Hay una diferencia que durante mucho tiempo quizá hemos dado por sentada, pero que hoy ya no podemos suponer que todos entienden de la misma manera.
Decir “Jesús” no significa necesariamente que estemos hablando del mismo Jesús.
Lo descubrí con más claridad al avanzar en este capítulo del P. Gustavo Lombardo. Después de hablar de Dios, de su trascendencia, de su carácter personal y de la diferencia entre el Creador y la creación, el libro llega a un punto que en realidad era inevitable: si hemos deformado nuestra idea de Dios, tarde o temprano también terminaremos deformando nuestra idea de Jesucristo. Y eso es precisamente lo que el autor advierte antes de entrar en la Encarnación.
Porque Jesús sigue presente en nuestra cultura. Su nombre aparece en canciones, películas, frases, redes sociales y conversaciones espirituales. Incluso personas que no se consideran cristianas suelen hablar de Él con admiración.
El problema no está necesariamente en que Jesús desaparezca.
Tal vez está en que lo convertimos en otra cosa.
Un Jesús que todos pueden aceptar
Hay algo curioso: muchas personas que rechazan a la Iglesia no necesariamente rechazan a Jesús.
Dicen admirarlo.
Lo consideran un gran maestro, un hombre extraordinario, un revolucionario, un guía espiritual, un ejemplo de amor o alguien que alcanzó un nivel superior de conciencia.
Y a primera vista no parece haber nada malo en reconocer cosas buenas en Él.
El problema aparece cuando eso es todo.
Porque puedo llamar a Jesús maestro y no reconocerlo como Señor. Puedo admirar su mensaje y negar su divinidad. Puedo citar el Sermón de la Montaña, hablar del amor al prójimo y hasta utilizar sus palabras para construir una espiritualidad propia, mientras dejo de lado aquello que el cristianismo ha afirmado desde el principio:
Jesucristo es Dios hecho hombre.
- No un hombre que llegó a descubrir que era divino.
- No alguien que alcanzó una conciencia superior.
- No una manifestación temporal de una energía universal.
Dios hecho hombre.
Y esa diferencia cambia todo.
Quizá hemos hecho con Cristo lo mismo que hicimos con Dios
En los capítulos anteriores fui descubriendo cómo podemos conservar la palabra “Dios” mientras cambiamos poco a poco su significado.
Ahora me doy cuenta de que puede ocurrir exactamente lo mismo con Jesús.
- Conservamos su nombre.
- Conservamos algunas de sus frases.
- Conservamos imágenes suyas.
- Incluso podemos conservar cierta admiración por Él.
Pero quitamos aquello que resulta incómodo.
- Su divinidad.
- Su autoridad.
- El pecado.
- La conversión.
- La cruz.
- La necesidad de salvación.
Y de esa manera podemos terminar con un Jesús mucho más fácil de aceptar.
Un Jesús que inspira, pero no gobierna.
Que acompaña, pero no exige.
Que enseña, pero no tiene autoridad definitiva.
Que propone un camino, pero no es el Camino.
Y quizá ese Jesús sea atractivo precisamente porque no obliga a decidir demasiado.
La pregunta sigue siendo la misma
Mientras pensaba en esto recordé una de las preguntas más importantes del Evangelio.
Jesús pregunta a sus discípulos:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”
Esa pregunta no ha envejecido.
De hecho, quizá hoy sea más necesaria que nunca.
Porque puedo responder con palabras aprendidas. Puedo decir “el Hijo de Dios”, “el Salvador”, “el Señor”, porque así lo aprendí desde niño.
Pero también necesito preguntarme si realmente comprendo lo que estoy diciendo.
Porque si Jesús es verdaderamente Dios, entonces no puedo colocarlo al mismo nivel que cualquier otro maestro espiritual.
No puedo decir que Buda, Jesús, Krishna, Mahoma o cualquier otro personaje religioso simplemente expresaron diferentes formas de una misma conciencia espiritual.
Eso puede sonar respetuoso.
Incluso inclusivo.
Pero ya no es cristianismo.
Dios no envió simplemente a un mensajero
Aquí el capítulo del P. Lombardo comienza a entrar directamente en la Encarnación.
La Iglesia llama “Encarnación” al hecho de que el Hijo de Dios asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. No significa que Dios simplemente utilizó a un hombre o que habitó temporalmente dentro de él. Tampoco significa que Jesús fuera un hombre excepcionalmente cercano a Dios.
El Hijo eterno del Padre se hizo verdaderamente hombre.
Y mientras más pienso en esto, más entiendo por qué el cristianismo resulta tan difícil de acomodar dentro de una espiritualidad donde “todo es uno”.
Porque la Encarnación supone que Dios y el hombre no son lo mismo.
Si todos fuéramos divinos por naturaleza, ¿qué tendría de extraordinario que Jesús fuera Dios?
Si cada ser humano fuera una chispa de la misma divinidad, la Encarnación dejaría de ser un acontecimiento único.
Jesús sería simplemente alguien que descubrió antes que nosotros aquello que todos somos.
Pero eso no es lo que enseña la fe cristiana.
Jesús no descubrió que era Dios
Esta idea aparece con frecuencia en ciertos discursos espirituales modernos: Jesús habría sido un hombre que alcanzó una conciencia especial de su propia divinidad y que vino a enseñarnos que nosotros podemos hacer lo mismo.
Lo he visto expresado de muchas maneras.
A veces se habla de “conciencia crística”.
Otras veces de despertar espiritual.
Y se presenta a Jesús como una especie de modelo de iluminación interior.
El problema es que, si acepto esa idea, he cambiado completamente quién es Cristo.
Jesús ya no sería el Hijo eterno que asume nuestra naturaleza.
Sería un hombre que asciende espiritualmente hasta comprender que es divino.
Y la dirección es completamente distinta.
El cristianismo no afirma que un hombre llegó hasta Dios.
Afirma que Dios descendió hasta el hombre.
Ahí está una diferencia enorme.
Verdadero Dios y verdadero hombre
Este es uno de esos puntos donde la teología puede parecer complicada, pero en realidad protege algo muy sencillo.
La Iglesia enseña que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
No mitad Dios y mitad hombre.
No una mezcla.
No una especie de ser intermedio.
Verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.
El Catecismo, citado por el P. Lombardo, lo expresa con claridad: la Encarnación no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni una mezcla confusa de ambas cosas. Se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios.
Y aquí aparece una palabra que puede sonar demasiado teológica: unión hipostática.
Reconozco que no es una expresión que utilicemos normalmente en una conversación cotidiana.
Pero vale la pena conocerla.
Porque detrás de ese término está una verdad fundamental: en Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en una sola Persona.
La Persona del Hijo.
La Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
El libro insiste en que las naturalezas no se mezclan ni se destruyen; la unión se da en la Persona del Verbo. CAPITULO-02
No necesito convertirme en especialista en metafísica para comprender lo esencial.
Cuando Jesús tiene hambre, quien tiene hambre es el Hijo de Dios hecho hombre.
Cuando Jesús llora, quien llora es el Hijo.
Cuando toca al leproso, perdona los pecados, carga la cruz o muere, sigue siendo Él.
Dios verdaderamente entró en nuestra historia.
Eso cambia también la manera en que leo el Evangelio
Si Jesús fuera solamente un maestro espiritual, podría leer sus palabras como consejos.
Tomar algunos.
Dejar otros.
Quedarme con aquello que me ayuda.
Pero si Jesús es Dios hecho hombre, entonces cuando habla no estoy frente a una opinión espiritual más.
Y eso me confronta.
Porque es relativamente sencillo admirar a Jesús.
Mucho más difícil es obedecerlo.
Me gusta escuchar:
“Vengan a mí todos los que están cansados”.
Pero quizá no me resulte igual de cómodo escuchar:
“Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”.
Me gusta escuchar:
“Yo tampoco te condeno”.
Pero no siempre quiero llegar hasta:
“Vete y no peques más”.
Y entonces puedo caer en una tentación muy humana: construir un Jesús utilizando solamente las palabras que me gustan.
Pero si Cristo es Dios, no puedo editarlo.
Un Jesús reducido nunca podrá salvarme
Aquí creo que aparece una de las consecuencias más importantes.
Si convierto a Jesús solamente en maestro, ejemplo o guía, también cambio el sentido de la salvación.
Un maestro puede enseñarme.
Un filósofo puede hacerme pensar.
Un guía puede mostrarme un camino.
Pero ninguno de ellos puede salvarme del pecado.
Y entonces también la cruz cambia de significado.
Deja de ser el lugar donde el Hijo entrega su vida por nosotros y se convierte simplemente en un ejemplo de amor, una tragedia histórica o la consecuencia de enfrentarse al poder.
Todo eso puede contener parte de verdad.
Pero no alcanza.
Porque la cruz cristiana tiene sentido precisamente porque quien está allí no es solamente un hombre bueno.
Es el Hijo de Dios.
El mismo que asumió nuestra naturaleza para nuestra salvación.
La Nueva Era necesita reducir a Cristo
Mientras sigo leyendo el libro, entiendo mejor por qué el P. Lombardo afirma que Cristo es uno de los grandes olvidados y atacados dentro de la Nueva Era.
Y no necesariamente porque se elimine su nombre.
A veces sucede algo más inteligente.
Se lo incluye.
Pero se lo redefine.
Jesús puede entrar mientras sea maestro.
Mientras sea iluminado.
Mientras sea símbolo.
Mientras sea una manifestación más de lo divino.
Mientras no sea el único Salvador.
Porque cuando afirmo que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, ya no puedo colocarlo simplemente al lado de todas las demás figuras religiosas como una opción equivalente.
Y eso incomoda profundamente a una espiritualidad que necesita que todos los caminos sean finalmente iguales.
Aquí aparece una palabra difícil: único
Vivimos en una época donde afirmar que algo es único puede interpretarse inmediatamente como intolerancia.
Pero la fe cristiana no afirma la unicidad de Cristo porque desprecie a los demás.
La afirma porque cree algo concreto acerca de Él.
Si Jesús es Dios hecho hombre, entonces necesariamente ocupa un lugar distinto.
No porque los cristianos decidimos darle ese lugar.
Sino por quién es.
Al final de esta sección, el P. Lombardo recuerda precisamente esa verdad: Cristo posee naturaleza divina y humana en una sola Persona y es el único Salvador de los hombres. El capítulo termina con la afirmación de los Hechos de los Apóstoles de que no hay otro nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados.
Y aquí también tengo que preguntarme qué hago yo con esa afirmación.
Porque es fácil repetir:
“Cristo basta”.
Pero si realmente lo creo, entonces también debo aceptar que no necesito complementar a Cristo con otras salvaciones.
A veces quiero a Cristo y algo más
Tal vez aquí está una de las partes que más me confrontan personalmente.
No siempre dejamos a Cristo.
A veces simplemente sentimos que no basta.
- Cristo y astrología.
- Cristo y energías.
- Cristo y manifestación.
- Cristo y decretos.
- Cristo y otras espiritualidades.
- Cristo y cualquier otra cosa que nos ayude “por si acaso”.
Y así podemos terminar construyendo una especie de fe híbrida donde Jesús sigue estando presente, pero ya no ocupa realmente el centro.
Porque si necesito otra fuerza, otro conocimiento, otra técnica espiritual o una revelación paralela para completar aquello que Cristo supuestamente no me da, entonces quizá en el fondo todavía no creo que Él basta.
Y ahí la frase que da nombre a esta serie deja de ser un título bonito.
Se convierte en una pregunta.
¿Cristo basta para mí?
María también protege esta verdad
Hay un detalle del capítulo que podría parecer secundario, pero me parece muy significativo.
El P. Lombardo recuerda que la Iglesia llama a María Madre de Dios precisamente porque aquel que nació de ella no es una persona humana separada del Hijo eterno.
El hijo de María es el Hijo eterno del Padre hecho hombre.
Y entonces entiendo mejor por qué esta expresión mariana es mucho más que una devoción.
Cuando decimos “Madre de Dios” estamos protegiendo una verdad sobre Cristo.
No afirmamos que María exista antes que Dios o que sea origen de su divinidad.
Afirmamos que el hijo que llevó en su vientre es verdaderamente Dios.
Otra vez todo vuelve a Jesús.
Incluso cuando hablamos de María.
El cristianismo depende de esta pregunta
Puedo equivocarme en muchas cosas secundarias y seguir siendo cristiano.
Pero no puedo quitar a Cristo del centro y conservar intacta la fe.
Si Jesús no es Dios hecho hombre, el cristianismo cambia completamente.
- La Encarnación pierde sentido.
- La cruz cambia.
- La Resurrección cambia.
- La Eucaristía cambia.
- La salvación cambia.
Incluso la oración cambia.
Porque entonces ya no estoy encontrándome con Dios que vino hasta mí.
Estoy siguiendo simplemente a otro maestro religioso.
Y creo que por eso esta cuestión no puede reducirse a una discusión teológica.
Es mucho más personal.
¿Quién es Jesús para mí?
Al final, la pregunta regresa.
No qué dice el mundo.
No qué afirma la Nueva Era.
Ni siquiera qué aprendí de memoria en el catecismo.
¿Quién es Jesús para mí?
¿Es alguien a quien admiro?
¿Un maestro cuyas frases comparto?
¿Alguien al que recurro cuando estoy en problemas?
¿O realmente es mi Señor?
Porque si es Dios hecho hombre, entonces mi relación con Él no puede limitarse a admirarlo.
Tengo que decidir si le creo.
Si confío.
Si lo sigo.
Si acepto incluso aquello que me cuesta.
Y probablemente ahí está la diferencia entre tener simpatía por Jesús y tener fe en Cristo.
Conclusión: no quiero reducir a Cristo para hacerlo más cómodo
Creo que este es uno de los riesgos de nuestro tiempo.
No necesariamente eliminar a Jesucristo.
Reducirlo.
Hacerlo suficientemente amplio para que todos puedan aceptarlo, pero quitándole precisamente aquello que lo hace único.
Un Jesús sin divinidad.
- Sin autoridad.
- Sin cruz.
- Sin pecado que perdonar.
- Sin salvación que ofrecer.
Un maestro admirable, pero nada más.
Y ese Jesús quizá pueda convivir perfectamente con cualquier espiritualidad.
Pero no es el Cristo de la fe.
Yo no necesito solamente un maestro que me diga cómo vivir mejor.
Necesito a quien pueda salvarme.
No necesito descubrir que soy divino.
Necesito que Dios venga a buscarme.
No necesito elevarme hasta Él mediante una técnica.
Él descendió hasta mí.
Se hizo hombre.
Entró en nuestra historia.
- Tuvo un rostro.
- Un cuerpo.
- Una voz.
- Una cruz.
- Y resucitó.
Jesucristo no es simplemente una manifestación más de lo divino.
Es Dios hecho hombre.
Y si Él es quien dice ser, entonces no necesito buscar otro Salvador.
Cristo basta.
Gonzalo Sotelo | Laico
Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.

