Cristo Basta: La verdad no se negocia

    Cristo Basta: La verdad no se negocia

    La verdad no se negocia: fe católica frente a la posverdad espiritual

    Hasta aquí hemos analizado y reflexionado temas de interés espiritual. No todo lo espiritual viene directamente de Dios. El mundo espiritual tiene muchos matices, luces y sombras que si no son llevadas con verdadero discernimiento, fácilmente nos puede confundir y alejar de la verdad que es y está en Dios.

    Para muchos de los lectores, no será un tema cómodo. La verdad raramente lo es. La verdad debe ser un detonante al despertar de la verdadera conciencia del hombre: Dios.

    Esta verdad que trataré de expresar nos confrontará a una pregunta que tal vez hemos ido esquivando: ¿Rrealmente amo la verdad o solo busco aquello que confirma lo que quiero creer?

    Anteriormente nuestro analisis reflexivo se basó en el libro del padre Enrique Alegría: "Fe como un grano de mostaza" (Mt 17,20) -El problema de los maleficios y su solución- Una continuación práctica y conservando el mismo sentido de esta serie, se da con el libro del padre Gustavo Lombardo IVE "De espaldas a Dios". Me queda claro que no se puede entrar seriamente al tema de la Nueva Era, el yoga, el mindfulness, el reiki o las espiritualidades posmodernas si antes no se toca una raíz más profunda: la relación del hombre con la verdad.

    Porque el problema no empieza cuando alguien compra cuarzos, consulta el tarot, habla del universo, cree en energías o busca una espiritualidad sin Iglesia. Muchas veces el problema empezó antes, en un lugar más silencioso: cuando dejamos de preguntarnos si algo era verdadero.

    Ese es, quizá, uno de los grandes dramas de nuestro tiempo.

    Ya no preguntamos primero: “¿esto es verdad?”.
    Preguntamos: 

    • “¿esto me sirve?”.
    • “¿Esto me da paz?”.
    • “¿Esto me hace sentir bien?”.
    • “¿Esto me ayuda a sanar?”.
    • “¿Esto me permite seguir adelante?”.
    • “¿Esto conecta conmigo?”.

    Y claro que el dolor importa. Claro que la paz importa. Claro que la sanación importa. Pero para un católico ninguna de esas cosas puede separarse de la verdad.

    Y esto es porque sin la verdad:

    1. La paz puede ser solo anestecia.
    2. Una sanación puede ser solo un autoengaño.
    3. Una espiritualidad sin verdad puede convertirse en una forma elegante de alejarse de Dios.

    Antes de hablar de la Nueva Era, hay que hablar de la verdad

    Me parece muy significativo que el P. Lombardo no comience directamente con una lista de prácticas peligrosas. No empieza diciendo: “esto sí, esto no”. Antes de entrar a los temas más concretos, comienza por la verdad, por Dios y por el hombre.

    Ese orden es importante.

    Porque si no sé qué es la verdad, cualquier mentira bien presentada me puede parecer luz.

    Si no sé quién es Dios, puedo terminar llamando “Dios” a una energía.

    Si no sé quién es el hombre, puedo terminar creyendo que el hombre es divino por naturaleza.

    Si no sé qué es la gracia, puedo cambiarla por vibración.

    Si no sé qué es la oración, puedo confundirla con decreto.

    Si no sé qué es el pecado, puedo disfrazarlo de bloqueo, sombra o baja frecuencia.

    Por eso creo que este capítulo de nuestra serie *Cristo basta* tenía que detenerse aquí.

    Antes de señalar prácticas, hay que revisar el corazón.

    Antes de hablar de errores externos, hay que preguntarnos si todavía queremos ser corregidos por la verdad.

    Porque quien no quiere verdad, tarde o temprano buscará una espiritualidad que no le exija conversión. Una moda que puede convertirse en convicción, fanatismo, un candado o muro que no permita más la entrada a la verdad.

    “Cada quien tiene su verdad”: una frase cómoda, pero peligrosa

    Pocas frases resumen tan bien la confusión moderna como esta: “cada quien tiene su verdad”.

    Suena amable. Suena tolerante. Suena respetuosa. Pero pensada con seriedad, es una frase que rompe la inteligencia. Es en términos sencillos, el camino fácil de quien no esta ocupado de encontrarse con la verdad. Es tentador como salida "diplomatica" para no discutir, no pelear, no defender. Pero el costo puede ser muy alto para uno mismo y para los demás.

    Porque si cada quien tiene su verdad, entonces ya no existe la verdad. Existen opiniones, emociones, percepciones, heridas, preferencias, historias personales. Todo eso puede tener un peso humano, pero no todo eso es verdad.

    La verdad no nace porque yo la sienta.
    La verdad no cambia porque me incomode.
    La verdad no desaparece porque mi época la rechace.
    La verdad no se vuelve falsa porque yo no quiera obedecerla.

    Y aquí está uno de los puntos más duros para el hombre moderno: la verdad no depende de mi deseo.

    Esta es una idea que, como católico, me parece urgente recuperar. Porque mucho del pensamiento actual ha convertido la experiencia personal en juez absoluto. “Yo lo viví así”. “Yo lo siento así”. “A mí me funciona”. “A mí me da paz”. “Yo no lo hago con mala intención”.

    Pero la intención no convierte en verdadero lo que es falso.

    Y la emoción no convierte en católico lo que contradice la fe.

    La verdad está unida a la realidad

    Hay una idea filosófica que puede parecer complicada, pero es profundamente sencilla: la verdad está unida a la realidad.

    Es decir, la verdad no la invento. La descubro. No la fabrico desde mis emociones. La reconozco en aquello que es.

    Esto parece obvio, pero hoy ya no lo es.

    Vivimos en un tiempo donde muchas personas quieren que la realidad se acomode a su pensamiento. Si algo me duele, lo niego. Si algo me contradice, lo reinterpretó. Si algo me exige, lo llamo violencia. Si algo me pide conversión, lo llamo culpa tóxica. Si algo me recuerda el pecado, lo llamo represión religiosa.

    Pero el cristianismo no nos invita a huir de la realidad.

    Nos invita a mirarla con más profundidad. La fe no destruye la razón. La ilumina.
    La fe no niega la realidad. La eleva.

    La fe no le dice al hombre: “cree cualquier cosa”. Le dice: “busca la verdad, porque la verdad te conduce a Dios”.

    Por eso una espiritualidad que se separa de la realidad termina siendo peligrosa. Puede sonar bonita, puede traer palabras agradables, puede hablar de luz, paz y sanación, pero si niega el pecado, si niega la cruz, si niega la necesidad de gracia, si niega la Revelación, si niega que Cristo es el único Salvador, entonces no está llevando al hombre a la verdad.

    Lo está alejando de ella.

    La posverdad también entró en lo espiritual

    Cuando hablamos de posverdad, normalmente pensamos en política, noticias falsas, manipulación mediática o redes sociales. Pero creo que también existe una posverdad espiritual.

    La posverdad espiritual ocurre cuando ya no busco lo que Dios ha revelado, sino lo que calma mi emoción.

    • No busco doctrina. Busco validación.
    • No busco conversión. Busco bienestar.
    • No busco obedecer. Busco justificarme.
    • No busco una verdad que me salve. Busco una espiritualidad que me deje seguir igual.

    Y eso es muy delicado, porque puede suceder incluso dentro de personas que se siguen considerando católicas. Y si, no solo en los laicos que asisten los domingos a misa, o en días marcados en el calendario. Sucede a todos los niveles de la iglesia: laicos, sacerdotes, obispos, órdenes religiosas, etc. 

    • Una persona puede decir que cree en Dios, pero entender a Dios como energía.
    • Puede decir que ora, pero en realidad decreta.
    • Puede decir que tiene fe, pero vive dependiendo del horóscopo.
    • Puede decir que busca sanación, pero rechaza la confesión.
    • Puede decir que ama a Cristo, pero lo coloca al lado de cualquier maestro espiritual.
    • Puede decir que no abandona la Iglesia, pero empieza a construir una religión a su medida.

    Ese es el peligro de la posverdad espiritual: no siempre niega a Cristo de frente. A veces lo reinterpreta hasta vaciarlo. Cristo deja de ser Señor y se convierte en símbolo.

    La gracia deja de ser don de Dios y se convierte en energía.

    El pecado deja de ser ruptura con Dios y se convierte en bloqueo.

    La oración deja de ser diálogo con el Padre y se convierte en técnica para atraer deseos.

    La cruz deja de ser camino de redención y se convierte en algo que hay que evitar a toda costa.

    Y así, sin darnos cuenta, podemos terminar usando palabras cristianas con contenido no cristiano.

    El alma también se alimenta

    Me parece muy fuerte una pregunta que nace de esta reflexión: ¿con qué estamos alimentando el alma?

    Cuidamos el cuerpo. Revisamos lo que comemos. Buscamos descansar. Nos preocupa la salud física. Y está bien. Pero pocas veces pensamos en el alimento de la inteligencia y del alma.

    • ¿Qué vemos?
    • ¿Qué escuchamos?
    • ¿Qué leemos?
    • ¿Qué creemos?
    • ¿Qué repetimos?
    • ¿Qué cuentas seguimos?
    • ¿Qué ideas dejamos entrar en casa?
    • ¿Qué tipo de “espiritualidad” estamos consumiendo?
    • ¿Qué contenidos dejamos que formen a nuestros hijos?

    Porque el alma también se enferma cuando se alimenta de mentira.

    Una inteligencia alimentada por relativismo empieza a perder firmeza.

    Una conciencia alimentada por superstición empieza a vivir con miedo.

    Una fe alimentada por Nueva Era empieza a ver la gracia como energía.

    Un corazón alimentado por falsa espiritualidad empieza a preferir lo cómodo antes que lo verdadero.

    Y aquí hay que ser muy honestos: muchas veces no estamos confundidos porque nadie nos explicó la fe, sino porque hemos alimentado más nuestra mente con el mundo que con la verdad de Cristo.

    Nos formamos más por frases de redes que por el Catecismo.

    Más por testimonios virales que por la Escritura.

    Más por emociones que por doctrina.

    Más por influencers espirituales que por el Magisterio de la Iglesia.

    Más por lo que “se siente bonito” que por lo que salva.

    Y después nos extraña estar confundidos.

    Amar la verdad implica rechazar el error

    Este punto puede incomodar, pero hay que decirlo: amar la verdad implica rechazar el error.

    No rechazar a la persona.

    No despreciar a quien piensa distinto.

    No humillar a quien se equivoca.

    No burlarse de quien cayó en una práctica equivocada.

    Pero sí rechazar el error.

    Hoy parece que cualquier corrección es falta de amor. Como si amar fuera aceptar todo, callar todo, permitir todo, validar todo. Pero eso no es caridad cristiana.

    Si yo veo a alguien caminar hacia un barranco y me quedo callado para no incomodarlo, no lo estoy amando.

    Si veo a un católico mezclando su fe con prácticas contrarias al Evangelio y no digo nada por quedar bien, no lo estoy ayudando.

    Si veo que una persona llama “Dios” a algo que no es Dios, y “gracia” a algo que no es gracia, y “oración” a algo que no es oración, entonces mi silencio puede volverse complicidad.

    La verdad debe decirse con mansedumbre, sí.

    Con prudencia, sí.

    Con humildad, sí.

    Con caridad, siempre.

    Pero debe decirse.

    Porque una caridad sin verdad termina siendo sentimentalismo.

    Y una verdad sin caridad puede volverse dureza.

    El católico necesita ambas: claridad y misericordia.

    No escribimos contra personas, sino contra errores

    Quiero detenerme aquí porque me parece importante para esta serie.

    Cuando hablamos de Nueva Era, ocultismo, yoga, mindfulness, reiki, decretos, energías, tarot, astrología o falsas espiritualidades, no escribimos contra personas.

    Escribimos contra errores que pueden dañar a las personas.

    Esto debe quedar claro.

    Muchos han llegado a estas prácticas por dolor. Otros por miedo. Otros por heridas familiares. Otros por ansiedad. Otros porque buscaban respuestas y encontraron primero la voz equivocada. Otros porque nadie les enseñó la riqueza de la fe católica. Otros porque se les presentó todo como inofensivo, terapéutico o compatible con Dios.

    Yo no puedo mirar eso con soberbia. Y quien me conoce, sabe lo que me cuesta...

    Pero también soy una persona en camino. También necesito conversión. También tengo que revisar mis propias cegueras. También sé lo fácil que es justificar lo que uno desea.

    Pero precisamente por eso hay que hablar.

    Porque si Cristo basta, entonces no podemos quedarnos callados cuando se ofrecen sustitutos de Cristo.

    No podemos llamar luz a cualquier cosa.

    No podemos llamar paz a cualquier anestesia.

    No podemos llamar sanación a cualquier técnica.

    No podemos llamar verdad a cualquier emoción.

    ## La verdad no se impone con gritos

    Defender la verdad no significa gritar más fuerte.

    La verdad cristiana no necesita soberbia para ser firme. No necesita insultos. No necesita burlas. No necesita humillar al que está confundido.

    De hecho, si la verdad que decimos no tiene caridad, puede cerrar puertas que deberían abrirse.
    Si navegas por internet, específicamente por redes sociales o streamings. Conocerás a más de uno de estos casos:

    • Sacerdotes que hablan del evangelio pero con pequeñas dosis de sarcasmo que evitan que las héridas de quienes oyen, terminen de sanar y prefieren mantenerse en el error.
    • Influencers conversos que hablan de las maravillas de su conversión, pero buscan retos contra anticatolicos o distintas denominaciones. Combaten, mantienen la rivalidad aún cuando dicen hablar del evangelio, pero con espada desenvainada.
    • Católicos "tradicionalistas", se sienten dueños de la verdad y juzgan a otros en lugar de mostrarles el evangelio desde el amor y la caridad. Mal informados y cegados a veces no por la fe, sino por la admiración (fanatismo) hacia personajes que suenan mucho como autoridades de la iglesia. Sin discernimiento, sin conocimiento, sin amor por la verdad que es Cristo.
    • Ingorantes con voz. El caso de tantas pesonalidades que con el fin de buscar en el nicho del catolicismo, arman sus redes a modo de querer ligar esoterismo con espiritualidad. Diluir la religiosidad y lo sacro en el océano de diversdidades que ofrece precisamente la New Age.

    Pero tampoco podemos caer en el extremo contrario: callar para no incomodar.

    Hay momentos en los que el silencio es prudencia. Pero hay otros en los que el silencio es miedo.

    Y creo que este tema exige hablar.

    • Hablar con respeto, pero hablar.
    • Hablar con fundamento, pero hablar.
    • Hablar con amor, pero hablar.
    • Hablar desde la fe de la Iglesia, no desde ocurrencias personales.
    • Hablar desde la razón, no desde el morbo.
    • Hablar desde la esperanza, no desde el miedo.

    Porque el católico no puede formar su conciencia con frases bonitas y espiritualidades mezcladas. Necesita verdad. Necesita doctrina. Necesita Evangelio. Necesita sacramentos. Necesita saber quién es Cristo y quién es él delante de Dios.

    Cristo no es una verdad entre muchas

    Aquí está el centro.

    Para el cristiano, la verdad no es solamente una idea correcta. La Verdad es una Persona.

    Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

    No dijo: “yo soy una opción espiritual entre otras”.

    No dijo: “yo soy una energía elevada”.

    No dijo: “yo soy un maestro más”.

    No dijo: “yo soy una manifestación del universo”.

    Cristo es la Verdad.

    Y si Cristo es la Verdad, entonces no puedo ponerlo en el mismo estante donde coloco cualquier enseñanza espiritual que me agrade.

    No puedo tomar una frase del Evangelio, una idea de la Nueva Era, una práctica ocultista, una técnica de manifestación, una creencia oriental, un poco de psicología mal entendida y decir: “todo es lo mismo”.

    No lo es.

    Cristo no se mezcla.

    Cristo se sigue.

    Cristo no necesita ser completado.

    Cristo necesita ser obedecido.

    Cristo no viene a confirmar todos mis deseos.

    Viene a salvarme.

    Y para salvarme, también me corrige.

    La mentira espiritual desplaza lentamente a Cristo

    La mentira espiritual rara vez entra diciendo: “abandona a Jesús”.

    Entra de forma más sutil.

    “Todas las religiones dicen lo mismo”.

    “Lo importante es que seas buena persona”.

    “Dios es energía”.

    “El universo escucha tus decretos”.

    “No hay pecado, solo aprendizaje”.

    “Todo depende de tu vibración”.

    “Lo que te da paz viene de Dios”.

    “Tú tienes tu propia verdad”.

    “Cristo fue un maestro iluminado”.

    “Puedes combinarlo, mientras lo hagas con buena intención”.

    Y así, poco a poco, Cristo deja de ocupar el centro.

    Ya no es el Señor. Es parte del sistema. Ya no es Salvador, lo hacemos un mero símbolo. Deja de ser la verdad para convertirlo solamente en una inspiración. Un personaje más como los que vemos en el cine, inspiran, si. Pero solo hasta que llega otro personaje con una mejor producción.

    Ya no es el Hijo de Dios encarnado. Es una figura espiritual útil. Y como tal, es suplantable, modificable a la moda actual. Deja de ser inmutable para ser solo un producto más en el mercado de la espiritualidad superficial.

    Esta es la tragedia: no siempre se pierde la fe por odio a Cristo. A veces se pierde por mezcla, por ignorancia, por comodidad, por falta de formación y por una falsa tolerancia que termina diluyendo todo.

    Volver a llamar las cosas por su nombre

    Creo que una de las tareas más urgentes para los católicos de hoy es recuperar el lenguaje de la fe.

    1. Decir Dios cuando hablamos de Dios.
    2. Decir gracia cuando hablamos de gracia.
    3. Decir pecado cuando hablamos de pecado.
    4. Decir oración cuando hablamos de oración.
    5. Decir superstición cuando hablamos de superstición.
    6. Decir idolatría cuando hablamos de idolatría.
    7. Decir verdad cuando hablamos de verdad.

    No para vivir golpeando a otros con palabras duras, sino para no perdernos en palabras bonitas.

    Porque cuando el lenguaje se corrompe, la conciencia se confunde.

    Y cuando la conciencia se confunde, el alma queda expuesta.

    Si todo es energía, ya no necesito gracia.

    Si todo es aprendizaje, ya no necesito perdón.

    Si todo es camino, ya no necesito Iglesia.

    Si todo es espiritualidad, ya no necesito doctrina.

    Si todo es verdad personal, ya no necesito a Cristo como Verdad.

    Por eso la verdad no se negocia.

    No porque seamos cerrados.

    Sino porque Cristo no es negociable.

    Una fe sin verdad termina siendo una fe sin Cristo

    Esta frase resume mucho de lo que quiero decir.

    Una fe sin verdad termina siendo una fe sin Cristo.

    Puede conservar palabras religiosas.

    Puede conservar imágenes.

    Puede conservar emociones.

    Puede conservar música, frases, símbolos y buenos deseos.

    Pero si pierde la verdad, pierde el centro.

    Y si pierde el centro, Cristo se vuelve accesorio.

    Creo que por eso este capítulo es tan importante para nuestra serie. Porque antes de hablar de prácticas concretas, necesitamos saber desde dónde vamos a discernir.

    1. No vamos a discernir desde el miedo.
    2. No vamos a discernir desde el prejuicio.
    3. No vamos a discernir desde la moda.
    4. No vamos a discernir desde lo que “a mí me funciona”.

    Vamos a discernir desde Cristo.

    • Desde la verdad revelada.
    • Desde la fe de la Iglesia.
    • Desde la razón iluminada por la gracia.
    • Desde una conciencia que no quiere acomodar a Dios a su gusto, sino dejarse convertir por Él.

    Conclusión: amar la verdad aunque incomode

    La verdad no siempre es cómoda.

    A veces nos corrige.

    A veces nos desinstala.

    A veces nos obliga a reconocer que estábamos equivocados.

    A veces nos pide renunciar a algo que nos gustaba.

    A veces nos muestra que una práctica que parecía inofensiva no era compatible con nuestra fe.

    A veces nos hace ver que habíamos mezclado a Cristo con cosas que no venían de Él.

    Pero la verdad no nos hiere para destruirnos.

    Nos hiere como luz que despierta.

    Nos incomoda para liberarnos.

    Nos corrige para llevarnos de vuelta a Dios.

    Por eso, antes de seguir avanzando en esta serie, quiero dejar esta base clara:

    • La verdad existe.
    • La verdad importa.
    • La verdad no depende de mi emoción.
    • La verdad no se acomoda a mi deseo.
    • La verdad no cambia porque mi época la niegue.
    • La verdad no se negocia.

    Y para nosotros, los católicos, la Verdad tiene rostro, nombre y cruz:

    Jesucristo.

    Cristo basta.

    Y si Cristo basta, entonces no necesitamos una espiritualidad hecha a nuestra medida.

    Necesitamos una fe rendida a la verdad.

     

    Gonzalo Sotelo | Laico
    Artículo inspirado en el libro De espaldas a Dios, del P. Gustavo Lombardo, IVE.
     


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