Católico ignorante… fanático intolerante

    Católico ignorante… fanático intolerante

    Entre la comunidad católica existe un dicho que se ha vuelto bastante conocido, sobre todo en estos tiempos donde las redes sociales, los videos virales e incluso algunos sacerdotes lo mencionan con frecuencia. Seguramente lo habrás escuchado alguna vez:

    “Católico ignorante, futuro protestante”.

    La frase intenta advertir algo que tiene cierta lógica: quien no conoce su fe difícilmente puede defenderla, comprenderla o permanecer firme cuando alguien comienza a cuestionarla. Y, visto de esa manera, tiene una buena dosis de sentido.

    El problema es que algunas veces nos quedamos solamente con esa posibilidad. Pensamos en el católico que no se forma, escucha otros argumentos, comienza a dudar y finalmente termina abandonando la Iglesia. Pero dejamos fuera algo que también sucede —quizá con más frecuencia de la que nos gustaría admitir—: el católico que no se va.

    Hace exactamente lo contrario.

    Permanece en la Iglesia, comienza a involucrarse, participa más, aprende algunas cosas, escucha predicaciones, ve videos, lee publicaciones, descubre palabras nuevas y empieza a sentirse cada vez más seguro de aquello que cree. Y, por supuesto, todo eso puede ser maravilloso. La inquietud por conocer nuestra fe debería ser algo que alentemos.

    El problema aparece cuando esa hambre de conocimiento se desarrolla de manera individual, sin una formación ordenada, sin acompañamiento y, sobre todo, sin el discernimiento que debería acompañar toda educación en la fe. Es un fenómeno particularmente fácil en nuestro tiempo, porque tenemos una cantidad enorme de información al alcance de un clic y podemos pasar, en pocas semanas, de no conocer prácticamente nada a creer que ya comprendemos suficiente para enseñar, corregir e incluso juzgar a los demás.

    Entonces puede suceder algo curioso.

    En lugar de crecer en humildad, comenzamos a crecer en superioridad. La fe que debía acercarnos más a Cristo se convierte en una especie de vara con la que empezamos a medir a los demás.

    Y aparece otro tipo de católico ignorante, quizá más difícil de reconocer precisamente porque él mismo ya no puede reconocerse en sus limitaciones. No tiene quién lo guíe, quién cuestione sus conclusiones o quién pueda corregirlo cuando sea necesario.

    Porque él cree que ya sabe.

    Saber cosas de Dios no es lo mismo que conocer a Dios

    Existe una diferencia enorme entre estudiar la fe y utilizar la fe para sentirnos importantes.

    Podemos conocer fechas de concilios, memorizar partes del Catecismo, citar versículos de memoria, saber nombres de antiguas herejías y discutir durante horas sobre liturgia, escatología o moral. Todo eso puede ser bueno y puede ser extremadamente útil cuando la Iglesia necesita hermanos capaces de compartir con otros aquello que han aprendido.

    La Iglesia necesita católicos formados.

    Pero necesita católicos bien formados.

    El problema comienza cuando ese conocimiento deja de conducirnos hacia la humildad y empieza a utilizarse como un escalón desde el cual podemos mirar a los demás hacia abajo.

    Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:

    ¿De qué sirve saber tanto sobre Cristo si cada vez nos parecemos menos a Él?

    El papa Francisco advirtió precisamente sobre este peligro en Gaudete et exsultate. Existe la tentación de creer que porque sabemos explicar algo con determinada lógica o dominamos ciertos conceptos ya somos más santos o mejores que otros.

    Sin embargo, una formación verdaderamente cristiana debería producir exactamente el efecto contrario. Cuanto más conocemos a Dios, más conscientes deberíamos ser de cuánto nos falta todavía por conocer y, sobre todo, de cuánto necesitamos convertirnos.

    La teología debería hacernos más humildes; la apologética, más caritativos; la catequesis, más pacientes, y el servicio dentro de la Iglesia debería hacernos sentir cada vez más servidores y menos importantes.

    Si ocurre lo contrario, quizá estemos aprendiendo muchas cosas sobre religión, pero no necesariamente estamos aprendiendo a seguir a Cristo.

    El catequista que dejó de acompañar para comenzar a examinar

    En nuestras parroquias podemos encontrarnos con personas extraordinarias. Catequistas que entregan años de su vida formando niños, jóvenes y adultos; personas que preparan temas durante horas, acompañan familias, escuchan dudas y ayudan a otros a acercarse a los sacramentos.

    Pero también puede suceder otra cosa.

    Alguien comienza a enseñar y, casi sin darse cuenta, deja de verse como acompañante para comenzar a sentirse examinador. Entonces aparecen las preguntas que parecen estar diseñadas más para demostrar cuánto sabe quien las hace que para ayudar a aprender a quien escucha. Aparece el gesto de desaprobación, la corrección hecha delante de todos o esa frase que probablemente más de alguno habrá escuchado alguna vez:

    —¿Cómo que no sabes eso?

    Y quizá la persona que llegó con genuino interés comienza a pensar que aquella comunidad no es para ella.

    No porque la doctrina sea demasiado difícil, sino porque alguien consiguió hacerla sentir demasiado pequeña.

    Aquí conviene recordar algo básico: Jesús nunca rebajó la verdad para acercarse a las personas, pero tampoco necesitó humillarlas para enseñarles.

    • Con la samaritana habló.
    • Con Zaqueo comió.
    • A Nicodemo le explicó.
    • A Pedro lo corrigió muchas veces.

    Incluso cuando alguien estaba equivocado, el encuentro normalmente comenzaba mirando primero a la persona y después su error.

    No es poca cosa.

    Y esto puede pasarnos a cualquiera.

    Puedo dar testimonio de ello porque la línea entre comportarnos como Saulo y aprender a caminar como san Pablo puede llegar a ser bastante delgada. En otra reflexión que publiqué en No pierdas la fe, titulada “En el camino de Saulo”, hablé precisamente sobre este punto. Más de un sacerdote llegó a hacerme alguna vez el comentario de cuánto podía parecerme a Saulo de Tarso en determinadas actitudes.

    Es una lectura para otro momento quizá, pero la recomiendo especialmente si alguna vez has tenido que descubrir que defender algo correcto no significa necesariamente que la manera en que lo defendemos también lo sea.

    Los apologetas que siempre necesitan un enemigo

    La apologética es necesaria.

    San Pedro mismo nos pide estar preparados para dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 Pe 3,15). Sin embargo, existe una parte de ese mismo versículo que algunas veces parece desaparecer cuando comenzamos a defender la fe:

    “Con mansedumbre y respeto”.

    Hoy basta abrir determinadas redes sociales para encontrarnos con una especie de apologética convertida en espectáculo.

    • “Destruí a un protestante”.
    • “Refutando herejes”.
    • “Católico deja sin argumentos a…”

    Y probablemente algunos de esos contenidos contengan argumentos correctos. El problema no siempre está en aquello que se dice.

    Está en el espíritu con el que se hace.

    Aquí también existe una línea muy delgada entre presentar argumentos con el deseo de ayudar a alguien a salir de un error y convertir esa misma discusión en espectáculo. Un título llamativo comienza atrayendo espectadores y, poco a poco, puede formarse alrededor del contenido una audiencia que ya no está esperando aprender, sino contemplar cómo alguien es derrotado.

    Lo que comenzó como un espacio de formación puede terminar convirtiéndose en una especie de nuevo coliseo digital.

    Alguien entra con una duda y encuentra personas deseosas de verlo abatido. En lugar de una explicación recibe humillación, y alrededor aparecen espectadores celebrando la derrota del supuesto adversario.

    Entonces tendríamos que preguntarnos con sinceridad qué buscamos realmente.

    ¿Queremos que esa persona conozca la verdad o solamente queremos verla perder una discusión?

    La verdadera apología busca explicar, no exhibir. Busca abrir una puerta, no cerrar una boca. Busca conducir hacia Cristo, no hacia el canal del apologeta.

    Incluso Fratelli tutti advierte que entre los mismos cristianos pueden aparecer redes de violencia verbal, descalificación, difamación y agresividad, particularmente en los medios digitales.

    Y ahí aparece una de las paradojas más graves de nuestro tiempo: podemos defender perfectamente una verdad católica mientras actuamos de una manera profundamente anticristiana.

    El ministro que comenzó a sentirse más cerca de Dios porque está más cerca del altar

    Algo semejante puede suceder dentro del servicio parroquial. He tenido oportunidad de participar en celebraciones de distintas parroquias y es difícil no haberse encontrado alguna vez con una situación de este tipo.

    Una persona comienza participando.

    Después le entregan una responsabilidad.

    Más adelante recibe otra.

    Comienza a conocer al sacerdote, tiene acceso a la sacristía, ayuda en las celebraciones, conoce horarios, movimientos, decisiones y personas. Todo eso forma parte naturalmente del servicio.

    Pero sin darse cuenta algo puede comenzar a cambiar.

    Ya no llega sintiéndose servidor. Comienza a sentirse alguien que “pertenece”.

    Sabe quién puede entrar, quién puede hablar con el padre, quién “sí está comprometido” y quién solamente aparece ocasionalmente. Poco a poco, aquello que debía acercarlo al servicio empieza a acercarlo al privilegio.

    No es una tentación nueva.

    Los propios discípulos discutieron acerca de quién era el más importante, y Jesús tuvo que recordarles:

    “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (cf. Mc 9,35).

    Quizá una buena manera de revisar cualquier ministerio dentro de la Iglesia sea hacernos algunas preguntas sencillas: después de años sirviendo, ¿soy más accesible o más difícil?, ¿escucho más o hablo más?, ¿me siento más agradecido o más indispensable?

    Porque nadie se vuelve más santo solamente por conocer más de cerca al sacerdote y ningún ministerio concede automáticamente una autoridad moral sobre los demás.

    La cercanía al altar solamente tiene sentido cuando nos vuelve más parecidos a Aquel que se entrega sobre él.

    Cuanto más cerca estemos del altar, mayor debería ser nuestra conciencia de servicio: aprender a ocupar los últimos lugares, atender a todos y ser incluso capaces de volvernos imperceptibles.

    Porque las personas no vienen a vernos a nosotros.

    Vienen a encontrarse con Cristo, el Señor.

    Cuando seguir al sacerdote sustituye seguir a la Iglesia

    Existe otra situación igualmente delicada y que puede convertirse en verdadera tentación tanto para quien sigue como para quien es seguido: construir nuestra fe alrededor de la figura de un sacerdote.

    Hay personas que, sin darse cuenta, dejan de seguir realmente a la Iglesia y comienzan a seguir a un sacerdote en particular.

    Mientras ese sacerdote piensa como ellos, predica de la manera que esperan y confirma aquello que ya creen, todo parece perfecto. El problema llega cuando cambia de parroquia, cuando el obispo toma una decisión diferente o cuando el Papa enseña algo que no coincide con lo que ese grupo esperaba escuchar.

    Entonces aparece una especie de crisis.

    Porque sin advertirlo habían construido una parte importante de su fe alrededor de una persona.

    Y eso puede ser peligroso.

    Los sacerdotes son indispensables para la vida sacramental de la Iglesia. Necesitamos amarlos, respetarlos, acompañarlos y orar por ellos. Pero ningún sacerdote particular es la Iglesia entera.

    Un buen sacerdote no debería conducir a los fieles hacia sí mismo.

    Debería conducirlos hacia Cristo.

    San Pablo ya tuvo que enfrentar algo parecido cuando unos decían: “Yo soy de Pablo”, otros “yo de Apolo” y algunos “yo de Cefas”.

    Su pregunta fue contundente:

    “¿Está dividido Cristo?” (1 Co 1,13).

    Dos mil años después todavía podemos caer en algo semejante: “Yo soy del padre fulano”, “yo sigo a este”, “yo solamente escucho a aquel”.

    Y poco a poco la comunión con la Iglesia puede terminar sustituida por lealtades personales.

    Basta observar nuestro tiempo para reconocer que existen comunidades que llegan a dividirse cuando un sacerdote, un grupo o incluso un comunicador religioso coloca sus opiniones particulares por encima de la comunión eclesial. También existen pastores que pueden equivocarse, expresarse de manera confusa o promover prácticas y opiniones que requieren discernimiento.

    Precisamente por eso nuestra referencia final no puede ser la personalidad de un sacerdote particular.

    Nuestra referencia es Cristo y la Iglesia.

    Cuando una devoción termina desplazando a Cristo, cuando una opinión personal comienza a presentarse como si fuera doctrina, cuando cualquier práctica espiritual se acepta sin discernimiento o cuando el deseo de agradar a la comunidad lleva a evitar toda corrección, se abre la puerta a una fe construida alrededor de preferencias y no de aquello que realmente enseña la Iglesia.

    El sacerdote también necesita permanecer unido a la Iglesia.

    Y nosotros necesitamos aprender a distinguir entre amar profundamente a nuestros sacerdotes y convertirlos en el fundamento de nuestra fe.

    Ese lugar solamente le pertenece a Cristo.

    Cuando comenzamos a convertir la parroquia en una aduana

    Quizá uno de los daños más dolorosos aparece cuando alguien comienza apenas a acercarse a la Iglesia.

    Tal vez regresa después de muchos años. Puede estar intentando reconstruir su fe, vivir una situación matrimonial complicada, desconocer cómo comportarse durante la Misa o simplemente no saber las respuestas que otros repetimos casi automáticamente.

    Quizá nunca ha abierto una Biblia y no sabe dónde encontrar determinado libro. Hace preguntas que para nosotros pueden parecer demasiado básicas.

    Y entonces se encuentra con nosotros.

    Ese momento puede ser decisivo.

    Podemos ayudarle a descubrir una Iglesia inmensamente rica en historia, espiritualidad, sacramentos, teología y tradición.

    O podemos convertirnos en su primer obstáculo.

    El papa Francisco utilizó alguna vez una expresión que me parece especialmente fuerte:

    “La Iglesia no es una aduana”.

    No estamos llamados a convertirnos en controladores de la gracia, sino en personas capaces de facilitar el encuentro.

    Eso no significa aceptar cualquier cosa como buena, esconder la doctrina o actuar como si todo diera igual. Significa recordar algo mucho más básico: nadie llega completamente convertido.

    La Iglesia es precisamente uno de los lugares donde venimos a convertirnos.

    Y resulta absurdo exigirle a alguien que ya sea perfecto antes de permitirle acercarse al lugar donde espera aprender a ser santo.

    Quizá nosotros mismos hemos sido testigos de situaciones parecidas. El rechazo inmediato hacia matrimonios que viven situaciones irregulares o de segundas nupcias; la sospecha hacia alguien que acaba de convertirse y al que rápidamente se mira como extraño o infiltrado; el juicio hacia una madre soltera; la mirada hacia una persona por los tatuajes que lleva de una etapa anterior de su vida.

    Podríamos continuar con muchos ejemplos.

    Y en cada uno existe la posibilidad de que nuestra propia actitud termine convirtiéndose en una razón para que alguien se enfríe o incluso se aleje de la Iglesia.

    Todo por haber llegado a sentirnos santos y perfectos.

    “Yo sí soy buen católico”

    Quizá aquí aparece una de las frases más peligrosas que podemos llegar a pensar, aunque jamás la pronunciemos en voz alta:

    “Yo sí soy un buen católico”.

    Porque en ese momento comenzamos a compararnos.

    Yo sí comulgo de rodillas. Yo sí conozco el Catecismo. Yo sí rezo el Rosario. Yo sí voy a Misa entre semana. Yo sí conozco la liturgia. Yo sí entiendo la doctrina.

    Y probablemente todas esas cosas sean buenas.

    El problema es que ninguna de ellas nos autoriza a mirar por encima del hombro a nuestro hermano.

    Nunca ha sido un problema esforzarnos por vivir mejor nuestra fe. El problema comienza cuando nuestro cumplimiento deja de acercarnos a Dios y empieza a servirnos para demostrar que somos mejores que otros.

    Esa historia también está en el Evangelio.

    Un fariseo entra al templo y comienza su oración agradeciendo a Dios porque no es como los demás. Del otro lado, un publicano apenas se atreve a levantar los ojos y pide misericordia.

    Jesús pregunta cuál de los dos regresó justificado a casa (cf. Lc 18,9-14).

    No parece demasiado difícil adivinar la respuesta.

    Quizá porque la santidad nunca ha necesitado compararse.

    El juicio temerario también es pecado

    Hay algo todavía más curioso.

    Algunos católicos extremadamente preocupados por detectar el pecado ajeno terminan olvidando otros pecados que el propio Catecismo menciona con bastante claridad.

    Uno de ellos es el juicio temerario.

    El Catecismo enseña que se comete cuando admitimos como verdadero un defecto moral del prójimo sin tener fundamento suficiente. También habla de la maledicencia y la calumnia como faltas contra la reputación de las personas.

    Eso debería hacernos pensar antes de escribir determinados comentarios, compartir algunas publicaciones o asegurar que alguien “no es realmente católico”.

    También antes de afirmar que un matrimonio vive en pecado como si conociéramos toda su historia; antes de hablar sobre la vida de un sacerdote o antes de etiquetar con tanta facilidad a alguien como hereje, apóstata, modernista, tradicionalista o cualquier otra palabra que nos permita dejar de verlo primero como persona.

    Corregir puede ser una obra de caridad.

    Juzgar desde la soberbia no.

    Y no siempre resulta sencillo reconocer cuándo hemos cruzado esa línea.

    La Iglesia no necesita policías de la gracia

    Esto quizá sea una de las cosas que más daño puede hacer dentro de nuestras propias comunidades: comenzar a imaginar que nuestra principal misión consiste en detectar quién cumple y quién no, quién merece, quién sabe, quién está bien formado, quién debería callarse o quién puede acercarse.

    Entonces la religión comienza a convertirse en una especie de sistema de vigilancia espiritual.

    Y desaparece la alegría del Evangelio.

    Evangelii Gaudium describe con mucha claridad este fenómeno: una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria puede terminar produciendo un elitismo en el que, en lugar de evangelizar, nos dedicamos a analizar y clasificar a las personas y, en lugar de facilitar el acceso a la gracia, gastamos nuestras energías intentando controlar.

    Eso no lo escribió un enemigo de la Iglesia.

    Lo escribió el Papa hablando precisamente de problemas que pueden aparecer dentro de ella.

    Quizá porque formar no significa controlar.

    Evangelizar no significa vencer.

    Y defender la fe tampoco consiste en construir un muro alrededor de quienes ya pensamos igual.

    Entonces, ¿para qué estudiar nuestra fe?

    Precisamente para no caer en todo esto.

    La solución a la ignorancia católica no es estudiar menos.

    Es estudiar mejor.

    Leer la Biblia, conocer el Catecismo, acercarnos a los Padres de la Iglesia, comprender los sacramentos, leer los documentos del Magisterio, estudiar la historia de la Iglesia, formarnos, preguntar e investigar.

    Pero hacerlo recordando siempre para qué.

    No estudiamos para acumular municiones.

    Estudiamos para encontrar mejor a Cristo y ayudar a otros a encontrarlo.

    Una verdadera formación debería hacernos cada vez más conscientes de la profundidad de aquello que desconocemos. Tendría que volvernos más prudentes cuando hablamos, más pacientes con quien apenas comienza, más capaces de distinguir entre doctrina y opinión personal, más obedientes a la Iglesia y menos enamorados de nuestras propias interpretaciones.

    Y, sobre todo, debería volvernos más caritativos.

    Porque si después de años de formación sabemos mucho más, pero queremos mucho menos, algo salió mal.

    Tal vez el adagio necesita una segunda línea

    Quizá aquel viejo dicho necesite una ampliación.

    “Católico ignorante, futuro protestante”, decía.

    No necesariamente.

    También existe otra posibilidad.

    Un católico ignorante puede permanecer dentro de la Iglesia y terminar convirtiéndose en algo igualmente problemático: alguien que confunde fanatismo con fidelidad, dureza con ortodoxia, discusión con apologética y superioridad con santidad.

    Por eso el problema nunca fue solamente cuánto sabemos.

    El problema es qué hacemos con aquello que sabemos.

    Una fe verdaderamente formada no debería producir cristianos obsesionados con encontrar culpables. Debería formar discípulos capaces de anunciar la verdad sin dejar de amar; personas firmes sin necesidad de ser agresivas y católicos capaces de defender aquello que creen sin convertir en enemigo a quien piensa diferente.

    Debería formar servidores que, cuanto más cerca estén del altar, más conscientes sean de que continúan siendo pecadores necesitados de gracia. Catequistas capaces de recordar cómo se sentían cuando ellos tampoco sabían. Apologetas interesados realmente en que el otro conozca a Cristo y no solamente en verlo perder una discusión.

    Y comunidades donde alguien pueda entrar sin sentirse inmediatamente examinado.

    Quizá entonces podríamos completar aquel adagio de otra manera:

    El católico ignorante puede abandonar su fe.

    Pero también puede deformarla.

    Y ambas cosas deberían preocuparnos.

    Porque Cristo no nos pidió solamente conservar la verdad.

    Nos pidió vivirla.

    Y si la verdad que defendemos no termina haciéndonos más humildes, más misericordiosos y más capaces de amar, quizá todavía nos falte aprender la parte más importante.


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