Dios no me pide perderme para encontrarlo

    Dios no me pide perderme para encontrarlo

    Hay ideas que, sabiendo cómo expresarlas de una manera “poética”, se pueden romantizar aun cuando puedan carecer de sentido o razón. Podemos decir que hoy en día no es tan importante comprender en profundidad una idea. Basta con que suene “bonita”, aunque sea contradictoria:

    • “perderte para encontrarte”
    • “disolver el ego”
    • “fundirte con el todo”
    • “dejar de ser tú para convertirte en uno con el universo”.

    Confieso que durante mucho tiempo algunas de estas frases me parecieron simplemente recursos poéticos. Formas de hablar de desprendimiento, humildad o de aprender a no vivir encerrados en uno mismo. Y quizá algunas personas realmente las usan con esa intención.

    Pero si realmente buscamos esa profundización, una verdadera interiorización, nos encontraremos con algo más interesante: la defensa del “yo”.

    Y no es hablar desde un egoísmo, dejando de lado la soberbia y manteniendo los pies sobre la tierra. Es decir, no viéndome desde una posición superior, por encima de los demás. No es de ese “yo” del que me refiero. Aun cuando en la cultura actual puede malinterpretarse, pues es ese tipo de “yo” el que nos han ofrecido y hemos adoptado.

    Quiero hablarte del yo como persona. Desde un “yo” que me da identidad, que me da mi propia personalidad sin querer presentarme como alguien que no soy.

    Y es desde este enfoque que podemos comenzar con una pregunta que puede resultar importante para meditar:

    ¿Por qué tendría que dejar de ser yo para encontrar a Dios?

    El problema no es tener un “yo”

    Vivimos en una época donde la palabra “ego” parece haberse convertido en la explicación para casi cualquier problema. Si alguien es orgulloso, tiene ego. Si quiere tener la razón, tiene ego. Si piensa demasiado en sí mismo, tiene ego.

    Hasta ahí puedo entenderlo.

    Todos tenemos que aprender a salir de nosotros mismos. El cristianismo mismo habla constantemente de humildad, entrega, servicio, negación de uno mismo y amor al prójimo.

    Pero aquí aparece una diferencia importante. Negarme a mí mismo no significa dejar de existir como persona. Vencer mi egoísmo no significa destruir mi identidad. Y mucho menos significa disolverme en una conciencia universal.

    Una cosa es aprender a no colocarme siempre en el centro. Otra muy distinta es desaparecer.

    Puedo decir “yo” porque soy alguien

    En nuestro razonamiento cristiano tenemos una variante importante que difiere en gran manera de cómo se ve al hombre: el hombre es un ser personal.

    No solamente existe. Se reconoce, piensa, decide, ama, tiene voluntad y puede actuar libremente. Y por esta razón es que el hombre, a su vez, puede mirar su propia vida y decir: “yo hice esto”, “yo elegí aquello”, “yo me equivoqué”, “yo amo”, “yo creo”.

    Ese “yo” no es un accidente. Forma parte de aquello que nos distingue como personas.

    El Catecismo señala precisamente que el hombre, creado a imagen de Dios, posee dignidad de persona: no es solamente algo, sino alguien.

    Y cuanto más pienso en esa frase, más importante me parece. Porque las cosas pueden utilizarse, mientras las personas se encuentran. Las cosas pueden sustituirse. Las personas tienen identidad.

    Y si Dios me creó como alguien, ¿por qué mi meta espiritual tendría que consistir en dejar de serlo?

    Una libertad sin identidad no tiene sentido

    Una palabra que también suena mucho y que es constante en las corrientes New Age es: la libertad.

    Se habla de ella. Queremos ser libres para pensar, decidir, actuar, elegir nuestro camino y construir nuestra vida.

    Pero para que exista libertad primero tiene que existir alguien que sea libre. Un sujeto, una persona, un ser, un “yo”.

    Si ese yo termina disuelto en un gran todo, también comienza a perder sentido hablar de responsabilidad o de elección. ¿Quién decide? ¿Quién ama? ¿Quién se equivoca? ¿Quién responde por aquello que hizo?

    Si al final todos somos una misma conciencia universal, entonces nuestras diferencias personales comienzan a volverse una especie de ilusión.

    Y aquí aparece una contradicción que me resulta interesante. Hay espiritualidades que prometen una libertad absoluta, pero al mismo tiempo terminan debilitando aquello que hace posible la libertad: la persona.

    Y esto refleja lo que comentaba al principio. Las ideas, filosofías o espiritualidades New Age, en el intento de exaltar al hombre y su libertad, terminan diluyendo al “yo” dentro del mundo, perdiendo aquello que lo hace verdaderamente personal.

    Y entonces la libertad termina devorándose a sí misma.

    Querer ser absolutamente libre puede terminar esclavizándome

    Hay algo de nuestra época que me llama mucho la atención. Queremos libertad sin límites: poder decidir quién soy, qué soy, qué significa mi vida, qué está bien, qué está mal, cuál es mi verdad y cuál es mi realidad.

    Nuevamente, en apariencia eso coloca al hombre en la posición más elevada posible. Yo decido. Yo determino. Yo creo. Yo establezco los límites.

    Pero ¿realmente eso me hace más libre?

    Porque si todo depende de mí, también toda la carga termina sobre mí. Tengo que definirme, sostener mi identidad, construir mi propósito, crear mi realidad y establecer qué es verdad.

    Y de repente la libertad que parecía liberadora puede terminar convirtiéndose en una carga inmensa. ¿Has notado que en esta actualidad, donde toda esta variedad de espiritualidades te ofrece “independencia”, conocimiento de un “yo” y también “libertad”, es también una época en la que se habla mucho más de problemas de salud mental?

    No quiero afirmar con esto que una cosa sea causa directa de la otra. Pero sí me parece interesante preguntarnos si esta nueva “libertad” ofrecida por ciertas corrientes New Age realmente nos está haciendo más libres o si, por el contrario, puede llevarnos por un camino bastante escabroso.

    Y quizá sea porque nunca fuimos creados para inventarnos completamente desde cero.

    Yo no soy Dios

    Esto conecta directamente con lo que vimos en el capítulo anterior.

    Si soy criatura, mi libertad no es absoluta. Y decirlo puede sonar casi ofensivo para nuestra mentalidad actual. Pero es verdad.

    No elegí nacer. No elegí el tiempo histórico en el que llegué al mundo. No elegí muchas de las circunstancias que me rodearon. No puedo decidir simplemente dejar de ser limitado. No puedo evitar la enfermedad para siempre. No puedo evitar la muerte.

    Mi libertad existe dentro de una realidad que me precede. Y eso no la destruye. La sitúa.

    El problema comienza cuando entiendo libertad como la posibilidad de convertirme en mi propio absoluto. Entonces ya no quiero ser criatura. Quiero ocupar el lugar del Creador.

    Y quizá ahí comienza gran parte de nuestra confusión.

    No soy menos libre porque Dios exista

    Durante mucho tiempo se ha querido presentar la relación con Dios como una amenaza para la libertad. Si Dios manda, entonces yo no soy libre. Si existe una verdad moral, estoy limitado. Si existe una voluntad de Dios, entonces no puedo hacer lo que quiera.

    Pero creo que aquí confundimos libertad con ausencia de límites. Y no son lo mismo.

    Puedo ejercer mi libertad para destruirme. También puedo ejercerla para crecer. Puedo elegir algo que me esclavice o algo que me lleve hacia mi plenitud.

    La existencia de Dios no elimina mi libertad. La hace posible dentro de un sentido.

    Porque si Dios me creó libre, entonces incluso puedo decirle que no. Puedo alejarme, rechazarlo y hacer exactamente lo contrario de aquello que Él quiere.

    Y eso, paradójicamente, demuestra que realmente soy libre.

    Dios no me obliga a amarlo

    Esto me parece especialmente importante. Siendo Dios el Creador de toda la existencia, podría haber creado seres incapaces de rechazarlo. Y este es un punto interesante para comprender cómo es Dios con su creación: el hombre.

    Porque si el hombre hubiera sido creado para “obedecer ciegamente” su voluntad, no podríamos amarlo. Es precisamente la libertad de elección lo que nos lleva a amarlo o a rechazar su amor.

    Porque amar implica libertad. No puedo obligar a alguien a amarme. Puedo obligarlo a permanecer, presionarlo, controlarlo o retenerlo. Pero eso no es amor.

    Y quizá por eso Dios respeta tanto nuestra libertad, incluso cuando la utilizamos mal.

    Eso cambia mucho mi manera de entender mi relación con Él.

    No soy una pieza dentro de un mecanismo. No soy una extensión de Dios obligada a regresar a Él. No soy una gota destinada inevitablemente a perderse nuevamente en el océano.

    Soy alguien capaz de responder. Y también capaz de rechazar.

    La unión con Dios no elimina la distancia

    Llegamos a un punto que me parece fundamental.

    En muchas espiritualidades modernas, la meta parece consistir precisamente en eliminar toda diferencia: yo y el universo, yo y la divinidad, yo y el todo.

    Todo termina siendo una sola realidad. Como si la meta de esta nueva espiritualidad fuera vendernos una ilusión de libertad, pero que realmente me está guiando a la pérdida de mi identidad.

    Me está transformando de un “alguien” a un “algo” que termina desapareciendo en un supuesto “todo”.

    ¿Dónde quedo entonces yo al unirme a esa supuesta conciencia “cósmica” que algunos llaman “universo”?

    La fe cristiana propone algo completamente distinto.

    Nos habla de unión. No de una fusión que me lleva a desaparecer, sino de una comunión que me conecta con Dios, que me da sentido y me permite estar frente a Él y no absorbido en Él.

    Puedo estar profundamente unido a Dios sin convertirme en Dios. Y Él puede habitar en mí sin dejar de ser distinto de mí.

    Esto puede parecer una sutileza filosófica, pero cambia completamente la relación. Porque solo puede existir amor cuando hay dos: un “yo” y un “tú”.

    Si ambos desaparecen dentro de una sola conciencia, ya no existe realmente relación.

    Lo veo también en el matrimonio

    Tal vez por mi experiencia personal esto me resulta todavía más fácil de comprender desde el matrimonio.

    Cuando dos personas se aman, buscan unidad. Comparten una vida, proyectos, alegrías, dolores y decisiones. Incluso existe una expresión bíblica muy fuerte: “serán una sola carne”.

    Pero ninguno deja de ser quien es.

    Mi esposa no desaparece para convertirse en mí. Yo tampoco desaparezco para convertirme en ella. Seguimos siendo dos personas. Precisamente por eso podemos amarnos.

    Si uno absorbe al otro, aquello deja de ser unión y comienza a convertirse en una relación destructiva, donde invariablemente uno de los dos terminará desapareciendo, doblegando su personalidad a la del otro.

    El amor verdadero une sin borrar.

    Y quizá nuestra relación con Dios pueda entenderse, teniendo presentes sus respectivas diferencias, desde esa misma lógica.

    Dios no quiere absorberme. Quiere encontrarme.

    Mientras más me acerco a Dios, más debería reconocerme

    Aquí hay algo que me parece profundamente cristiano.

    La santidad no fabrica copias.

    Cuando observo la vida de los santos, no veo personas idénticas. Francisco de Asís no es Teresa de Ávila. Agustín no es Tomás de Aquino. Pedro no es Pablo.

    Cada uno conserva una historia, una personalidad, una sensibilidad, una manera de amar y de responder a Dios. Y, sin embargo, todos caminaron hacia Él.

    Eso me hace pensar que acercarme a Dios no debería eliminar mi identidad. Debería purificarla, ordenarla y llevarla a plenitud.

    Tal vez el pecado no es aquello que me hace más “yo”. Quizá sucede exactamente lo contrario.

    El pecado deforma aquello a lo que estoy destinado a llegar a ser. Y Dios no quiere destruir mi personalidad. Quiere liberarla de aquello que la esclaviza.

    Hay una frase que puede engañarnos: “sé tú mismo”

    Una pequeña frase que, si la oímos tomándola a la ligera, puede hacer que pase desapercibido su verdadero peso y significado. Y la escuchamos muchísimo:

    “Sé tú mismo”.

    Y parece un buen consejo. Como decía, suena muy intelectual y hasta filosófico. Pero puede caer rápidamente en una confusión si nos preguntamos: ¿qué versión de mí?

    Porque puedo ser yo mismo en mis virtudes. Y también en mis defectos.

    Puedo decir “así soy” y utilizar esa frase para justificar cualquier cosa: mi enojo, mi orgullo, mi egoísmo, mi falta de compromiso o mis heridas.

    Quien se encuentre o se haya encontrado en una relación tal vez podrá entender este sentido cuando, en alguna ocasión, haya escuchado de parte del otro frases como: “Así me conociste”, “Es mi esencia, no la pienso cambiar” o “Yo estoy bien, así he sido siempre”.

    Entonces “ser yo mismo” tampoco puede convertirse en una especie de absoluto.

    Tal vez la pregunta debería ser otra:

    ¿Quién estoy llamado a ser?

    Porque no todo lo que hay en mí merece conservarse. Hay cosas que necesitan sanar. Otras necesitan cambiar. Algunas deben morir.

    Pero no para que desaparezca mi “yo”, sino para que pueda aparecer con más claridad.

    Elegir a Dios no significa renunciar a mí

    Esta idea es tan simple que se vuelve compleja de entender hoy en día, cuando nos han vendido la individualidad como algo que debe prevalecer por encima del otro.

    Si elijo a Dios, ¿no estoy dejando de elegirme a mí?

    Creo que ahí está precisamente la paradoja.

    Cuando elijo aquello para lo que fui creado, no me pierdo. Me encuentro.

    Es parecido a cualquier realidad humana. Un músico no pierde su libertad cuando decide aprender música. Tiene que aceptar reglas, disciplina, práctica y límites. Pero precisamente dentro de ellos puede llegar a expresarse con libertad.

    Un matrimonio también asume compromisos que limitan ciertas opciones y, sin embargo, esos límites pueden abrir una forma mucho más profunda de libertad y amor.

    Quizá con Dios ocurra algo semejante.

    Su voluntad no es una cárcel construida para impedirme vivir. Es un camino que puede llevarme hacia aquello que realmente soy.

    El mundo me dice: invéntate

    Hay una idea que parece repetirse constantemente:

    “No dejes que nadie te diga quién eres”.

    Y entiendo lo que intenta expresar: no vivir esclavo de opiniones ajenas, no dejar que otros destruyan tu dignidad.

    Pero, llevada al extremo, aparece otra idea:

    “Tú decides completamente quién eres”.

    Y ahí ya me empiezan a saltar algunas dudas.

    Porque quizá mi identidad no sea algo que tengo que inventar completamente. Tal vez existe algo que tengo que descubrir.

    Si fui creado, entonces existe una intención anterior a mí: una naturaleza, un propósito, una llamada.

    Y tal vez gran parte de mi vida consiste precisamente en descubrirla.

    No fabricar una identidad desde cero, sino encontrar aquello para lo que fui creado.

    Y ciertamente, si lo piensas detenidamente, es imposible crear nuestra personalidad desde cero. ¿Por qué? Bueno, porque desde el momento en que nacemos comenzamos a aprender, a imitar y a educarnos desde una base: la familia.

    Podemos creer que nos reinventamos como si de una máquina se tratara. Nos “reseteamos”, nos “formateamos” y creemos que iniciaremos desde un principio puro y virgen para llenarlo de nuestras ideas.

    Pero no es así.

    Ya desde casa tenemos un criterio influido por lo que vivimos con nuestros padres. De adultos nos llegan a presentar pensamientos que vienen de otros y los aceptamos sin cuestionamiento —algunos pueden llamarle adoctrinamiento—. Pero realmente no nos dictamos desde cero el propósito de nuestro ser.

    Es a partir de estas condiciones y de nuestras propias experiencias que encontraremos “libremente” ese camino personal. Un camino que no puede darse si mi fin último es pensar que me “uniré” —fusionándome hasta desaparecer— con una entidad “universal” que terminará borrando mi existencia bajo la premisa de que mi individualidad debe desaparecer en ese ser mayor.

    La Nueva Era promete expansión, pero puede terminar diluyendo

    Creo que aquí comienza a verse con mayor claridad por qué estas ideas serán importantes cuando entremos en los próximos temas.

    La Nueva Era habla constantemente de expansión: expandir la conciencia, superar los límites, trascender la individualidad, fundirse con el universo y convertirse en uno con el todo.

    Y todo eso puede sonar como crecimiento.

    Pero quizá deberíamos detenernos antes de aceptar que desaparecer es crecer.

    Porque si para alcanzar una conciencia superior tengo que perder aquello que me hace persona, entonces la pregunta es inevitable:

    ¿Qué queda de mí?

    Tal vez hemos confundido trascender con disolver.

    Y no son lo mismo.

    Dios no me quiere menos “yo”

    Esta idea me gusta.

    Dios no quiere que yo sea menos yo. Quiere que sea un yo más libre, más verdadero, más capaz de amar, más consciente de aquello que hace, más responsable y más pleno.

    No quiere borrarme. Quiere salvarme.

    Y salvarme implica salvar también aquello que soy: mi historia, mi libertad, mi identidad, mi capacidad de amar e incluso mis heridas, cuando permito que sean sanadas.

    Eso me parece mucho más hermoso que imaginarme desapareciendo dentro de una conciencia cósmica.

    Tal vez perderme no sea el camino

    Después de toda esta reflexión, regreso a la pregunta del comienzo.

    ¿Tengo que perderme para encontrar a Dios?

    Creo que no.

    Tengo que perder ciertas cosas: mi orgullo, mi egoísmo, mi necesidad de controlarlo todo, mi pecado y tal vez incluso muchas ideas equivocadas que tengo sobre mí mismo.

    Pero no tengo que perder mi identidad.

    Porque fue Dios quien me la dio.

    La vida cristiana no consiste en desaparecer. Consiste en transformarse.

    Y transformación no significa dejar de ser.

    Significa llegar a ser plenamente aquello para lo que fui creado.

    Conclusión: puedo decir “yo” delante de Dios

    Quizá aquí esté una de las diferencias más profundas entre la espiritualidad cristiana y muchas de las ideas que comenzaremos a analizar en los siguientes capítulos.

    No necesito disolver mi “yo”. Necesito aprender a ponerlo delante de Dios, con sus aciertos, sus errores, sus heridas, sus deseos y su libertad.

    Y decir:

    “Aquí estoy”.

    No soy Dios y no necesito serlo. Tampoco necesito desaparecer dentro de Él.

    Soy una persona creada por Él. Distinta, libre, capaz de amar, capaz de elegir y capaz incluso de rechazarlo.

    Y precisamente por eso también capaz de entregarme libremente.

    Tal vez la verdadera unión con Dios no sea aquella donde dejo de existir. Tal vez sea aquella donde, delante de Él, finalmente comprendo quién soy.

    No un fragmento del universo, no una conciencia temporal, no una chispa destinada a regresar a un gran Todo.

    Soy yo.

    Delante de Dios.

    Y Él sigue siendo Dios.

    Quizá ahí comienza la verdadera libertad. Y también la verdadera relación.

    Cristo basta.


    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.


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