Se acerca el 31 de octubre y, casi como sucede cada año, en las comunidades católicas vuelve a aparecer la misma discusión.
Unos aseguran que ningún católico debería celebrar Halloween porque se trata de una festividad pagana relacionada con la brujería, el ocultismo y el demonio. Otros responden que no hay nada malo en que un niño se disfrace, salga con sus amigos y regrese a casa con una bolsa llena de dulces.
En medio quedan muchos padres de familia preguntándose algo bastante más sencillo:
¿Qué debemos hacer?
Porque una cosa es leer discusiones en redes sociales y otra muy diferente tener enfrente a un niño que solamente quiere disfrazarse de superhéroe porque todos sus compañeros saldrán esa noche.
Entonces comienzan también las acusaciones.
Si permites Halloween, algunos dirán que estás abriendo las puertas de tu casa al demonio.
Si decides no celebrarlo, otros pensarán que eres un fanático religioso que ve satanismo detrás de cualquier calabaza.
Y quizá antes de tomar partido convendría hacer algo que muchas veces olvidamos hacer cuando discutimos sobre nuestra fe:
conocer primero aquello de lo que estamos hablando.
Porque Halloween tiene una historia bastante más compleja de lo que suelen afirmar tanto sus defensores como sus detractores.
Empecemos por el nombre
Una de las primeras sorpresas aparece simplemente al preguntarnos qué significa Halloween.
No significa “noche de brujas”.
La palabra procede de All Hallows’ Eve, es decir, la víspera de Todos los Santos.
Hallow era una manera antigua de referirse a un santo, y la expresión terminó abreviándose con el paso del tiempo hasta convertirse en Halloween. Ya hacia finales de la Edad Media existen registros de expresiones equivalentes para referirse a la noche anterior a la celebración de Todos los Santos.
Eso no significa que todo lo que hoy llamamos Halloween sea cristiano.
Pero sí obliga a matizar una afirmación que repetimos con demasiada facilidad: decir que Halloween nació simplemente como una fiesta satánica tampoco corresponde con lo que conocemos históricamente.
Mucho antes existía entre los pueblos celtas la celebración de Samhain, relacionada con el final de las cosechas y el comienzo de la estación oscura del año. En aquellas tradiciones también aparecían creencias acerca de una mayor cercanía entre el mundo de los vivos y el de los espíritus. Con el paso de los siglos, algunas costumbres populares asociadas a esas fechas coexistieron y terminaron mezclándose con celebraciones cristianas.
Al mismo tiempo, la Iglesia fue consolidando la celebración de Todos los Santos el 1 de noviembre y posteriormente la conmemoración de los Fieles Difuntos el día 2. En Europa también aparecieron costumbres como visitar hogares ofreciendo oraciones por los difuntos y recibir alimentos a cambio, una práctica que algunos historiadores consideran parte de los antecedentes remotos de lo que terminaría transformándose en pedir dulces de casa en casa.
Hasta aquí ya tenemos algo bastante distinto de la historia simplificada que muchas veces circula en internet.
- Tenemos antiguas costumbres celtas.
- Tenemos una vigilia cristiana.
- Tenemos prácticas medievales relacionadas con los difuntos.
- Tenemos migración irlandesa.
Y todavía falta algo que quizá sea mucho más importante para entender el Halloween que hoy conocemos:
Estados Unidos y la mercadotecnia.
La fiesta que terminó vendiéndose a sí misma
El Halloween contemporáneo no es exactamente el Samhain de los antiguos celtas ni tampoco la antigua víspera cristiana de Todos los Santos.
Es otra cosa.
Cuando las tradiciones irlandesas y escocesas llegaron a Norteamérica durante el siglo XIX, comenzaron a mezclarse con otras prácticas culturales. Las máscaras cambiaron. Los antiguos nabos tallados terminaron sustituyéndose por calabazas, que eran mucho más abundantes en América. Las visitas entre vecinos se transformaron y, con el tiempo, aquello comenzó a convertirse en una celebración popular cada vez más secularizada.
Después llegó el comercio.
- Disfraces.
- Decoraciones.
- Películas.
- Dulces.
- Fiestas.
- Casas embrujadas.
- Series especiales.
- Publicidad.
Productos que solamente pueden venderse durante unas cuantas semanas al año.
Y Halloween terminó convertido en una enorme temporada comercial.
Y quizá ese sea uno de los puntos que más deberíamos analizar como familias católicas.
Porque a veces discutimos apasionadamente sobre si una calabaza tiene raíces paganas mientras aceptamos sin ninguna reflexión todo aquello que la industria decide vendernos alrededor del 31 de octubre.
Tal vez el problema no esté siempre en la calabaza.
Puede estar en aquello que estamos normalizando alrededor de ella.
Entonces, ¿un niño disfrazado está haciendo algo malo?
Aquí es donde las respuestas comienzan a diferir incluso entre sacerdotes católicos.
Y me parece sano reconocerlo.
El padre Vincent Lampert, sacerdote y exorcista de la Arquidiócesis de Indianápolis, explicó que el problema no está automáticamente en los dulces o en que un niño utilice un disfraz. Para él, un pequeño disfrazado de vaquero o de Cenicienta que recorre su vecindario puede estar simplemente participando en una diversión inocente. El peligro comienza cuando la celebración glorifica deliberadamente el mal, la brujería o aquello que pretende desplazar a Dios.
El padre Mario Arroyo ha ido incluso un poco más lejos y considera innecesario “satanizar” toda celebración de Halloween. Su propuesta es recuperar y dar mayor importancia a la víspera de Todos los Santos sin convertir cada disfraz o cada dulce en una batalla espiritual.
El padre José Antonio Fortea propone algo semejante: sentido común. No considera demoníaco que unos niños participen de una celebración escolar inocente, pero distingue claramente eso de la evolución contemporánea hacia disfraces cada vez más violentos, sangrientos o vinculados explícitamente con la brujería.
Esto es importante.
Porque podemos imaginar dos escenas completamente distintas y llamarlas a ambas “Halloween”.
- En una, un niño se disfraza de astronauta, Batman, princesa, dinosaurio o bombero. Sale acompañado por sus padres, visita algunas casas, recibe caramelos y regresa feliz.
- En otra, adolescentes o adultos participan deliberadamente en sesiones espiritistas, invocaciones, rituales, adivinación, ouija o prácticas relacionadas con magia y ocultismo.
¿Realmente podemos afirmar que las dos situaciones son moralmente idénticas?
Evidentemente no.
Y aquí sí tenemos una enseñanza católica bastante clara.
Lo que para un católico sí debería estar fuera de discusión
El Catecismo no contiene un número dedicado a decir: “Halloween está prohibido”.
Pero sí habla claramente de aquello que un católico no debería practicar ningún día del año.
- La adivinación.
- La evocación de muertos.
- La consulta a médiums.
- La astrología entendida como medio para descubrir o controlar el futuro.
- La magia.
- La hechicería.
- El espiritismo.
- La invocación de poderes ocultos.
El Catecismo enseña expresamente que esas prácticas contradicen el honor y la confianza que debemos solamente a Dios. También advierte contra la superstición, que puede deformar incluso una práctica religiosa cuando comenzamos a atribuir poderes mágicos a objetos, fórmulas o gestos.
Eso significa algo importante.
El problema moral no aparece mágicamente porque el calendario diga “31 de octubre”.
Una sesión de ouija sigue siendo contraria a la fe católica el 31 de octubre, el 12 de marzo o el 5 de junio.
Una consulta a un brujo no deja de estar mal porque se haga en otro mes.
Y un niño vestido de bombero no se convierte automáticamente en ocultista porque lleve una bolsa de dulces la noche de Halloween.
Aquí necesitamos discernimiento.
No miedo.
Pero tampoco deberíamos ser ingenuos
Ahora bien, evitar el fanatismo no significa caer en el extremo contrario.
Sería ingenuo afirmar que todo lo asociado actualmente con Halloween es moralmente neutro.
Parte de la estética contemporánea sí ha desarrollado una fascinación cada vez mayor por lo macabro, la violencia, el demonismo, la mutilación, la sangre y determinadas representaciones del mal.
Algunos padres podrían sentirse perfectamente tranquilos permitiendo que su hijo se disfrace de personaje de dibujos animados, pero bastante incómodos si les pide vestirse deliberadamente como una representación demoníaca.
Y esa diferencia no tiene por qué provenir del miedo.
Puede provenir simplemente de la educación.
Los padres seleccionamos continuamente los símbolos, contenidos y comportamientos que queremos normalizar en nuestros hijos.
- Decidimos qué películas pueden ver.
- Qué videojuegos consideramos apropiados.
- Qué lenguaje corregimos.
- Qué actitudes permitimos.
- Qué contenidos todavía no corresponden a su edad.
¿Por qué deberíamos suspender ese discernimiento justamente durante Halloween?
¿Y entonces qué es Holywins?
En los últimos años ha comenzado a difundirse cada vez más una propuesta llamada Holywins.
El nombre es intencionalmente parecido a Halloween y puede traducirse aproximadamente como:
“La santidad vence”.
La iniciativa moderna nació en París en 2002 y posteriormente se difundió a otras diócesis. En España, por ejemplo, la Diócesis de Alcalá de Henares comenzó a celebrarla desde 2009. Actualmente existen parroquias, colegios y diócesis de distintos países que organizan actividades semejantes.
Y sí: normalmente se celebra precisamente el 31 de octubre.
No sustituye la Solemnidad de Todos los Santos del 1 de noviembre. Más bien pretende recuperar cristianamente su víspera.
En lugar de monstruos, los niños pueden disfrazarse de santos.
- Santa Teresa de Calcuta.
- San Francisco de Asís.
- Santa Teresita del Niño Jesús.
- San José.
- San Carlo Acutis.
- San Juan Pablo II.
O cualquier santo cuya historia permita después contarles quién fue, cómo vivió y por qué la Iglesia considera que su vida merece ser imitada.
Algunas parroquias complementan los disfraces con juegos, catequesis, procesiones, adoración, convivencia o celebración de la Eucaristía.
La idea me parece valiosa porque no nace únicamente de decirle al niño:
“Eso no”.
Le propone algo.
Y esa diferencia es importante.
Quizá hemos cometido un error al evangelizar esta fecha
Durante mucho tiempo nuestra respuesta católica frente a determinadas expresiones culturales ha consistido principalmente en prohibir.
- No hagas esto.
- No veas aquello.
- No participes.
- No te disfraces.
Y algunas veces existen razones perfectamente válidas para decir que no.
Los padres deben hacerlo.
Los sacerdotes también tienen la obligación de orientar cuando consideran que algo puede dañar la vida espiritual de su comunidad.
Pero prohibir sin explicar tiene una eficacia bastante limitada.
Un niño puede obedecer mientras vive con sus padres.
Un adolescente probablemente comenzará a preguntar.
Y un adulto terminará tomando sus propias decisiones.
Por eso Holywins contiene una intuición pastoral interesante.
No basta con retirar algo.
Hay que mostrar algo mejor.
Si creemos verdaderamente en la comunión de los santos, tenemos detrás de nosotros una riqueza impresionante de hombres y mujeres de todas las épocas, culturas, edades y condiciones que intentaron vivir el Evangelio.
El Catecismo describe precisamente esa comunión como una sola familia en Cristo: quienes todavía peregrinamos aquí, quienes están siendo purificados y quienes ya gozan de la gloria de Dios.
Entonces, mientras el mercado llena escaparates con monstruos, nosotros tenemos miles de historias reales que contar.
No necesitamos inventar héroes.
Ya tenemos santos.
Pero tampoco convirtamos Holywins en otra guerra
Aquí también deberíamos tener cuidado.
Porque sería bastante contradictorio organizar una fiesta llamada “la santidad vence” y utilizarla después para demostrar que nosotros somos mejores católicos que aquellos padres que permitieron que su hijo se disfrazara de Spider-Man y saliera a pedir dulces.
Volveríamos al mismo problema.
El fanatismo cambia de disfraz, pero sigue siendo fanatismo.
Holywins debería ser una propuesta evangelizadora.
No una declaración de guerra.
Puede ser una oportunidad magnífica para una parroquia que quiere devolver protagonismo a Todos los Santos. Puede servir para enseñar a los niños que la santidad no pertenece solamente a vitrales y estampitas antiguas, sino a personas reales que tuvieron miedos, problemas, familias, vocaciones y decisiones difíciles.
Pero no deberíamos utilizarla como nuevo instrumento para medir quién es suficientemente católico.
También aquí necesitamos prudencia.
¿Halloween o mercadotecnia?
Después de revisar todo esto, creo que vale la pena reformular la pregunta inicial.
Quizá no deberíamos preguntar únicamente:
“¿Está mal Halloween?”
La pregunta podría ser:
“¿Qué estamos celebrando realmente cuando celebramos Halloween?”
Porque bajo el mismo nombre pueden existir cosas muy distintas.
Para una familia puede significar que sus hijos se disfracen de personajes inocentes, caminen por el vecindario con sus padres y reciban algunos caramelos.
Para otra puede significar una fiesta adulta marcada por excesos.
Para alguien más puede implicar una fascinación explícita por prácticas ocultistas.
Y para muchas personas probablemente no tenga absolutamente ningún significado religioso. Simplemente participan porque las tiendas están decoradas, la escuela organiza una actividad y las películas llevan un mes recordándoles que el 31 de octubre existe.
Ahí quizá está la victoria más grande de la mercadotecnia.
Lograr que millones de personas celebren algo sin preguntarse siquiera qué están celebrando.
Y eso sí debería inquietarnos como cristianos.
No solamente con Halloween.
- También con Navidad.
- Con San Valentín.
- Con Pascua.
Con cualquier celebración que pueda terminar convertida en mercancía después de vaciarse de su significado original.
Entonces, ¿qué debería hacer un católico?
Quizá algunos esperaban llegar hasta aquí para encontrar finalmente una respuesta sencilla:
Sí o No.
Pero después de revisar la historia, las posiciones pastorales y aquello que verdaderamente enseña la Iglesia, me parece poco responsable reducir todo a una palabra.
No encontramos una norma universal del Magisterio que diga que todo católico que participe de cualquier actividad llamada Halloween está pecando.
Lo que sí encontramos es una obligación cristiana de discernir.
Y límites bastante claros cuando entramos en superstición, adivinación, magia, espiritismo o invocación de poderes ocultos.
Entonces cada padre debería preguntarse:
- ¿Qué está haciendo realmente mi hijo?
- ¿Qué significado tiene para él?
- ¿Qué símbolos estoy normalizando?
- ¿Qué edad tiene?
- ¿Estoy acompañándolo?
- ¿La actividad es simplemente recreativa o contiene algo contrario a nuestra fe?
- ¿Estoy enseñándole también qué celebramos el 1 y 2 de noviembre?
- ¿Conoce a los santos?
- ¿Entiende qué significa rezar por nuestros difuntos?
Y quizá los sacerdotes y catequistas debamos hacernos preguntas semejantes.
- ¿Estamos formando o solamente prohibiendo?
- ¿Explicamos o asustamos?
- ¿Ofrecemos alternativas?
- ¿Holywins realmente está acercando a los niños a la santidad o solamente cambiamos un disfraz por otro?
Una decisión que corresponde a la conciencia bien formada
Una familia católica puede decidir no participar en Halloween.
Es una decisión perfectamente respetable.
Puede considerar que la manera en que actualmente se celebra no corresponde con los valores que desea transmitir a sus hijos y preferir dedicar ese tiempo a preparar Todos los Santos, participar en Holywins o simplemente hacer otra cosa.
Otra familia católica puede permitir una participación prudente: un disfraz inocente, una convivencia escolar, pedir algunos dulces con amigos, sin ninguna relación con ocultismo, superstición o exaltación deliberada del mal.
También merece respeto.
Lo importante es que ninguna de las dos tome su decisión desde la ignorancia.
Y mucho menos desde el miedo.
Porque educar cristianamente no consiste en enseñar a nuestros hijos que detrás de cada cosa que desconocemos se esconde el demonio.
Pero tampoco significa enseñarles que nada importa y que cualquier práctica es aceptable mientras parezca divertida.
Entre ambos extremos existe algo profundamente católico:
el discernimiento.
- Investigar.
- Conocer.
- Pensar.
- Orar.
- Acompañar.
- Y después decidir.
No necesitamos convertir Halloween en una guerra entre católicos.
Quizá la mejor respuesta cristiana sea aprovechar la oportunidad para recuperar algo que sí hemos olvidado demasiado.
La noche del 31 de octubre conduce al 1 de noviembre.
Y el 1 de noviembre la Iglesia no celebra la oscuridad.
Celebra a hombres y mujeres que dejaron que la luz de Cristo transformara completamente su vida.
Halloween pasará.
Las calabazas volverán a guardarse.
Los disfraces desaparecerán de las tiendas y la publicidad cambiará inmediatamente a Navidad.
Pero la pregunta permanecerá:
¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos a celebrar?
Tal vez ahí se encuentre realmente el asunto.
No en ganar una discusión sobre Halloween.
Sino en formar familias capaces de reconocer el bien, rechazar aquello que contradice su fe y descubrir que la santidad no tiene por qué ser triste, aburrida ni temerosa.
Porque si decidimos celebrar, sepamos qué celebramos.
Si decidimos abstenernos, sepamos por qué.
Y si elegimos Holywins, que no sea simplemente porque queremos sustituir una fiesta por otra.
Que sea porque realmente creemos aquello que proclama su nombre:
la santidad vence.

