar explicaciones, justificarme, disfrazar o manipular aquello que la fe me pide mirar de frente. Confrontar.

    La razón, cuando es humilde, acepta la realidad. Cuando es soberbia, intenta fabricarla.

    Y ahí empieza mucha confusión espiritual.

    La fe no me invita a huir de la realidad

    El cristianismo, a diferencia de lo que podría parecer desde afuera, no es un escape de la realidad. No es un refugio para negar la realidad ni huir del dolor, del pecado o de la culpa. No intenta evitar la fragilidad o la muerte. Es todo lo contrario. La fe cristiana mira de frente la realidad. Con profundidad, una que el mundo muchas veces no soporta y esquiva en esas mismas excusas que intentamos dar para justificar y evadir la propia realidad.

    La fe me recuerda que soy criatura. Que no soy Dios.

    • Que necesito gracia.
    • Que puedo pecar.
    • Que puedo engañarme.
    • Que puedo justificarme.
    • Que puedo llamar bien a lo que me destruye.

    Pero también me dice que soy amado.

    • Que puedo volver.
    • Que puedo ser perdonado.
    • Que Cristo vino a salvarme.
    • Que la verdad no me corrige para humillarme, sino para despertarme.

    Y esto es lo que produce ese choque entre la realidad y mi comodidad. Frente a la Nueva Era y otras formas e ideologías de espiritualidad posmodernas, la fe cristiana no suaviza la realidad.

    La realidad aceptada desde la fe presenta al pecado como lo que es, no como un aprendizaje. Desde la fe, no se elimina la culpa para sustituirla por energía densa. La New Age te ofrece una “alineación” cuando debes tener una conversión. La New Age te esclaviza con términos que se oyen bien, como el ser “auténtico”, para evitar la obediencia que requiere vivir la realidad cristiana. La New Age te adormece olvidándote de la cruz, para transformarla solo en bloqueo emocional. En las espiritualidades posmodernas ya no hay un Salvador, porque si todo sucede dentro de ti, no requieres ya de uno.

    Suena agradable. Pero no salva.

    Porque una espiritualidad que me evita mirar la realidad puede darme alivio, pero no necesariamente me conduce a Dios.

    El yo no puede ser la medida de todo

    Cuando la razón se separa de Dios, el hombre empieza a ponerse a sí mismo como medida.

    • Yo decido qué es verdad.
    • Yo decido qué es pecado.
    • Yo decido qué parte del Evangelio me sirve.
    • Yo decido qué doctrina acepto.
    • Yo decido qué prácticas puedo mezclar con mi fe.
    • Yo decido qué significa Cristo para mí.

    Parece libertad. Pero es una cárcel más elegante.

    Porque si yo soy la medida de todo, entonces también cargo con el peso de inventarlo todo: mi verdad, mi identidad, mi paz, mi destino, mi salvación.

    Y el alma no fue creada para cargar con eso.

    El alma fue creada para Dios.

    Por eso, cuando el hombre intenta ocupar el lugar de Dios, no se hace más libre. Se vuelve más frágil. Más ansioso. Más confundido. Más necesitado de controlar lo que no puede controlar.

    Tal vez por eso tantas corrientes actuales hablan tanto de poder interior, manifestación, decretos, vibración, energía y control. Porque cuando ya no descanso en Dios, necesito sentir que algo está en mis manos.

    Pero la fe cristiana no me enseña a controlar lo invisible. Me enseña a confiar en el Padre.

    Y eso exige una razón humilde.

    La confusión también puede parecer profunda

    Hay confusiones que no parecen confusiones. Parecen profundidad.

    1. Alguien dice: “Dios es energía”.
    2. Otro dice: “todo es vibración”.
    3. Otro dice: “Cristo fue un maestro iluminado”.
    4. Otro dice: “todas las religiones dicen lo mismo”.
    5. Otro dice: “lo importante es que te dé paz”.

    Y muchas de esas frases suenan profundas para quien ya no tiene raíces firmes en la fe.

    Pero cuando uno las mira con calma, descubre que no profundizan. Solo diluyen.

    1. Diluyen a Dios.
    2. Diluyen a Cristo.
    3. Diluyen el pecado.
    4. Diluyen la gracia.
    5. Diluyen la cruz.
    6. Diluyen la necesidad de conversión.

    Y cuando todo se diluye, parece que todo cabe. Pero en realidad ya nada permanece entero.

    Una fe mezclada puede parecer amplia, tolerante y espiritual. Pero muchas veces es solo una fe debilitada, sin forma, sin doctrina, sin centro.

    Y una fe sin centro termina dejando a Cristo como adorno.

    La razón necesita arrodillarse, sin desaparecer

    • No para humillarse como si fuera inútil.
    • No para desaparecer.
    • No para dejar de pensar.

    Sino para reconocer que no es Dios.

    La razón humana es grande, pero no es absoluta. Puede conocer mucho, pero también puede equivocarse. Puede buscar la verdad, pero también puede justificar el error. Puede servir a Dios, pero también puede servir al orgullo.

    Cuando la razón se arrodilla ante Dios, no se apaga. Se ordena. Se centra. Se vuelve cristocéntrica.

    Comprende que hay verdades que puede alcanzar por sí misma y otras que necesita recibir porque Dios las ha revelado. Comprende que la fe no es enemiga de la inteligencia, sino una luz más alta. Comprende que el misterio no es absurdo, sino profundidad que supera lo que podemos abarcar.

    El problema del hombre moderno no siempre es que razone demasiado. A veces es que razona mal.

    1. Razona desde sí mismo.
    2. Desde su herida.
    3. Desde su deseo.
    4. Desde su miedo.
    5. Desde su época.
    6. Desde lo que le conviene.
    7. Desde lo que quiere escuchar.

    Pero no desde Dios.

    Una fe sin razón puede volverse superstición

    También tenemos que decir algo incómodo: no solo se equivoca quien abandona la fe por un falso racionalismo. También se equivoca el católico que vive su fe sin razón.

    Porque una fe sin razón puede terminar en superstición.

    1. Pasa cuando usamos el agua bendita como si fuera magia.
    2. Cuando traemos medallas como si fueran amuletos.
    3. Cuando repetimos oraciones como conjuros.
    4. Cuando creemos cualquier testimonio porque nos emocionó.
    5. Cuando vemos demonios en todo.
    6. Cuando compartimos cadenas religiosas sin discernir.
    7. Cuando seguimos a cualquier predicador solo porque habla fuerte.
    8. Cuando confundimos devoción con fanatismo.
    9. Cuando dejamos que el miedo dirija nuestra vida espiritual.

    Esto también daña.

    Por eso no basta decir “yo tengo fe”. Hay que preguntarse si esa fe está formada, si está arraigada en la Iglesia, si se deja iluminar por la razón, si busca la verdad o si solo busca seguridad emocional.

    La fe católica no es superstición.

    La fe católica es confianza en Dios, iluminada por la verdad y sostenida por la gracia.

    La razón herida busca sustitutos

    Cuando la razón se separa de Dios, no se queda neutral. Busca otros fundamentos.

    • Si ya no reconoce al Dios vivo, empieza a hablar del universo.
    • Si ya no comprende la gracia, empieza a hablar de energía.
    • Si ya no cree en la Providencia, empieza a buscar manifestación.
    • Si ya no ora, decreta.
    • Si ya no confiesa el pecado, habla de bloqueos.
    • Si ya no acepta la cruz, busca una espiritualidad sin dolor.

    Este es el punto donde la Nueva Era entra con tanta facilidad.

    No entra solamente porque la gente sea ingenua. Entra porque muchos ya no tienen una razón formada para discernir. Han perdido categorías cristianas. Han perdido lenguaje de fe. Han perdido claridad sobre Dios, el hombre, el alma, la gracia, el pecado y la salvación.

    Entonces cualquier discurso que suena bonito parece compatible.

    1. Pero no todo lo bonito es verdadero.
    2. No todo lo pacífico viene de Dios.
    3. No toda luz conduce a Cristo.

    Nos van matando espiritualmente en dosis pequeñas

    Hay una imagen que me parece fuerte: la fe muchas veces no se pierde de golpe. Se va debilitando en dosis pequeñas.

    • Un día dejo de confesarme.
    • Otro día empiezo a decir que no todo es pecado.
    • Otro día me parece exagerada la doctrina.
    • Otro día digo que todas las religiones tienen lo mismo.
    • Otro día llamo energía a Dios.
    • Otro día consulto algo “solo por curiosidad”.
    • Otro día mezclo una oración con un decreto.
    • Otro día ya no sé si Cristo es el centro o solo una parte más de mi espiritualidad.

    Y cuando quiero darme cuenta, no hice una renuncia escandalosa a la fe. Simplemente la fui diluyendo.

    Eso es preocupante.

    Porque creo que muchos católicos no han dejado de amar a Cristo, pero sí han dejado de pensar desde Cristo.

    Y cuando dejamos de pensar desde Cristo, tarde o temprano empezamos a creer con categorías que no son cristianas.

    1. Seguimos diciendo “Dios”, pero pensamos “energía”.
    2. Seguimos diciendo “oración”, pero pensamos “manifestación”.
    3. Seguimos diciendo “gracia”, pero pensamos “vibración”.
    4. Seguimos diciendo “paz”, pero pensamos “no quiero que la verdad me incomode”.

    Volver a pensar desde Dios

    Tal vez esta sea una de las tareas más urgentes: volver a pensar desde Dios.

    • No solo sentir a Dios.
    • No solo hablar de Dios.
    • No solo emocionarnos con Dios.

    Pensar desde Dios.

    • Mirar la realidad desde Dios.
    • Comprender al hombre desde Dios.
    • Entender la libertad desde Dios.
    • Discernir las prácticas espirituales desde Dios.
    • Juzgar mis deseos desde Dios.
    • Ordenar mi razón hacia Dios.

    Porque cuando Dios desaparece del pensamiento, poco a poco desaparece también del centro del corazón.

    Y cuando Dios deja de estar en el centro, algo más ocupa su lugar.

    • Puede ser mi emoción.
    • Mi deseo.
    • Mi herida.
    • Mi necesidad de control.
    • Mi miedo.
    • Mi orgullo.
    • Mi comodidad.
    • O una espiritualidad hecha a mi medida.

    Pero nada de eso salva.

    Solo Cristo.

    Pensar bien también es conversión

    Creo que aquí está el punto que quiero dejar en este capítulo: pensar bien también es parte de la conversión.

    No solo se convierte el que deja un pecado visible.

    También se convierte el que deja de justificar sus errores.

    • El que deja de llamar verdad a su deseo.
    • El que deja de acomodar a Dios.
    • El que deja de mezclar la fe.
    • El que acepta que puede estar equivocado.
    • El que vuelve a estudiar.
    • El que vuelve al Catecismo.
    • El que vuelve a la Escritura.
    • El que vuelve a dejarse enseñar por la Iglesia.
    • El que le pide a Dios no solo sentimientos bonitos, sino una inteligencia más limpia.

    Porque también necesitamos que Cristo purifique nuestra manera de pensar.

    • Que nos quite soberbia.
    • Que nos quite confusión.
    • Que nos quite sentimentalismo.
    • Que nos quite miedo.
    • Que nos quite esa necesidad de tener siempre la razón mientras dejamos de buscar la verdad.

    Conclusión: la razón también necesita a Cristo

    Cuando la razón se separa de Dios, el alma empieza a confundirse.

    No porque la razón sea mala. Ni porque pensar sea peligroso. La fe no quiere hombres hundidos en la ignorancia. La razón fue hecha para la verdad, y la verdad conduce a Dios.

    Una razón sin Dios puede volverse soberbia.

    Una fe sin razón puede volverse superstición.

    Pero una razón iluminada por la fe puede ayudar al alma a caminar con claridad.

    Por eso, frente a la Nueva Era y a tantas espiritualidades que prometen luz, sanación, poder o paz, el católico no debe apagar su inteligencia. Debe formarla.

    • Debe preguntarse.
    • Debe discernir.
    • Debe volver a la realidad.
    • Debe volver a la verdad.
    • Debe volver a Dios.

    Porque Cristo no vino a evitar que usáramos nuestra razón. Vino a iluminarla.

    Cristo basta.

    Y si Cristo basta, también basta su luz para ordenar nuestra inteligencia, purificar nuestras ideas y devolvernos al camino de la verdad.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


    A solas con el Sagrado Corazón

    La noche en que una sala de cine vacía se convirtió en una cita inesperada con Dios

    Por Gonzalo Sotelo

    Atravesaba una temporada de incertidumbre laboral. Cuando el trabajo no llega y la economía comienza a apretarse, los pensamientos suelen ocupar demasiado espacio: las cuentas pendientes, las responsabilidades, las decisiones que deben tomarse y esa pregunta incómoda acerca de lo que sucederá después.

    Aquella tarde sentía la necesidad de apartarme, aunque fuera durante unas horas, de todo ese ruido interior. No pretendía ignorar nuestra realidad ni escapar de las responsabilidades. Simplemente necesitaba respirar, cambiar por un momento el escenario de mis preocupaciones y compartir con Daniela algo distinto.

    Pensé en invitarla al cine.

    La idea apareció acompañada de una objeción inevitable: no estaba precisamente en condiciones de hacer gastos innecesarios. Cuando la economía es incierta, incluso una salida sencilla obliga a pensarlo dos veces. Sin embargo, también comprendí que necesitaba regalarme un pequeño espacio de descanso y, sobre todo, compartirlo con mi esposa.

    Esa noche teníamos una nueva emisión del programa de radio Luz en Familia, junto con el padre David Muñiz Fortuna. Por eso, unas horas antes del programa, abrí la cartelera buscando alguna función que comenzara después de terminar la transmisión.

    No estaba buscando una película en particular. Solamente revisaba horarios y opciones, todavía sin estar completamente seguro de que aquella salida fuera una buena idea.

    Entonces apareció en la pantalla un título que llamó poderosamente mi atención:

    Sagrado Corazón: Su reino no tendrá fin.

    La elección dejó de parecer casual.

    Daniela es devota del Sagrado Corazón de Jesús. Los dos compartimos el amor por Dios y por nuestra fe, y aquella película reunía precisamente aquello que yo deseaba encontrar esa noche: un momento juntos, una pausa frente a las preocupaciones y una oportunidad para dirigir nuevamente nuestra mirada hacia Cristo.

    Aun así, sabía que podía arrepentirme.

    Podía cerrar la página, volver a pensar en el dinero, convencerme de que no era el momento adecuado y dejar que las preocupaciones terminaran por imponerse. Por eso tomé una decisión sencilla, pero significativa: compré los boletos en línea.

    Lo hice antes de poder echarme para atrás.

    Una vez confirmada la compra, busqué a Daniela y le dije que tenía una sorpresa: después del programa de radio iríamos al cine para ver una película sobre el Sagrado Corazón de Jesús.

    Ya no era únicamente una salida para distraerme. Se había convertido en una invitación para los dos. En medio de una temporada difícil, quería regalarle a mi esposa —y regalarme también— unas horas alrededor de algo que forma parte esencial de nuestra vida matrimonial: nuestra relación con Dios.

    Una palabra que comenzó a acompañarnos

    Horas después comenzó Luz en Familia.

    El tema de aquella emisión era la corrección fraterna, a partir del Evangelio según san Mateo:

    «Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas» (Mt 18,15).

    Durante el programa reflexionamos sobre una corrección que no nace del deseo de exhibir, condenar o demostrar superioridad, sino del amor que busca recuperar al hermano. Corregir fraternalmente significa acercarse, dialogar, escuchar y procurar la reconciliación.

    La corrección cristiana no busca vencer al otro. Busca ganar al hermano.

    El pasaje termina con una promesa de Jesús que en ese momento escuchamos como parte de la reflexión, pero que horas después adquiriría para nosotros un significado profundamente personal:

    «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

    Al concluir el programa, cuando pensábamos que la reflexión de aquella noche había terminado, el padre David nos hizo una pregunta inesperada:

    —¿Ya fueron a ver al cine la película Sagrado Corazón?

    Daniela y yo le respondimos que precisamente nos disponíamos a verla esa misma noche. Los boletos ya estaban comprados y la función comenzaría poco después de terminar el programa.

    La pregunta pudo haber sido una simple coincidencia. Sin embargo, dentro de todo lo que estábamos viviendo, nos hizo sentir que los distintos momentos de aquella jornada comenzaban a enlazarse.

    Horas antes, en medio de mis preocupaciones, había sentido el deseo de revisar la cartelera. Entre todas las opciones encontré una película relacionada con una devoción especialmente significativa para Daniela y para nuestra vida de fe. Decidí comprar los boletos antes de arrepentirme y, después, participamos en un programa dedicado a reflexionar sobre la corrección fraterna y la presencia de Cristo en medio de quienes se reúnen en su nombre.

    Ahora, justo al despedirnos, el padre David mencionaba espontáneamente la misma película que estábamos a punto de ver.

    No quise interpretar aquel comentario como una señal extraordinaria ni atribuirle un significado que quizá no tenía. Pero sí lo recibimos como uno de esos pequeños detalles que, contemplados después, parecen dar unidad a una experiencia.

    Era como si la conversación de la tarde continuara abriéndose camino hacia la noche.

    La corrección fraterna nos había hablado de un amor que no abandona al hermano y sale a buscarlo. La película nos mostraría después el Corazón de Cristo, que hace precisamente eso con cada uno de nosotros: acercarse, llamarnos y recordarnos que su misericordia permanece abierta incluso cuando nos alejamos.

    También llevábamos con nosotros la promesa escuchada en el Evangelio:

    «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

    Nos despedimos del padre David y salimos rumbo al cine.

    Lo que había comenzado como la necesidad de distraerme de mis preocupaciones estaba a punto de convertirse en una de las citas más singulares que hemos vivido.

    La fotografía antes de entrar

    Llegamos con algunos minutos de anticipación. Nos preparamos para entrar sin prisas y no perdernos nada de la función. Como suele hacerse durante una salida especial, nos tomamos una fotografía junto al afiche de la película.

    Era una imagen sencilla: un matrimonio sonriendo frente al cartel del Sagrado Corazón de Jesús.

    En ese momento todavía no conocíamos el significado que adquiriría después aquella fotografía. Pensábamos que estábamos guardando el recuerdo de una visita al cine. En realidad, estábamos capturando el comienzo de una experiencia que nos llevaría desde una pantalla hasta la presencia real de Cristo.

    Entramos a la sala.

    Y entonces apareció una sensación difícil de explicar.

    El silencio de las butacas vacías

    La sala estaba completamente vacía.

    Por un momento esperamos que llegaran más personas. Volvimos la mirada hacia la entrada varias veces, imaginando que quizá aparecería alguna familia, otro matrimonio o alguien que, como nosotros, hubiese sentido curiosidad por aquella película.

    Nadie llegó.

    En otras salas se proyectaban historias de terror, fantasía y entretenimiento, aparentemente con una asistencia mucho mayor. En la nuestra, una película católica esperaba comenzar frente a una multitud de asientos desocupados.

    Sentí melancolía. Quizá también cierta pena.

    No porque una producción de contenido religioso deba competir necesariamente con las grandes películas comerciales, sino porque aquellas butacas parecían reflejar algo que sucede también fuera del cine: hablamos de recuperar nuestros valores, defender nuestra fe y reconstruir espiritualmente a nuestras familias, pero con frecuencia dejamos vacíos los espacios donde esos valores pueden alimentarse.

    Queremos mejores contenidos, pero no siempre los apoyamos.

    Deseamos que se produzcan más películas capaces de hablar de Dios, la familia, la verdad y la esperanza, pero si no acudimos cuando llegan a las salas, difícilmente podrán encontrar un lugar estable dentro de la oferta cinematográfica.

    Finalmente dejamos de mirar hacia la puerta. Nos acomodamos y esperamos el inicio de Sagrado Corazón.

    Éramos solamente Daniela y yo.

    O eso creíamos.

    Una película que comenzó a hablarnos

    Conforme avanzaron las imágenes, aquella sensación inicial de tristeza comenzó a cambiar.

    La película nos condujo por testimonios, acontecimientos y reflexiones alrededor de una verdad que los católicos conocemos, pero que necesitamos recordar constantemente: Dios no ama al ser humano de una manera distante, general o abstracta. Nos ama de forma personal.

    El Sagrado Corazón de Jesús representa un amor que se acerca, se entrega y permanece. Es el Corazón de Cristo que conoce nuestra fragilidad y, aun así, continúa buscándonos. Un Corazón herido por nuestra indiferencia, pero abierto por misericordia.

    En medio de la oscuridad de la sala, algo comenzó a encenderse dentro de nosotros.

    Habíamos llegado cargando preocupaciones muy concretas. El trabajo, la economía y la incertidumbre no desaparecieron mágicamente. Al salir continuarían esperándonos. Sin embargo, la película comenzó a colocar esas preocupaciones en un horizonte diferente.

    Nuestros problemas seguían siendo reales.

    Pero también era real el amor de Dios.

    Y su amor era mayor.

    Comprendí entonces que la fe no consiste en negar nuestras dificultades ni en fingir que todo está bien. La fe nos permite atravesar la incertidumbre sin sentirnos abandonados. No siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero transforma la manera en que permanecemos dentro de ellas.

    Los problemas no desaparecen por el hecho de creer. Lo que cambia es nuestra forma de enfrentarlos cuando reconocemos que no caminamos solos.

     

    La cita que no habíamos planeado

    Daniela estaba sentada a mi lado. Frente a nosotros aparecía la historia de un Corazón que ha amado a los hombres hasta el extremo.

    Entonces la sala vacía dejó de parecerme un fracaso.

    Comenzó a sentirse como una cita privada.

    Habíamos entrado pensando que nadie más había querido acompañarnos, pero terminamos sintiendo que Nuestro Señor había preparado aquella velada para nosotros. En la aparente soledad del cine se encontraron dos formas de amor: el amor humano de un matrimonio que intenta mantenerse unido en medio de sus luchas y el amor divino de Cristo, que sostiene, purifica y da sentido al amor de los esposos.

    No habíamos ido solamente para distraernos.

    Habíamos sido llevados allí para recordar quién camina con nosotros.

    El Sagrado Corazón parecía decirnos que nuestra historia, por ordinaria que pudiera parecer, no le resultaba indiferente. Que conocía nuestros temores, nuestras necesidades, nuestros esfuerzos y la razón por la cual habíamos decidido estar juntos aquella noche.

    Dios no nos contemplaba como dos personas perdidas entre millones.

    Nos miraba personalmente.

    Nos hacía sentir esperados.

    Habíamos entrado con el corazón apachurrado al descubrir una sala vacía. Salimos con el corazón hinchado por el amor de Jesús.

    El amor que parece una locura

    A veces hablamos del “amor loco de Dios”. No porque en Él exista irracionalidad, sino porque su manera de amarnos supera la lógica limitada con la que nosotros solemos relacionarnos.

    Nosotros calculamos. Medimos. Correspondemos según lo recibido. Ponemos condiciones y, cuando somos heridos, levantamos defensas.

    Cristo, en cambio, ama hasta el extremo.

    Su Corazón traspasado es la expresión visible de una entrega total. Jesús ofreció su vida una vez y para siempre. No vuelve a morir cada día; sin embargo, aquel único sacrificio redentor se hace presente sacramentalmente en cada Eucaristía. Él continúa esperándonos, alimentándonos y llamándonos a la comunión con su Corazón.

    Aquella noche recordamos que Cristo no ama a una humanidad anónima. Ama a cada persona con su nombre, su historia y sus heridas.

    Nos ama en nuestra fortaleza y también cuando sentimos que ya no podemos más.

    Nos ama cuando las cosas marchan bien y cuando el futuro se vuelve incierto.

    Nos ama cuando una sala está llena y también cuando solamente dos personas se sientan frente a la pantalla con la necesidad secreta de recuperar la esperanza.

    El cine también puede convertirse en un espacio de evangelización

    La experiencia dejó una reflexión que no podemos ignorar.

    Los católicos necesitamos aprender a respaldar aquellas expresiones culturales que contribuyen al crecimiento de nuestra espiritualidad. No basta con lamentarnos porque el cine, la televisión y las plataformas digitales se llenan de contenidos contrarios a nuestros valores. También debemos apoyar con nuestra presencia las producciones que se atreven a hablar de Dios.

    Asistir a una película católica puede parecer una acción pequeña. Sin embargo, comprar una entrada, recomendar la función e invitar a otra persona son maneras concretas de demostrar que existe un público interesado en historias capaces de hablar de fe, esperanza, familia, conversión y trascendencia.

    Si queremos que exista más cine católico, también necesitamos acudir al cine católico.

    No se trata de aceptar cualquier producción únicamente porque utiliza símbolos religiosos. Debemos conservar una mirada crítica y pedir calidad artística, fidelidad doctrinal y honestidad narrativa. Pero cuando encontramos una obra capaz de despertar preguntas sobre Dios y provocar el deseo de acercarnos a Él, debemos reconocer su valor y ayudar a que llegue a más personas.

    La evangelización también puede abrirse camino entre las butacas, las imágenes y el silencio de una sala cinematográfica.

    Sin embargo, después de haber hablado esa misma noche sobre la corrección fraterna, comprendí que aquellas butacas vacías tampoco debían convertirse en una razón para juzgar a quienes no estaban allí.

    Era fácil señalar la ausencia de los demás.

    Lo verdaderamente difícil era permitir que esa imagen nos cuestionara a nosotros.

    Una corrección que debía comenzar en nuestro corazón

    Antes de preguntar dónde estaban los católicos, debíamos preguntarnos qué estábamos haciendo nosotros para fortalecer nuestra fe y contribuir al crecimiento de una cultura católica.

    Antes de reclamar la falta de público, teníamos que revisar si recomendábamos estas producciones, si invitábamos a otras personas y si estábamos dispuestos a respaldarlas con nuestra presencia.

    La corrección fraterna no comienza levantando el dedo contra el hermano. Comienza dejando que la Palabra de Dios corrija nuestro propio corazón.

    Esto no significa que debamos permanecer indiferentes ante la ausencia de los católicos en los espacios culturales. Tampoco significa que debamos guardar silencio cuando advertimos una contradicción entre la fe que profesamos y nuestra manera de actuar. La corrección sigue siendo necesaria, pero solo puede ser verdaderamente cristiana cuando nace del amor, busca el bien del otro y reconoce primero las propias faltas.

    Quizá por eso la sala vacía no era únicamente una imagen de ausencia.

    También era una invitación a asumir nuestra responsabilidad.

    A veces esperamos que sean otros quienes evangelicen, promuevan, recomienden o defiendan nuestros valores. Esperamos que alguien produzca mejores contenidos, organice las actividades, llene los templos o convoque a las familias. Pero la fe también nos pide responder personalmente.

    No podemos pedir un resurgimiento de los valores católicos mientras permanecemos como espectadores pasivos.

    Debemos aprender a ocupar los espacios, respaldar las iniciativas valiosas e invitar a otros a encontrarse con aquello que también ha hecho bien a nuestra vida.

    Aquella noche, sin proponérnoslo, la corrección fraterna había llegado hasta nosotros.

    Del cine a la presencia real

    Al concluir la función, Daniela y yo permanecimos unos momentos entre emociones difíciles de ordenar. Había alegría, gratitud y un renovado amor por Nuestro Señor.

    Pero aquella cita no podía terminar frente a una pantalla.

    La película nos había hablado de Cristo. Ahora necesitábamos acudir al encuentro con Cristo.

    Fuimos a la capilla de la Parroquia San Pedro y San Pablo, en Tampico. Allí, ante Jesús Sacramentado, encontramos el verdadero final de aquella noche.

    Pasamos de contemplar una obra cinematográfica sobre el Sagrado Corazón a permanecer en silencio ante su presencia real.

    No llevábamos un discurso preparado. Tampoco necesitábamos demasiadas palabras.

    Fuimos a darle gracias.

    Gracias por la película.

    Gracias por nuestro matrimonio.

    Gracias por aquella salida que, en medio de una situación económica complicada, nos había permitido respirar y recordar que no estábamos solos.

    Gracias por hablarnos desde el Evangelio, desde una pantalla y, finalmente, desde el silencio de su presencia eucarística.

    En la intimidad de la capilla comprendimos que la sala vacía no había estado realmente vacía. Cristo había estado conduciéndonos desde la imagen hasta el encuentro, desde la emoción hasta la oración y desde la contemplación de su Corazón hasta el Santísimo Sacramento.

    La Palabra, la imagen y la presencia

    Al mirar la jornada completa, comprendimos que aquella experiencia no había comenzado cuando se apagaron las luces del cine.

    Había comenzado horas antes, desde el momento en que sentí el impulso de revisar la cartelera.

    Después continuó frente a los micrófonos de Luz en Familia.

    Durante el programa reflexionamos sobre la corrección fraterna y sobre la necesidad de salir al encuentro del hermano. Al terminar, la pregunta del padre David colocó nuevamente ante nosotros la película que habíamos elegido desde aquella tarde. Más tarde, la función nos habló del Corazón de Cristo, del Dios que no permanece distante, sino que sale en busca del ser humano para recuperarlo por medio de su amor.

    Finalmente, la noche nos condujo hasta el Santísimo Sacramento.

    Primero escuchamos su Palabra.

    Después contemplamos una historia sobre su Corazón.

    Finalmente nos encontramos delante de Él.

    La película había hablado de Cristo; ahora estábamos ante Cristo mismo, real y verdaderamente presente en la Eucaristía.

    Fue entonces cuando regresaron a nuestra memoria las palabras escuchadas durante el programa:

    «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

    En el cine estábamos Daniela y yo, reunidos por una historia que hablaba de su amor. Pero en la capilla ya no necesitábamos interpretar imágenes ni dejarnos llevar solamente por la emoción. Allí estaba Jesús Sacramentado: verdadera, real y sustancialmente presente, esperándonos en la Eucaristía.

    La promesa escuchada durante el programa alcanzaba así el momento culminante de nuestra jornada.

    Cristo había estado conduciéndonos desde la Palabra hasta el encuentro; desde la corrección de nuestra mirada hasta la contemplación de su Corazón; desde la oscuridad de una sala cinematográfica hasta la luz silenciosa del Santísimo Sacramento.

    Una noche para recordar

    Salimos de casa buscando apartarnos por un momento del estrés. Terminamos viviendo una experiencia que nos recordó que Dios puede servirse incluso de nuestras decisiones más sencillas para acercarnos a Él.

    Fuimos al cine como un matrimonio que necesitaba respirar.

    Entramos en una sala vacía.

    Contemplamos una película sobre el Corazón que tanto ha amado a los hombres.

    Y terminamos de rodillas ante Jesús Sacramentado, agradeciendo por una cita que nunca habíamos planeado.

    La incertidumbre no desapareció al salir de la capilla. Los problemas continuaban allí. Pero nosotros ya no éramos exactamente los mismos. Regresamos a casa recordando que ninguna preocupación tiene la última palabra cuando aprendemos a descansar en el Corazón de Cristo.

    También regresamos con una corrección para nuestra propia vida.

    No podemos pedir el resurgimiento de nuestros valores católicos si no estamos dispuestos a vivirlos, compartirlos y respaldarlos. No podemos limitarnos a lamentar los espacios vacíos; estamos llamados a ocuparlos, invitar a otros y convertir nuestra presencia en testimonio.

    Aquella noche, la corrección fraterna dejó de ser únicamente el tema de un programa de radio. Se convirtió en una invitación a corregir nuestra indiferencia, nuestra pasividad y nuestra costumbre de esperar que otros hagan lo que también nos corresponde.

    Dios no siempre nos hace sentir especiales concediéndonos algo extraordinario.

    A veces lo hace impulsándonos a abrir una cartelera en medio de nuestras preocupaciones, colocando a nuestro lado a la persona que amamos y permitiendo que una pregunta inesperada confirme el camino que ya habíamos decidido recorrer.

    La película apareció primero en la cartelera, regresó después en la pregunta del padre David y terminó conduciéndonos hasta la presencia real de Cristo.

    En el programa escuchamos su Palabra.

    En el cine contemplamos su Corazón.

    En la capilla nos arrodillamos ante su presencia real.

    Y entre esos momentos descubrimos que una sala aparentemente vacía podía estar completamente llena del amor de Dios.

    «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres».

    Quizá aquella noche sentimos que esas palabras estaban dirigidas especialmente a nosotros.

    Pero su Corazón continúa abierto para todos.


    Gonzalo Sotelo
    Laico católico
    Una experiencia vivida junto con mi esposa, Daniela Villagómez.


    Cristo Basta: La verdad no se negocia

    La verdad no se negocia: fe católica frente a la posverdad espiritual

    Hasta aquí hemos analizado y reflexionado temas de interés espiritual. No todo lo espiritual viene directamente de Dios. El mundo espiritual tiene muchos matices, luces y sombras que si no son llevadas con verdadero discernimiento, fácilmente nos puede confundir y alejar de la verdad que es y está en Dios.

    Para muchos de los lectores, no será un tema cómodo. La verdad raramente lo es. La verdad debe ser un detonante al despertar de la verdadera conciencia del hombre: Dios.

    Esta verdad que trataré de expresar nos confrontará a una pregunta que tal vez hemos ido esquivando: ¿Rrealmente amo la verdad o solo busco aquello que confirma lo que quiero creer?

    Anteriormente nuestro analisis reflexivo se basó en el libro del padre Enrique Alegría: "Fe como un grano de mostaza" (Mt 17,20) -El problema de los maleficios y su solución- Una continuación práctica y conservando el mismo sentido de esta serie, se da con el libro del padre Gustavo Lombardo IVE "De espaldas a Dios". Me queda claro que no se puede entrar seriamente al tema de la Nueva Era, el yoga, el mindfulness, el reiki o las espiritualidades posmodernas si antes no se toca una raíz más profunda: la relación del hombre con la verdad.

    Porque el problema no empieza cuando alguien compra cuarzos, consulta el tarot, habla del universo, cree en energías o busca una espiritualidad sin Iglesia. Muchas veces el problema empezó antes, en un lugar más silencioso: cuando dejamos de preguntarnos si algo era verdadero.

    Ese es, quizá, uno de los grandes dramas de nuestro tiempo.

    Ya no preguntamos primero: “¿esto es verdad?”.
    Preguntamos: 

    • “¿esto me sirve?”.
    • “¿Esto me da paz?”.
    • “¿Esto me hace sentir bien?”.
    • “¿Esto me ayuda a sanar?”.
    • “¿Esto me permite seguir adelante?”.
    • “¿Esto conecta conmigo?”.

    Y claro que el dolor importa. Claro que la paz importa. Claro que la sanación importa. Pero para un católico ninguna de esas cosas puede separarse de la verdad.

    Y esto es porque sin la verdad:

    1. La paz puede ser solo anestecia.
    2. Una sanación puede ser solo un autoengaño.
    3. Una espiritualidad sin verdad puede convertirse en una forma elegante de alejarse de Dios.

    Antes de hablar de la Nueva Era, hay que hablar de la verdad

    Me parece muy significativo que el P. Lombardo no comience directamente con una lista de prácticas peligrosas. No empieza diciendo: “esto sí, esto no”. Antes de entrar a los temas más concretos, comienza por la verdad, por Dios y por el hombre.

    Ese orden es importante.

    Porque si no sé qué es la verdad, cualquier mentira bien presentada me puede parecer luz.

    Si no sé quién es Dios, puedo terminar llamando “Dios” a una energía.

    Si no sé quién es el hombre, puedo terminar creyendo que el hombre es divino por naturaleza.

    Si no sé qué es la gracia, puedo cambiarla por vibración.

    Si no sé qué es la oración, puedo confundirla con decreto.

    Si no sé qué es el pecado, puedo disfrazarlo de bloqueo, sombra o baja frecuencia.

    Por eso creo que este capítulo de nuestra serie *Cristo basta* tenía que detenerse aquí.

    Antes de señalar prácticas, hay que revisar el corazón.

    Antes de hablar de errores externos, hay que preguntarnos si todavía queremos ser corregidos por la verdad.

    Porque quien no quiere verdad, tarde o temprano buscará una espiritualidad que no le exija conversión. Una moda que puede convertirse en convicción, fanatismo, un candado o muro que no permita más la entrada a la verdad.

    “Cada quien tiene su verdad”: una frase cómoda, pero peligrosa

    Pocas frases resumen tan bien la confusión moderna como esta: “cada quien tiene su verdad”.

    Suena amable. Suena tolerante. Suena respetuosa. Pero pensada con seriedad, es una frase que rompe la inteligencia. Es en términos sencillos, el camino fácil de quien no esta ocupado de encontrarse con la verdad. Es tentador como salida "diplomatica" para no discutir, no pelear, no defender. Pero el costo puede ser muy alto para uno mismo y para los demás.

    Porque si cada quien tiene su verdad, entonces ya no existe la verdad. Existen opiniones, emociones, percepciones, heridas, preferencias, historias personales. Todo eso puede tener un peso humano, pero no todo eso es verdad.

    La verdad no nace porque yo la sienta.
    La verdad no cambia porque me incomode.
    La verdad no desaparece porque mi época la rechace.
    La verdad no se vuelve falsa porque yo no quiera obedecerla.

    Y aquí está uno de los puntos más duros para el hombre moderno: la verdad no depende de mi deseo.

    Esta es una idea que, como católico, me parece urgente recuperar. Porque mucho del pensamiento actual ha convertido la experiencia personal en juez absoluto. “Yo lo viví así”. “Yo lo siento así”. “A mí me funciona”. “A mí me da paz”. “Yo no lo hago con mala intención”.

    Pero la intención no convierte en verdadero lo que es falso.

    Y la emoción no convierte en católico lo que contradice la fe.

    La verdad está unida a la realidad

    Hay una idea filosófica que puede parecer complicada, pero es profundamente sencilla: la verdad está unida a la realidad.

    Es decir, la verdad no la invento. La descubro. No la fabrico desde mis emociones. La reconozco en aquello que es.

    Esto parece obvio, pero hoy ya no lo es.

    Vivimos en un tiempo donde muchas personas quieren que la realidad se acomode a su pensamiento. Si algo me duele, lo niego. Si algo me contradice, lo reinterpretó. Si algo me exige, lo llamo violencia. Si algo me pide conversión, lo llamo culpa tóxica. Si algo me recuerda el pecado, lo llamo represión religiosa.

    Pero el cristianismo no nos invita a huir de la realidad.

    Nos invita a mirarla con más profundidad. La fe no destruye la razón. La ilumina.
    La fe no niega la realidad. La eleva.

    La fe no le dice al hombre: “cree cualquier cosa”. Le dice: “busca la verdad, porque la verdad te conduce a Dios”.

    Por eso una espiritualidad que se separa de la realidad termina siendo peligrosa. Puede sonar bonita, puede traer palabras agradables, puede hablar de luz, paz y sanación, pero si niega el pecado, si niega la cruz, si niega la necesidad de gracia, si niega la Revelación, si niega que Cristo es el único Salvador, entonces no está llevando al hombre a la verdad.

    Lo está alejando de ella.

    La posverdad también entró en lo espiritual

    Cuando hablamos de posverdad, normalmente pensamos en política, noticias falsas, manipulación mediática o redes sociales. Pero creo que también existe una posverdad espiritual.

    La posverdad espiritual ocurre cuando ya no busco lo que Dios ha revelado, sino lo que calma mi emoción.

    • No busco doctrina. Busco validación.
    • No busco conversión. Busco bienestar.
    • No busco obedecer. Busco justificarme.
    • No busco una verdad que me salve. Busco una espiritualidad que me deje seguir igual.

    Y eso es muy delicado, porque puede suceder incluso dentro de personas que se siguen considerando católicas. Y si, no solo en los laicos que asisten los domingos a misa, o en días marcados en el calendario. Sucede a todos los niveles de la iglesia: laicos, sacerdotes, obispos, órdenes religiosas, etc. 

    • Una persona puede decir que cree en Dios, pero entender a Dios como energía.
    • Puede decir que ora, pero en realidad decreta.
    • Puede decir que tiene fe, pero vive dependiendo del horóscopo.
    • Puede decir que busca sanación, pero rechaza la confesión.
    • Puede decir que ama a Cristo, pero lo coloca al lado de cualquier maestro espiritual.
    • Puede decir que no abandona la Iglesia, pero empieza a construir una religión a su medida.

    Ese es el peligro de la posverdad espiritual: no siempre niega a Cristo de frente. A veces lo reinterpreta hasta vaciarlo. Cristo deja de ser Señor y se convierte en símbolo.

    La gracia deja de ser don de Dios y se convierte en energía.

    El pecado deja de ser ruptura con Dios y se convierte en bloqueo.

    La oración deja de ser diálogo con el Padre y se convierte en técnica para atraer deseos.

    La cruz deja de ser camino de redención y se convierte en algo que hay que evitar a toda costa.

    Y así, sin darnos cuenta, podemos terminar usando palabras cristianas con contenido no cristiano.

    El alma también se alimenta

    Me parece muy fuerte una pregunta que nace de esta reflexión: ¿con qué estamos alimentando el alma?

    Cuidamos el cuerpo. Revisamos lo que comemos. Buscamos descansar. Nos preocupa la salud física. Y está bien. Pero pocas veces pensamos en el alimento de la inteligencia y del alma.

    • ¿Qué vemos?
    • ¿Qué escuchamos?
    • ¿Qué leemos?
    • ¿Qué creemos?
    • ¿Qué repetimos?
    • ¿Qué cuentas seguimos?
    • ¿Qué ideas dejamos entrar en casa?
    • ¿Qué tipo de “espiritualidad” estamos consumiendo?
    • ¿Qué contenidos dejamos que formen a nuestros hijos?

    Porque el alma también se enferma cuando se alimenta de mentira.

    Una inteligencia alimentada por relativismo empieza a perder firmeza.

    Una conciencia alimentada por superstición empieza a vivir con miedo.

    Una fe alimentada por Nueva Era empieza a ver la gracia como energía.

    Un corazón alimentado por falsa espiritualidad empieza a preferir lo cómodo antes que lo verdadero.

    Y aquí hay que ser muy honestos: muchas veces no estamos confundidos porque nadie nos explicó la fe, sino porque hemos alimentado más nuestra mente con el mundo que con la verdad de Cristo.

    Nos formamos más por frases de redes que por el Catecismo.

    Más por testimonios virales que por la Escritura.

    Más por emociones que por doctrina.

    Más por influencers espirituales que por el Magisterio de la Iglesia.

    Más por lo que “se siente bonito” que por lo que salva.

    Y después nos extraña estar confundidos.

    Amar la verdad implica rechazar el error

    Este punto puede incomodar, pero hay que decirlo: amar la verdad implica rechazar el error.

    No rechazar a la persona.

    No despreciar a quien piensa distinto.

    No humillar a quien se equivoca.

    No burlarse de quien cayó en una práctica equivocada.

    Pero sí rechazar el error.

    Hoy parece que cualquier corrección es falta de amor. Como si amar fuera aceptar todo, callar todo, permitir todo, validar todo. Pero eso no es caridad cristiana.

    Si yo veo a alguien caminar hacia un barranco y me quedo callado para no incomodarlo, no lo estoy amando.

    Si veo a un católico mezclando su fe con prácticas contrarias al Evangelio y no digo nada por quedar bien, no lo estoy ayudando.

    Si veo que una persona llama “Dios” a algo que no es Dios, y “gracia” a algo que no es gracia, y “oración” a algo que no es oración, entonces mi silencio puede volverse complicidad.

    La verdad debe decirse con mansedumbre, sí.

    Con prudencia, sí.

    Con humildad, sí.

    Con caridad, siempre.

    Pero debe decirse.

    Porque una caridad sin verdad termina siendo sentimentalismo.

    Y una verdad sin caridad puede volverse dureza.

    El católico necesita ambas: claridad y misericordia.

    No escribimos contra personas, sino contra errores

    Quiero detenerme aquí porque me parece importante para esta serie.

    Cuando hablamos de Nueva Era, ocultismo, yoga, mindfulness, reiki, decretos, energías, tarot, astrología o falsas espiritualidades, no escribimos contra personas.

    Escribimos contra errores que pueden dañar a las personas.

    Esto debe quedar claro.

    Muchos han llegado a estas prácticas por dolor. Otros por miedo. Otros por heridas familiares. Otros por ansiedad. Otros porque buscaban respuestas y encontraron primero la voz equivocada. Otros porque nadie les enseñó la riqueza de la fe católica. Otros porque se les presentó todo como inofensivo, terapéutico o compatible con Dios.

    Yo no puedo mirar eso con soberbia. Y quien me conoce, sabe lo que me cuesta...

    Pero también soy una persona en camino. También necesito conversión. También tengo que revisar mis propias cegueras. También sé lo fácil que es justificar lo que uno desea.

    Pero precisamente por eso hay que hablar.

    Porque si Cristo basta, entonces no podemos quedarnos callados cuando se ofrecen sustitutos de Cristo.

    No podemos llamar luz a cualquier cosa.

    No podemos llamar paz a cualquier anestesia.

    No podemos llamar sanación a cualquier técnica.

    No podemos llamar verdad a cualquier emoción.

    ## La verdad no se impone con gritos

    Defender la verdad no significa gritar más fuerte.

    La verdad cristiana no necesita soberbia para ser firme. No necesita insultos. No necesita burlas. No necesita humillar al que está confundido.

    De hecho, si la verdad que decimos no tiene caridad, puede cerrar puertas que deberían abrirse.
    Si navegas por internet, específicamente por redes sociales o streamings. Conocerás a más de uno de estos casos:

    • Sacerdotes que hablan del evangelio pero con pequeñas dosis de sarcasmo que evitan que las héridas de quienes oyen, terminen de sanar y prefieren mantenerse en el error.
    • Influencers conversos que hablan de las maravillas de su conversión, pero buscan retos contra anticatolicos o distintas denominaciones. Combaten, mantienen la rivalidad aún cuando dicen hablar del evangelio, pero con espada desenvainada.
    • Católicos "tradicionalistas", se sienten dueños de la verdad y juzgan a otros en lugar de mostrarles el evangelio desde el amor y la caridad. Mal informados y cegados a veces no por la fe, sino por la admiración (fanatismo) hacia personajes que suenan mucho como autoridades de la iglesia. Sin discernimiento, sin conocimiento, sin amor por la verdad que es Cristo.
    • Ingorantes con voz. El caso de tantas pesonalidades que con el fin de buscar en el nicho del catolicismo, arman sus redes a modo de querer ligar esoterismo con espiritualidad. Diluir la religiosidad y lo sacro en el océano de diversdidades que ofrece precisamente la New Age.

    Pero tampoco podemos caer en el extremo contrario: callar para no incomodar.

    Hay momentos en los que el silencio es prudencia. Pero hay otros en los que el silencio es miedo.

    Y creo que este tema exige hablar.

    • Hablar con respeto, pero hablar.
    • Hablar con fundamento, pero hablar.
    • Hablar con amor, pero hablar.
    • Hablar desde la fe de la Iglesia, no desde ocurrencias personales.
    • Hablar desde la razón, no desde el morbo.
    • Hablar desde la esperanza, no desde el miedo.

    Porque el católico no puede formar su conciencia con frases bonitas y espiritualidades mezcladas. Necesita verdad. Necesita doctrina. Necesita Evangelio. Necesita sacramentos. Necesita saber quién es Cristo y quién es él delante de Dios.

    Cristo no es una verdad entre muchas

    Aquí está el centro.

    Para el cristiano, la verdad no es solamente una idea correcta. La Verdad es una Persona.

    Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

    No dijo: “yo soy una opción espiritual entre otras”.

    No dijo: “yo soy una energía elevada”.

    No dijo: “yo soy un maestro más”.

    No dijo: “yo soy una manifestación del universo”.

    Cristo es la Verdad.

    Y si Cristo es la Verdad, entonces no puedo ponerlo en el mismo estante donde coloco cualquier enseñanza espiritual que me agrade.

    No puedo tomar una frase del Evangelio, una idea de la Nueva Era, una práctica ocultista, una técnica de manifestación, una creencia oriental, un poco de psicología mal entendida y decir: “todo es lo mismo”.

    No lo es.

    Cristo no se mezcla.

    Cristo se sigue.

    Cristo no necesita ser completado.

    Cristo necesita ser obedecido.

    Cristo no viene a confirmar todos mis deseos.

    Viene a salvarme.

    Y para salvarme, también me corrige.

    La mentira espiritual desplaza lentamente a Cristo

    La mentira espiritual rara vez entra diciendo: “abandona a Jesús”.

    Entra de forma más sutil.

    “Todas las religiones dicen lo mismo”.

    “Lo importante es que seas buena persona”.

    “Dios es energía”.

    “El universo escucha tus decretos”.

    “No hay pecado, solo aprendizaje”.

    “Todo depende de tu vibración”.

    “Lo que te da paz viene de Dios”.

    “Tú tienes tu propia verdad”.

    “Cristo fue un maestro iluminado”.

    “Puedes combinarlo, mientras lo hagas con buena intención”.

    Y así, poco a poco, Cristo deja de ocupar el centro.

    Ya no es el Señor. Es parte del sistema. Ya no es Salvador, lo hacemos un mero símbolo. Deja de ser la verdad para convertirlo solamente en una inspiración. Un personaje más como los que vemos en el cine, inspiran, si. Pero solo hasta que llega otro personaje con una mejor producción.

    Ya no es el Hijo de Dios encarnado. Es una figura espiritual útil. Y como tal, es suplantable, modificable a la moda actual. Deja de ser inmutable para ser solo un producto más en el mercado de la espiritualidad superficial.

    Esta es la tragedia: no siempre se pierde la fe por odio a Cristo. A veces se pierde por mezcla, por ignorancia, por comodidad, por falta de formación y por una falsa tolerancia que termina diluyendo todo.

    Volver a llamar las cosas por su nombre

    Creo que una de las tareas más urgentes para los católicos de hoy es recuperar el lenguaje de la fe.

    1. Decir Dios cuando hablamos de Dios.
    2. Decir gracia cuando hablamos de gracia.
    3. Decir pecado cuando hablamos de pecado.
    4. Decir oración cuando hablamos de oración.
    5. Decir superstición cuando hablamos de superstición.
    6. Decir idolatría cuando hablamos de idolatría.
    7. Decir verdad cuando hablamos de verdad.

    No para vivir golpeando a otros con palabras duras, sino para no perdernos en palabras bonitas.

    Porque cuando el lenguaje se corrompe, la conciencia se confunde.

    Y cuando la conciencia se confunde, el alma queda expuesta.

    Si todo es energía, ya no necesito gracia.

    Si todo es aprendizaje, ya no necesito perdón.

    Si todo es camino, ya no necesito Iglesia.

    Si todo es espiritualidad, ya no necesito doctrina.

    Si todo es verdad personal, ya no necesito a Cristo como Verdad.

    Por eso la verdad no se negocia.

    No porque seamos cerrados.

    Sino porque Cristo no es negociable.

    Una fe sin verdad termina siendo una fe sin Cristo

    Esta frase resume mucho de lo que quiero decir.

    Una fe sin verdad termina siendo una fe sin Cristo.

    Puede conservar palabras religiosas.

    Puede conservar imágenes.

    Puede conservar emociones.

    Puede conservar música, frases, símbolos y buenos deseos.

    Pero si pierde la verdad, pierde el centro.

    Y si pierde el centro, Cristo se vuelve accesorio.

    Creo que por eso este capítulo es tan importante para nuestra serie. Porque antes de hablar de prácticas concretas, necesitamos saber desde dónde vamos a discernir.

    1. No vamos a discernir desde el miedo.
    2. No vamos a discernir desde el prejuicio.
    3. No vamos a discernir desde la moda.
    4. No vamos a discernir desde lo que “a mí me funciona”.

    Vamos a discernir desde Cristo.

    • Desde la verdad revelada.
    • Desde la fe de la Iglesia.
    • Desde la razón iluminada por la gracia.
    • Desde una conciencia que no quiere acomodar a Dios a su gusto, sino dejarse convertir por Él.

    Conclusión: amar la verdad aunque incomode

    La verdad no siempre es cómoda.

    A veces nos corrige.

    A veces nos desinstala.

    A veces nos obliga a reconocer que estábamos equivocados.

    A veces nos pide renunciar a algo que nos gustaba.

    A veces nos muestra que una práctica que parecía inofensiva no era compatible con nuestra fe.

    A veces nos hace ver que habíamos mezclado a Cristo con cosas que no venían de Él.

    Pero la verdad no nos hiere para destruirnos.

    Nos hiere como luz que despierta.

    Nos incomoda para liberarnos.

    Nos corrige para llevarnos de vuelta a Dios.

    Por eso, antes de seguir avanzando en esta serie, quiero dejar esta base clara:

    • La verdad existe.
    • La verdad importa.
    • La verdad no depende de mi emoción.
    • La verdad no se acomoda a mi deseo.
    • La verdad no cambia porque mi época la niegue.
    • La verdad no se negocia.

    Y para nosotros, los católicos, la Verdad tiene rostro, nombre y cruz:

    Jesucristo.

    Cristo basta.

    Y si Cristo basta, entonces no necesitamos una espiritualidad hecha a nuestra medida.

    Necesitamos una fe rendida a la verdad.

     

    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.
     


    Cristo Basta: La confesión

    La confesión: el verdadero camino de liberación

    Hay personas que buscan liberación en muchos lugares antes de buscarla donde Cristo la dejó.

    Buscan limpias.

    Buscan rituales.

    Buscan decretos.

    Buscan protecciones.

    Buscan objetos.

    Buscan sanadores.

    Buscan personas que les digan quién les hizo daño.

    Buscan explicaciones ocultas.

    Buscan respuestas extraordinarias.

    Pero no buscan la confesión.

    Y ahí hay una contradicción profunda.

    Porque si el problema más hondo del hombre es el pecado, entonces la respuesta más profunda no puede ser una técnica espiritual, una energía, una limpia, un amuleto o una promesa de protección. La respuesta tiene que venir de Dios.

    La confesión no es una práctica secundaria de la vida cristiana. No es un trámite incómodo para personas piadosas. No es una costumbre antigua que ya no hace falta. No es una terapia emocional con lenguaje religioso.

    La confesión es sacramento.

    Es encuentro con la misericordia de Dios.

    Es regreso del hijo a la casa del Padre.

    Es ruptura con la mentira.

    Es sanación del alma.

    Es liberación real, porque toca la raíz de toda esclavitud espiritual: el pecado.

    El pecado esclaviza aunque prometa libertad

    El pecado casi nunca se presenta como esclavitud al principio.

    Se presenta como libertad.

    Como alivio.

    Como placer.

    Como justicia personal.

    Como desahogo.

    Como derecho.

    Como decisión privada.

    Como “yo sé lo que hago”.

    Como “no le hago daño a nadie”.

    Pero después empieza a encadenar.

    El pecado oscurece la inteligencia, debilita la voluntad, endurece el corazón, enfría la oración, aleja de los sacramentos y hace que el alma se esconda de Dios.

    Al principio, el pecado parece una puerta.

    Después se convierte en cárcel.

    Y muchas veces, cuando el hombre ya se siente atrapado, busca salir por cualquier camino menos por el que Dios le ofrece.

    Quiere paz, pero no quiere arrepentimiento.

    Quiere alivio, pero no quiere conversión.

    Quiere que le quiten las consecuencias, pero no quiere romper con la causa.

    Quiere que Dios lo ayude, pero no siempre quiere volver a Dios.

    La confesión incomoda porque nos coloca frente a la verdad. Nos obliga a dejar de justificarnos. Nos lleva a decir una palabra que el orgullo detesta:

    Pequé.

    Pero esa palabra, dicha con humildad, puede ser el inicio de la libertad.

    La confesión rompe la lógica de la Nueva Era

    Muchas corrientes espirituales modernas evitan hablar del pecado. Prefieren hablar de energía, sombra, bloqueo, vibración, trauma, karma, herida ancestral, baja frecuencia o desalineación.

    Algunas de estas palabras pueden sonar profundas. Algunas incluso pueden tocar aspectos humanos reales. Pero si eliminan el pecado, terminan eliminando también la necesidad de redención.

    Y si ya no hay pecado, Cristo deja de ser Salvador.

    Puede seguir siendo maestro.

    Puede seguir siendo símbolo.

    Puede seguir siendo inspiración.

    Puede seguir siendo ejemplo.

    Pero ya no sería necesario como Redentor.

    La confesión destruye esa mentira.

    Porque en la confesión el hombre reconoce que no solo está cansado, no solo está herido, no solo está confundido, no solo necesita equilibrio emocional. También es pecador. Y precisamente porque es pecador, necesita misericordia.

    La Nueva Era suele decir: “descubre tu poder”.

    La confesión dice: “reconoce tu miseria y recibe la gracia”.

    La Nueva Era dice: “no hay culpa, solo aprendizaje”.

    La confesión dice: “hay culpa, pero también hay perdón”.

    La Nueva Era dice: “sana tu energía”.

    La confesión dice: “vuelve al Padre”.

    La Nueva Era dice: “tú puedes liberarte”.

    La confesión dice: “Cristo te libera”.

    Esta diferencia es decisiva.

    Confesarse no es humillarse para destruirse

    Muchas personas evitan la confesión porque la entienden mal. Creen que confesarse es ir a sentirse peor. Creen que Dios quiere avergonzarlos. Creen que el sacerdote los va a mirar con desprecio. Creen que reconocer el pecado los disminuye.

    Pero la confesión no existe para destruir al pecador.

    Existe para levantarlo.

    Dios no pide que confesemos nuestros pecados porque ignore lo que hicimos. Él ya lo sabe. Nos pide confesarlos porque nosotros necesitamos salir de la mentira, nombrar el mal, arrepentirnos y recibir perdón.

    El pecado escondido pesa.

    El pecado justificado endurece.

    El pecado repetido esclaviza.

    El pecado no confesado se vuelve oscuridad interior.

    Pero cuando el pecado se confiesa con humildad, entra la luz.

    La confesión no es tribunal de condena para el arrepentido.

    Es tribunal de misericordia.

    Ahí el alma deja de huir. Deja de esconderse. Deja de explicar todo. Deja de culpar a otros. Deja de disfrazar la culpa con palabras modernas. Se pone delante de Dios y dice: “Señor, he pecado”.

    Y Dios no desprecia un corazón contrito.

    La falsa liberación evita la culpa

    Una característica de muchas falsas espiritualidades es que prometen liberación sin arrepentimiento.

    Te dicen que sueltes.

    Que fluyas.

    Que cierres ciclos.

    Que cortes energías.

    Que te perdones a ti mismo.

    Que repitas afirmaciones.

    Que manifiestes una nueva realidad.

    Que te liberes de cargas.

    Pero pocas veces te dicen: arrepiéntete.

    Y sin arrepentimiento no hay verdadera conversión.

    Claro que hay heridas que debemos soltar. Claro que hay recuerdos que necesitan sanación. Claro que hay personas que deben dejar de vivir aplastadas por culpas deformadas. Claro que hay sufrimientos que requieren acompañamiento. Pero cuando hablamos de pecado real, no basta con “soltar”.

    Hay que confesar.

    No basta con decir: “ya me perdoné”.

    Hay que pedir perdón a Dios.

    No basta con cerrar ciclos.

    Hay que romper con el pecado.

    No basta con cambiar de energía.

    Hay que cambiar de vida.

    La liberación cristiana no consiste en negar la culpa, sino en llevarla a Cristo.

    Porque una culpa no redimida se pudre en el alma.

    Pero una culpa confesada puede convertirse en camino de humildad y gracia.

    La confesión y el combate espiritual

    La confesión tiene una fuerza especial dentro del combate espiritual porque rompe muchas de las estrategias ordinarias del enemigo.

    El demonio trabaja con mentira.

    La confesión exige verdad.

    El demonio trabaja con orgullo.

    La confesión exige humildad.

    El demonio trabaja con aislamiento.

    La confesión devuelve al alma a la Iglesia.

    El demonio trabaja con acusación.

    La confesión entrega el pecado a la misericordia.

    El demonio trabaja con desesperanza.

    La confesión anuncia que todavía hay perdón.

    Por eso muchas veces cuesta tanto confesarse.

    El alma encuentra pretextos.

    “No tengo pecados graves”.

    “Me confieso directamente con Dios”.

    “El sacerdote también es pecador”.

    “Me da vergüenza”.

    “Después voy”.

    “Primero cambio y luego me confieso”.

    “Siempre caigo en lo mismo”.

    “Dios ya sabe”.

    “Yo no necesito decirlo”.

    Algunas frases parecen razonables, pero muchas veces esconden resistencia espiritual.

    El pecado quiere quedarse en secreto.

    La gracia quiere sacarlo a la luz.

    “Me confieso directamente con Dios”

    Esta frase es común.

    Y claro que podemos pedir perdón a Dios en la oración personal. Debemos hacerlo. Pero Cristo dejó sacramentos, no solo sentimientos privados. La confesión sacramental no es invento humano para complicar la relación con Dios. Es camino concreto de gracia.

    El hombre necesita signos visibles porque no es puro espíritu. Necesita escuchar la absolución. Necesita acusarse con humildad. Necesita recibir una palabra objetiva de perdón. Necesita salir de la subjetividad donde fácilmente se justifica o se condena sin medida.

    Cuando uno dice “me confieso directamente con Dios”, muchas veces evita precisamente lo que más necesita: humildad, verdad, acompañamiento, corrección y gracia sacramental.

    Dios no nos humilla inútilmente.

    Nos educa.

    Y la confesión educa el alma.

    Nos enseña a reconocer el mal.

    Nos enseña a llamar pecado al pecado.

    Nos enseña a no vivir de apariencias.

    Nos enseña que la misericordia no es idea abstracta.

    Nos enseña que el perdón se recibe, no se fabrica.

    No hay liberación sin renuncia

    La confesión exige propósito de enmienda. Esto significa que el alma no solo lamenta haber pecado, sino que quiere romper con el pecado.

    Aquí muchas confesiones se debilitan.

    La persona quiere absolución, pero no conversión.

    Quiere paz, pero no renuncia.

    Quiere alivio, pero no cambio.

    Quiere que Dios la perdone, pero no quiere abandonar aquello que la destruye.

    La confesión no es magia. No funciona como una fórmula automática desconectada de la disposición del alma. Para recibirla bien, se necesita arrepentimiento sincero, confesión íntegra y propósito de enmienda.

    Esto no significa que nunca volveremos a caer. Dios conoce nuestra fragilidad. Pero una cosa es caer luchando y otra cosa es confesarse sin querer dejar el pecado.

    La gracia no bendice la doble vida.

    La sana cuando hay humildad.

    Por eso, quien quiere verdadera liberación debe estar dispuesto a renunciar.

    Renunciar a prácticas ocultistas.

    Renunciar a relaciones desordenadas.

    Renunciar a odios alimentados.

    Renunciar a la soberbia.

    Renunciar a la mentira.

    Renunciar a la impureza.

    Renunciar a la superstición.

    Renunciar a la curiosidad malsana.

    Renunciar a todo aquello que, aunque prometa algo, aparta de Dios.

    La confesión sana la memoria moral

    Cuando una persona vive mucho tiempo justificando el pecado, su conciencia se deforma.

    Lo malo empieza a parecer normal.

    Lo grave empieza a parecer exagerado.

    Lo santo empieza a parecer incómodo.

    Lo tibio empieza a parecer equilibrio.

    Lo mundano empieza a parecer libertad.

    Por eso la confesión frecuente ayuda a formar la conciencia. No solo borra una lista de faltas. Educa interiormente. Nos obliga a revisar la vida con seriedad. Nos muestra patrones. Nos hace ver en qué caemos, qué justificamos, qué repetimos, qué evitamos, qué nos domina.

    Una persona que se confiesa bien empieza a conocerse mejor.

    No desde el narcisismo espiritual, sino desde la verdad.

    Descubre sus tentaciones.

    Sus autoengaños.

    Sus heridas.

    Sus pecados repetidos.

    Sus excusas.

    Sus zonas oscuras.

    Y al mismo tiempo descubre algo más importante: la paciencia de Dios.

    La confesión frecuente no debe producir obsesión, sino humildad.

    No debe llevar a escrúpulo, sino a vigilancia.

    No debe hacernos mirar solo nuestra miseria, sino la misericordia que nos levanta.

    Confesión y falsas espiritualidades

    La confesión es especialmente importante cuando alguien ha participado en prácticas contrarias a la fe.

    Tarot.

    Astrología.

    Espiritismo.

    Limpias.

    Amarres.

    Trabajos.

    Invocaciones.

    Rituales de protección.

    Magia blanca.

    Magia negra.

    Lectura de cartas.

    Consulta de médiums.

    Uso de amuletos.

    Decretos con mentalidad de control espiritual.

    Terapias energéticas con elementos religiosos incompatibles con la fe.

    Prácticas de adivinación.

    Estas cosas no deben tomarse a la ligera.

    Si hubo ignorancia, Dios la conoce. Si hubo miedo, Dios lo sabe. Si hubo dolor, Dios lo comprende. Pero cuando el alma reconoce que algo fue contrario a la fe, debe renunciar a ello y llevarlo a la confesión.

    No para vivir con miedo.

    No para imaginar que todo está perdido.

    No para caer en paranoia espiritual.

    Sino para cerrar puertas.

    Para volver al orden.

    Para decir con claridad: “Señor, renuncio a lo que me apartó de Ti”.

    La confesión es un acto de regreso.

    Y volver a Dios siempre es posible.

    La absolución: palabra que libera

    Hay algo profundamente hermoso en escuchar la absolución.

    No es una frase motivacional.

    No es terapia.

    No es autosugestión.

    No es pensamiento positivo.

    Es Cristo actuando por medio del sacramento.

    El sacerdote no perdona por poder propio. Perdona en nombre de Cristo y de la Iglesia. Por eso la absolución tiene una fuerza objetiva. El alma no sale de la confesión dependiendo solo de cómo se siente. Sale sostenida por una gracia real.

    A veces la persona sentirá paz inmediatamente.

    A veces no sentirá gran cosa.

    Pero el sacramento no depende de la emoción.

    Depende de la gracia de Dios.

    Esto también corrige una confusión moderna: creer que lo espiritual vale solo si se siente intensamente. La vida cristiana no se mide por sensaciones. Se vive en la fe.

    La confesión puede ser sencilla, discreta, breve, incluso emocionalmente austera. Pero si se recibe bien, toca el alma con profundidad.

    Porque Dios obra.

    Aunque no siempre haga ruido.

    Volver sin miedo

    Tal vez alguien lleva años sin confesarse.

    Tal vez siente vergüenza.

    Tal vez no sabe cómo empezar.

    Tal vez piensa que sus pecados son demasiado grandes.

    Tal vez cree que será juzgado.

    Tal vez ha caído muchas veces en lo mismo.

    Tal vez se ha acercado a prácticas que hoy reconoce como equivocadas.

    Tal vez siente que ha mezclado su fe con superstición, ocultismo o falsas espiritualidades.

    La respuesta no es esconderse.

    La respuesta es volver.

    El hijo pródigo volvió con vergüenza, pero encontró un Padre que lo esperaba.

    Dios no se sorprende de nuestra miseria.

    Nos espera con misericordia.

    Pero hay que volver.

    No se vuelve a Dios solo pensando en volver.

    Se vuelve dando pasos concretos.

    Buscar un sacerdote.

    Preparar un examen de conciencia.

    Confesar con humildad.

    Aceptar la penitencia.

    Reparar si es necesario.

    Abandonar lo que aparta de Dios.

    Retomar la oración.

    Volver a la Eucaristía.

    La vida cristiana comienza muchas veces con un regreso.

    La confesión no sustituye otros caminos legítimos

    También hay que decir algo con equilibrio: la confesión no sustituye todo acompañamiento humano necesario.

    Si una persona tiene una enfermedad, debe buscar atención médica.

    Si vive una situación emocional compleja, puede necesitar apoyo psicológico serio.

    Si atraviesa una crisis familiar, quizá necesite diálogo, acompañamiento pastoral o intervención responsable.

    La confesión perdona pecados y da gracia, pero no debe usarse como excusa para negar otras dimensiones de la vida humana.

    La fe católica no desprecia la razón.

    No todo problema es pecado.

    No toda tristeza es culpa.

    No toda angustia es ataque espiritual.

    No toda herida se resuelve solo con decir “échale ganas y confiésate”.

    Pero cuando hay pecado, sí se necesita confesión.

    Y cuando hay mezcla con prácticas contrarias a la fe, también se necesita renuncia, claridad y regreso a la vida sacramental.

    El discernimiento católico no reduce todo a una sola causa.

    Mira la realidad completa.

    La libertad de vivir en gracia

    Vivir en gracia no significa vivir sin lucha.

    Significa vivir reconciliado con Dios.

    Significa no cargar voluntariamente con pecado grave.

    Significa volver cuando se cae.

    Significa cuidar el alma.

    Significa dejar de negociar con aquello que sabemos que nos destruye.

    Significa no buscar sustitutos de la misericordia.

    Un alma en gracia tiene una libertad que el mundo no entiende.

    Puede sufrir, pero no está sola.

    Puede ser tentada, pero no está desarmada.

    Puede caer, pero sabe volver.

    Puede tener miedo, pero conoce al Padre.

    Puede enfrentar oscuridad, pero camina con Cristo.

    Esta libertad no la da la magia.

    No la da la Nueva Era.

    No la da el ocultismo.

    No la da el poder mental.

    No la dan los decretos.

    No la dan las limpias.

    No la dan los amuletos.

    La da Dios.

    Conclusión: donde hay confesión, la mentira pierde poder

    La confesión es uno de los grandes caminos de liberación que Dios ha dejado a su Iglesia.

    No porque sea espectacular.

    No porque alimente curiosidad.

    No porque prometa fenómenos extraordinarios.

    Sino porque toca la raíz: el pecado.

    Y cuando el pecado es confesado, la mentira pierde poder.

    Cuando el alma se humilla, el orgullo se debilita.

    Cuando la culpa se entrega, la misericordia entra.

    Cuando el hombre vuelve al Padre, las falsas promesas pierden atractivo.

    Por eso el católico no necesita correr a buscar limpias, rituales, poderes ocultos o técnicas de liberación fuera de Dios.

    Necesita volver al sacramento.

    Necesita arrodillarse con humildad.

    Necesita decir la verdad.

    Necesita recibir la gracia.

    Necesita confiar en Cristo.

    La verdadera liberación no empieza cuando el hombre controla lo invisible.

    Empieza cuando deja de esconderse de Dios.

    Cristo basta.

    Y en la confesión, esa verdad deja de ser una frase y se vuelve misericordia recibida.

     

    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro Fe como un grano de mostaza, del P. Enrique Alegría R.


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